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“Eran bulliciosos”: después del desalojo de un edificio ocupado por más de 30 años, volvió la tranquilidad a un barrio porteño
Durante tres décadas, el edificio de Manuela Pedraza 1875 fue una presencia imposible de ignorar para los vecinos del barrio porteño de Núñez. Inicialmente, por la magnitud de la obra que alguna vez prometió convertirse en una de las construcciones más imponentes de la manzana: dos torres en espejo, de ocho pisos y 32 departamentos, que sobresalían de manera casi abrupta entre las casas bajas que dominaban el barrio. Luego, por su abandono a medio terminar, que con el paso de los años lo convirtió en un esqueleto de hormigón, una estructura despojada de su proyecto original y cada vez más deteriorada. Nunca tuvo gas y, durante los últimos meses, tampoco energía eléctrica. A esa postal de abandono se sumaron, las sucesivas ocupaciones que atravesó, con más de 100 personas y distintas camadas de familias. Tras varias idas y vueltas, la Justicia ordenó finalmente desocupar por completo el inmueble esta semana.Ya vacío, el edificio luce detenido en el tiempo, aunque conserva en distintos rincones las marcas de los años en que permaneció habitado. La fachada de ladrillo está atravesada por una sucesión de balcones de hormigón, muchos deteriorados, con barandas oxidadas, manchas de humedad y cables que cuelgan hacia el exterior. Entre las aberturas todavía se ven cortinas, algunas colocadas de manera prolija y otras vencidas por el paso del tiempo, además de arreglos improvisados que alguna vez buscaron adaptar la construcción a la vida cotidiana. Algunas ventanas permanecen cerradas, otras abiertas y varias fueron tapiadas con ladrillos, al igual que buena parte de las aberturas de la planta baja. Detrás de algunos vidrios todavía se alcanzan a distinguir muebles que quedaron tras el desalojo, objetos y pertenencias, mientras que en algún balcón permanece incluso ropa colgada. El muro lateral, desnudo y descascarado, exhibe años de intemperie y falta de mantenimiento y, entre persianas bajas, revoques gastados, cables expuestos y sectores que quedaron inconclusos, todavía aparecen señales de las personas que durante años hicieron de ese edificio una vivienda. De acuerdo con la mayoría de los vecinos de la zona, los ocupantes “eran mayoritariamente inmigrantes”, que “se dedicaban a trabajar” y tenían “una convivencia con el resto del barrio que no era conflictiva”.Una pareja de jubilados que vive en la misma manzana y que prefirió reservar sus nombres recuerda distintas etapas de contingentes en las que “hubo inicialmente un grupo de uruguayos, después de paraguayos por varios años, luego peruanos, bolivianos y, ya en los últimos años, un poco de todo”.Época “más ordenada”La época que recuerdan como “más ordenada” fue la de los paraguayos, dado que “los hombres se dedicaban principalmente a la construcción y mantenían en un estado decente sus departamentos, con arreglos, mientras que las mujeres trabajaban en tareas de limpieza o preparaban comida que vendían en viandas”. Desde entonces, el inmueble, tras sucesivos intentos o amenazas de desalojo, fue cambiando de habitantes y de reglas.“El edificio representaba un peligro por el estado en el que se encontraba, pero los que lo ocupaban eran gente laburante”, coinciden al recordar que, cuando el mantenimiento en esas condiciones dejó de hacerse por el recambio de los ocupantes, “llegó a caerse parte de un balcón”. Los últimos ocupantes, dicen, en su mayoría se dedicaban al delivery con el advenimiento del boom de las aplicaciones de reparto, aunque también había personas que trabajaban en fábricas o comercios, vendedores ambulantes, trabajadores de la construcción y de changas.Según Roberto, que llegó a la zona hace más de 28 años, “para llevar a cabo una construcción de esa magnitud se dio una autorización especial, porque no estaba habilitado algo de ese tamaño en este barrio”. Ese proceso, recuerda, “cayó en desgracia cuando hubo una anulación de los permisos, un problema de financiamiento o ambas cuestiones”. Para entonces, la obra ya estaba avanzada, pero “pelada”, y lo que pasó después, según su relato, fue que “el inversionista no les pagó a los obreros, abandonó todo y los que lo ocuparon fueron algunos de los mismos obreros con sus familias”.Hay quienes cuentan que los ocupantes “eran bulliciosos” y tenían una dinámica de vida desordenada o “que se prestaba a sospechas”, aunque eso no se tradujo –según los consultados– en escenas de inseguridad o conflictos con el entorno. Una señora mayor que pasa por el lugar y se detiene a mirar el edificio se muestra apenada por el destino de quienes vivían allí, aunque entiende que la situación debía encontrar una salida. “Me da un poco de pena”, dice.“Se cobraba alquiler”Quienes vivían allí no necesariamente eran personas que habían ingresado para quedarse sin pagar. Como constató LA NACION con los vecinos consultados, para vivir allí “se cobraba alquiler”. Según un empleado de un negocio de la zona, “había una persona que regenteaba a los nuevos inquilinos”. Según su relato, cuando varios dejaban de pagar aparecía la amenaza de desalojo y, después, el inmueble volvía a ocuparse.“Acá había un arreglo con el cual se amenazaba con desalojarlos para que los que vivían terminaran pagando o para que se vayan y entren otros”, sostiene en un modus operandi que “solía estar controlado por alguien de afuera”. El empleado recuerda que “para ingresar no se cobraban depósitos” y que las cifras que se abonaban por meses “eran accesibles, pero lejos de ser simbólicas o bajas” dada su ubicación en Núñez, uno de los barrios porteños más cotizados actualmente.Versiones alternativas en el vecindario indican que el complejo fue en su momento subastado y que la persona que se lo quedó inició un negocio de rentas clandestinas. Otros vecinos no pueden acreditar esa historia, pero sí coinciden en que había personas encargadas de “ofrecer los departamentos” y “controlar los pagos”. Una mujer que trabajaba como empleada doméstica en el barrio, por ejemplo, conocía a una chica que vivía en el edificio y le ofreció entrar, propuesta que finalmente rechazó.Vecinos del barrio coinciden en que hubo distintos intentos de desalojo, dos de ellos durante el último tiempo. El lugar no tenía gas y sus habitantes utilizaban garrafas. A su vez, la falta de electricidad se había extendido durante varios meses. La Ciudad informó que en el inmueble vivían más de 100 personas al momento del último operativo, aunque testigos dicen que para entonces ya quedaban pocos. “Cada vez veíamos menos gente, por lo que era un hecho que esta vez la situación iba en serio y que varios se anticiparon”, dice un comerciante. “Fue la primera vez que tapiaron la entrada, a diferencia de las otras oportunidades”, completa.Triángulo de inmuebles abandonadosEl edificio forma parte, además, de un vértice de la manzana donde se concentran otras propiedades en desuso, también marcadas por los años de abandono. En la esquina de Pedraza y Grecia permanece lo que alguna vez fue un colegio primario, pegado a una casa que lleva tiempo cerrada y tapiada. “El edificio del colegio y la casa eran de un hombre que se murió. Eso entró en sucesión. El colegio se mudó, la casa fue tapiada hace un tiempo para evitar tomas y nunca más se recuperó”, cuentan los vecinos.El operativo de esta semana puso fin a esa convivencia. Por orden judicial, la Policía de la Ciudad, junto con distintos organismos porteños, desalojó el inmueble. Después, fue limpiado parcialmente y tapiado para impedir una nueva ocupación. Según la Ciudad, se trata de una de las 937 propiedades recuperadas desde diciembre de 2023, valuadas en unos US$500 millones. El edificio de Manuela Pedraza 1875 quedó cerrado. El silencio que llegó después del desalojo contrasta con la historia de una construcción de dimensiones desproporcionadas para su entorno, que nunca llegó a terminarse y cuya ocupación formó parte del paisaje cotidiano de Núñez durante 30 años.
Fuente: La Nación