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Jazmín Stuart: de Verano del 98 a su personaje más “descontrolado” y la drástica decisión que salvó su carrera
Jazmín Stuart llega al espacio Incaa del barrio de Once enfundada en un sobretodo que la protege del frío de Buenos Aires. Afuera, la sensación térmica apenas alcanza los cinco grados y la mañana tiene esa crudeza invernal que obliga a caminar rápido y esconder las manos en los bolsillos. Pero cuando aparece la cámara, el abrigo desaparece y luce una remera con cuello halter, como si el invierno hubiese dejado de existir.No necesita demasiadas instrucciones. Se ubica exactamente donde el fotógrafo le indica y, casi de inmediato, empieza a ofrecer perfiles, gestos y miradas. Ni siquiera hay que corregirle la postura. Ella misma ofrece todas las mujeres que construyó durante su carrera: la actriz que sabe dónde encontrar una emoción, la directora que entiende la puesta y la modelo que conserva el instinto de una imagen precisa.Después vuelve al sobretodo y comienza la charla. Sin casete, sin impostaciones y con la autenticidad de quien conoce el lugar que ocupa en una industria que la vio crecer desde Verano del 98 y que luego la encontró detrás de cámara en films como Pistas para volver a casa, Desmadre y Recreo. Stuart habla con LA NACION porque este jueves estrena Lu y Pau, película dirigida por Nicanor Loreti, donde comparte protagonismo con la actriz del momento, Lorena Vega.—Lu y Pau está dirigida por Nicanor Loreti, una especie de Quentin Tarantino bonaerense...—A Nicanor Loreti lo conozco desde hace muchos años. Me convocó para la serie Nafta Súper, donde interpreté a La Michi, una especie de Gatúbela del conurbano. Desde entonces mantuvimos el vínculo y, algunos años después, me habló de Lu y Pau. Me dijo que tenía un guion y que quería que yo actuara. Me lo mandó y me pidió que eligiera cuál de los dos personajes quería hacer. Pau me encantó porque me parecía la más fallida, problemática y descontrolada. Sentí que había algo muy divertido para explorar.—Estrenar una película independiente en este contexto del país es un doble mérito.—La verdad es que se comenzó a filmar en diciembre de 2023 y había una sensación muy concreta de que si no se hacía en ese momento, no se hacía más. La estructura de producción todavía no era la ideal, pero se decidió filmarla con lo que se tenía. Viajamos a Puerto Esperanza, un pueblo muy pequeño de Misiones, y trabajamos con un equipo de allá. Fue una verdadera odisea. De alguna manera, la película habla de una aventura y el propio rodaje terminó siéndolo también. Además, me interesó muchísimo jugar con un género que no había transitado demasiado, mezcla de policial y comedia, con un tono muy particular.—Protagonizás junto a Lorena Vega, la figura del momento.—Un lujo. Cuando me dijeron que Lore iba a hacer de Lu, me pareció genial. A partir de ahí empezamos a encontrarnos y a ensayar. Nicanor nos dio bastante libertad y, a partir de lo que marcaba el guion, podíamos probar muchísimas cosas. Yo le dije desde el comienzo que la comedia no era lo que más había hecho porque generalmente me convocaban para hacer drama o policial. Entonces pensé: “Tengo la oportunidad, me tiro a la pileta”. Y efectivamente hay momentos en los que me veo y pienso: “Acá me fui al carajo”. Pero está bien porque Pau es excesiva y, de algún modo, sobreactúa su propia realidad.—Además de actriz, sos directora y guionista. ¿Cómo juegan esos roles en un proyecto ajeno?—No mezclo las cosas. Cuando trabajo de actriz, me olvido de la directora, salvo que el director me habilite y me pregunte qué pienso sobre tal o cual cosa. Eso sí, observo todo. Tengo muchos años de experiencia y también un ejercicio permanente de mirar cómo funciona un set, cómo se mueve el equipo, qué decisiones toma el director o cómo está planteada una escena. Si me preguntan, tengo muchas cosas para aportar, pero si no me preguntan, no digo nada. Respeto el trabajo del otro.—¿La dirección fue siempre tu verdadera vocación?—Sí. Yo empecé a estudiar teatro a los 12 años porque me gustaba mucho, pero nunca me proyecté inicialmente como actriz profesional. Mi idea era dirigir. Cuando terminé el secundario estudié dirección de cine y me recibí a los 21 años. El problema era que en aquel momento había muy poco trabajo detrás de cámara para gente tan joven y era más difícil si eras mujer. Estamos hablando de 1997. Era el comienzo del Nuevo Cine Argentino, pero los jóvenes todavía no habíamos avanzado. Y como yo necesitaba trabajar, independizarme y pagar mis cuentas, empecé a buscar trabajo como actriz pensando que sería algo momentáneo. Después, la vida tomó otro rumbo.—Ese desvío te llevó a Verano del 98, uno de los grandes fenómenos televisivos de aquellos años. ¿Qué te dejó ese período?—La televisión me enseñó muchísimo sobre disciplina y velocidad. Aprender un guion prácticamente en el momento, resolver una escena sin ensayo y sostener el ritmo durante jornadas larguísimas. Era como ir al gimnasio de la actuación. Lo disfrutaba porque era un desafío permanente, aunque al mismo tiempo sentía que muchas cosas podrían hacerse de una manera más elaborada si hubiera tiempo para trabajar los guiones y las escenas. Después de Verano del 98 vinieron Los buscas y así durante varios años. Fue una formación muy intensa.—¿En algún momento sentiste que esos éxitos te alejaban de la directora que querías ser?—Sí, y por eso decidí parar. Sentía que me estaba achatando, que ese ritmo podía frenarme respecto del objetivo que tenía desde el comienzo, que era explorar el mundo del guion, la dirección y desarrollar un lenguaje propio. Si seguía trabajando en televisión 16 horas por día, con guiones que llegaban de un día para el otro, probablemente no iba a poder profundizar. Necesitaba pegar un timonazo. Me llamaban y me ofrecían trabajos y yo decía que no. Después escribí una obra de teatro, la dirigí y realicé un cortometraje con el que gané un concurso que me permitió filmar mi primer largometraje. Esa decisión fue fundamental.“Extraño la ficción”—Imagino que no extrañás esa televisión de finales de los 90, principios de 2000...—Extraño la ficción que caracterizaba a nuestra tele y lamento la falta de oportunidades que hay hoy. Se perdieron muchos puestos de trabajo. Teníamos una industria maravillosa. Después, la velocidad con la que trabajábamos no la extraño para nada. Las tiras diarias podían durar un año entero y producir una cantidad enorme de capítulos. Era un proceso durísimo para los guionistas porque mantener el interés durante un año, entregando un episodio por día, era casi inhumano. Hoy entendemos mejor por qué las grandes series tienen guiones tan sólidos porque detrás hay tiempo, trabajo y equipo. —¿Qué cineastas alimentaron esa mirada?—Tuve distintas etapas. Amé muchísimo a Pedro Almodóvar y también vi todas las películas de Woody Allen. Me atraía su mezcla de humor y profundidad. Después descubrí el cine independiente norteamericano de los años 70, especialmente John Cassavetes. Me fascinaba esa liviandad creativa y la posibilidad de que una película respirara de otra manera. Cuando empecé a trabajar en televisión, muchas veces preguntaba por qué, teniendo tantos recursos, no ensayábamos más o no trabajábamos más los guiones. Y me contestaban: “Esto es televisión, Jazmín”.“Amo hacer cine”—¿Cómo ves al cine argentino en el contexto actual?—Mal. Complicado, pero no me pasa por la cabeza dejar de hacer cine. Es lo que sé hacer y lo que amo. Siento que el cine argentino va a seguir existiendo aunque tengamos que filmar con un celular. Tenemos una identidad muy fuerte y una comunidad enorme, que no está formada solamente por directores y actores, sino también por técnicos, montajistas, vestuaristas y directores de arte, entre otras áreas. Argentina tiene una industria muy reconocida en el mundo. Y sobre todo público. Uno lo ve en el Bafici, en donde las funciones se llenan y queda gente afuera. Nos pueden golpear, nos pueden poner obstáculos, pero no nos van a hacer desaparecer. Vamos a seguir haciendo películas como sea.—¿Te irías a probar suerte al exterior?—No. Tengo muchos amigos que se fueron, especialmente después de 2001, pero siempre fui la que decía: “Yo no me muevo de acá”. Me encanta mi país y siempre quise hacerlo funcionar. La primera vez que tuve ganas de vivir en otro lugar fue ahora, y eso me resulta doloroso. No lo haría porque tengo mi profesión y porque tengo un hijo, pero si hoy tuviera 20 años tal vez me iría. Nunca antes había sentido algo así.—En los últimos años te pronunciaste en contra del gobierno varias veces. ¿Te arrepentiste alguna vez?—Muchas veces, como actriz, te dicen que quizás deberías bajar un poco el discurso o hablar menos, pero me parece inevitable. En este momento tengo la posibilidad de hablar frente a un micrófono. No puedo hablar solamente de mí o de mis películas cuando hay personas que no tienen acceso a estos espacios para contar lo que les sucede. Creo que no podemos encerrarnos en nuestro pequeño mundo profesional. Para mí es casi un compromiso ético.“Genuina y transparente” View this post on Instagram —Tu primer trabajo en el medio fue el boom Verano del 98. ¿Cómo manejaste esa fama?—Fue raro porque fue mi primera experiencia con la popularidad y ocurrió muy rápido. Pero nunca me hice demasiado cargo de la fama. Hay personas que, cuando se vuelven conocidas, empiezan a despegarse de la vida cotidiana y de la calle, como si tuvieran que resguardarse permanentemente. A mí nunca me pasó. Siempre seguí viajando en subte, en colectivo, caminando, yendo a comprar. Porque desde siempre supe que necesitaba observar la realidad desde cerca si quería filmar mi primera película o escribir mi primer guion. ¿Sobre qué voy a escribir si vivo adentro de un remís yendo de puerta en puerta, sin transitar la calle y sin mirar cómo se mueve la gente?—¿Cómo te llevás con la prensa?—Creo que bien. Tuve mis enojos, pero con el tiempo aprendí que muchas veces uno habla y después aparece una traducción periodística con la que no está del todo de acuerdo. Puede haber una intención de amarillar,
Fuente: La Nación