Cuando se habla de los problemas que enfrenta el algodón en el norte argentino, el picudo suele aparecer inmediatamente entre los primeros de la lista. Pero para Daniel Kempe, productor de Charata que lleva 27 años sembrando el cultivo, hay actualmente otra amenaza que puede resultar incluso más difícil de manejar: las derivas de herbicidas hormonales provenientes de lotes vecinos.
“El picudo se puede manejar con conductas serias”, afirmó el chaqueño en charla con Bichos de Campo. Con las derivas, en cambio, la historia es diferente: pueden echar por tierra buena parte del trabajo realizado durante meses.
Kempe pertenece a una familia vinculada desde hace generaciones con la producción agropecuaria. Comenzó a sembrar algodón junto a su suegro hace casi tres décadas y permaneció ligado al cultivo incluso durante los años en que la expansión de la soja modificó profundamente el paisaje productivo de esa región chaqueña.
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“Somos muchos productores sembrando en la zona. Por ahí vino gente de otro lado, sin cultura algodonera, y por eso Charata se hizo tan popular. Pero nosotros seguimos siendo algodoneros”, explicó.
Kempe reconoce que producir algodón obliga a convivir permanentemente con riesgos. Siendo un cultivo de ciclo largo, su producción supone permanecer al menos seis meses expuesto a las distintas inclemencias que puedan aparecer durante la campaña. Pero más allá del clima, el productor apuntó a otras circunstancias con efectos incluso más directos.
“Hay un problema grave que estamos teniendo, que es el efecto de la deriva de hormonales”, señaló el chaqueño, que apuntó contra el 2,4-D.
“Lo hormonal puede viajar hacia el algodón, que es de lo más sensible que hay. Puede viajar hasta diez kilómetros”, sostuvo. Allí aparece, además, otro problema: determinar de dónde provino exactamente la aplicación que ocasionó el daño.
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“Los productores vecinos, que por ahí lo hacen no con mala intención pero sí sin cuidado, tienen manera de defenderse diciendo ‘yo no fui’. Ese es el gran tema que tenemos: yo no fui y nadie fue, pero el daño vino”, resumió Kempe.
Por eso una de las expectativas que tienen los productores está puesta en el desarrollo de variedades de algodón tolerantes a esos herbicidas. Según relató, ya existen trabajos en esa dirección y la finalidad sería esencialmente defensiva: proteger al cultivo frente a aplicaciones realizadas sobre otros lotes.
Para Kempe, esa característica debería ser uno de los próximos grandes pasos tecnológicos para el cultivo.
Paradójicamente, el picudo -que durante décadas se convirtió casi en sinónimo de los problemas sanitarios del algodón- aparece para este productor como una dificultad sobre la cual existen herramientas de manejo más concretas.
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En determinadas campañas pueden ser necesarias numerosas aplicaciones de insecticidas. Kempe estimó que pueden llegar a realizarse alrededor de 12 tratamientos exclusivamente contra esa plaga. Sin embargo, sostuvo que el cultivo puede absorber económicamente ese costo siempre que el resto del ciclo se desarrolle normalmente.
“El cultivo es rentable, da para cubrir esos costos”, afirmó. Pero la situación cambia cuando una deriva afecta el lote después de todo ese trabajo.
“Lo que no da es cuando hay derivas y es afectado todo tu trabajo, todo lo que hiciste. Es como tener que arrancar de nuevo”, explicó. Y mientras el cultivo intenta recuperarse, el picudo continúa presente, por lo que pueden sumarse otras cinco u ocho aplicaciones. “Ahí sí se va encareciendo todo”, agregó.
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El productor dejó claro que el algodón sigue siendo un cultivo que requiere conocimiento y presencia permanente sobre el lote. “No es que cualquiera lo puede hacer. Necesita mucha dedicación, necesita mucho conocimiento”, reconoció.
“Al algodón hay que mimarlo todos los días. No es como la soja, que la sembrás, la mirás una vez cada diez días y todo va bien. El cultivo es bastante artesanal. Hay que seguirlo. Cada lote es una situación distinta”, resumió luego.
Agro & Campo
¿Es el picudo el peor enemigo del algodón? Daniel Kempe advierte por las derivas de herbicidas, que pueden viajar hasta 10 kilómetros y causar daños aún más graves
Fuente: Bichos de Campo