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¿Realmente está habiendo muchos terremotos? Especialistas explican qué hay detrás del fenómeno
En las últimas semanas, parece casi una rutina abrir el teléfono y ver imágenes de edificios desmoronándose, personas desorientadas cubiertas de polvo caminando por escenarios de devastación. Venezuela, Colombia, Costa Rica, Indonesia: todos estos países sufrieron en el último mes y medio movimientos tectónicos que destruyeron ciudades enteras y provocaron cientos de muertes.En redes sociales se ha reproducido la idea de que estos sismos están relacionados entre sí y que cada uno es un nodo de un complejo entramado geológico. Mucho se habla del estrecho intervalo de tiempo en que cada uno de estos temblores fuertes generó muertes y pérdidas materiales en las localidades de Chocó, La Guaira, San José o Yakarta. Pero, ¿realmente hay un hilo conductor de todo esto? Y, si es así, ¿dónde puede ser el siguiente?De acuerdo con geólogos consultados por LA NACION, los terremotos del último tiempo no están relacionados entre sí. Destacan que, si bien hay procesos debajo de la Tierra que hacen que estas zonas sean áreas sísmicamente activas, el fenómeno que más llama la atención es el de los terremotos en la época de sociedades hiperinformadas. Es por eso que, afirman, hay que entender qué está pasando ahora y si el contexto sísmico actual es similar o diferente al de otros momentos de la historia.La línea más activaEn un mapamundi, es posible trazar una franja que parte del Chile fueguino, recorre toda la cordillera y sigue perfilando el Pacífico hasta Alaska. Ahí, la línea cruza el océano unos cuantos kilómetros por debajo del estrecho de Bering y desciende por Japón hasta el sur de las islas del sudeste asiático. Esta es la zona más activa en términos tectónicos del mundo. Mide alrededor de 40.000 kilómetros y atraviesa 29 países. El nombre que obtuvo en la academia es el Cinturón de Fuego. Esta zona tiene más del 75% de los volcanes del mundo y el 90% de los sismos ocurren allí.Pero el nombre no supone un vínculo estructural en toda esta franja. No es que un sismo que sacude a Punta Arenas se deba a la misma causa que uno en la isla de Krakatoa. A pesar de ello, sí hay un común denominador en estos sitios: existen, a través de este cinturón, varias zonas de subducción. ¿Qué significa? La Tierra se compone de distintas capas formadas con varios minerales. Tenemos un núcleo interno sólido y uno externo parecido a un líquido. Tenemos también un manto que es móvil y una corteza terrestre rígida. Estas diferencias entre los estados de la materia de cada capa provocan que haya un movimiento constante.“La Tierra tiene un motor que es la convección que existe en el núcleo externo, que se comporta como un líquido. Tenemos una corteza rígida que se va moviendo sobre el manto superior. En algunos lados se crea corteza y, en otros, la corteza vieja se hunde y vuelve al manto. Esas últimas son las zonas de subducción”, describió Donaldo Mauricio Bran, del Instituto de Geociencias, Básicas, Aplicadas y Ambientales de Buenos Aires (Igeba) de la UBA.Bran catalogó al Cinturón de Fuego como un nombre un tanto sensacionalista, pero reconoce que “coincide con que son varias zonas de subducción”. “Pero son distintos regímenes tectónicos”, suma. En otras palabras, el origen de cada sismo se debe a distintos movimientos, eso sí, en una zona que desde hace décadas está muy activa, aunque no más que en épocas previas. 20.000 sismos al añoDe acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos, es verdad que hay un incremento de sismos registrados. Pero no es porque antes no hubiera un número similar, sino que ahora hay mejores instrumentos para identificarlos. El Centro de Información Sísmica de la institución estadounidense calcula, en promedio, que ocurren unos 20.000 sismos al año en todo el planeta. Algo que equivale a 55 terremotos —suaves o fuertes— por mes.De todos estos, se espera en promedio que solo 15 superen los 7 grados en la escala de Richter y solo uno, los 8. “En el 2010 hubo 23 sismos fuertes. Ahora llevamos 10-11, por lo que, por ahora, estamos en el promedio normal. Ponele que por algo haya 20 este año… seguiría siendo normal”, detalló Bran.Víctor Ramos, eminencia en la geología argentina y miembro de la Academia Nacional de Ciencias, planteó que los videos viralizados y las afectaciones que quedaron en el imaginario colectivo tienen más que ver con las imágenes y videos que se dispersan por la red digital a una velocidad automática. Y aquí podemos separar la situación en dos líneas distintas. La primera es la vulnerabilidad de varios países, como, por ejemplo, Venezuela y Colombia, a estos fenómenos naturales. No todos los países están listos para sismos que superen los 7 grados en la escala de Richter. Colombia tiene solo cuatro departamentos con alto riesgo de terremotos, de acuerdo con el portal ThinkHazard. Es probable que la infraestructura y los protocolos de reacción no hayan estado suficientemente listos para reaccionar en El Chocó, Nariño, Tolima y Antioquia. “Quizás estos terremotos en Japón no hubieran generado tantas muertes y tanto impacto”, planteó Bran. En el caso argentino, los sitios con mayor riesgo de sismos fuertes, de acuerdo con el mismo portal, son Mendoza, San Juan, La Rioja y San Luis. Buenos Aires tiene un riesgo medio.“Ha habido en toda la historia”Ambos expertos resaltaron que el otro factor particular que ha sido fundante en el miedo a los terremotos tiene que ver con la viralidad y los problemas de esta sociedad constantemente estimulada con información. “Es absolutamente normal que sucedan. Sismos y terremotos ha habido en toda la historia. Quizás hace unos años solo nos enteramos los científicos. Lo que pienso es que los videos que son realmente impactantes hacen que los sucesos queden más en el recuerdo y que sucedan a flor de piel”, comentó Bran. Bran recomendó, en esa línea, acudir a instituciones oficiales y académicas para cerciorarse de la información. Sumó que es necesario entender que es un proceso que existió siempre y que va a seguir existiendo, y que lo necesario es adaptarse a ello dependiendo de dónde nos encontremos.
Fuente: La Nación