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Gran Premio de Argentina: qué puede aprender Buenos Aires del saliente GP de Países Bajos de Fórmula 1
ZANDVOORT AAN ZEE, Países Bajos (especial para LA NACION).– Banderas cuadriculadas cuelgan de innumerables balcones. Hasta una señora se viste de cuadriculado blanco y negro, y desde un primer piso mira pasar el río de aficionados por la devenida peatonal que conduce al autódromo. Hay guirnaldas que cruzan la calle de lado a lado. Banderas neerlandesas, banderas de Max Verstappen, y hasta del propio logotipo de la Fórmula 1. “Welcome race fans” (“bienvenidos, hinchas de las carreras”), dicen otros trapos en distintos lugares, como si los lugareños se hubieran puesto de acuerdo. Nadie parece querer en este pueblo balneario que tiene aires de Pinamar y Villa Gesell que la ruidosa y supuestamente antiecológica F. 1 deje este remanso de dunas y Mar del Norte.Hay música en el aire. Música alegre; no invasiva, no excesiva. Gente que se toma fotos con carteles de “Dutch GP”. Gente que compra una camiseta o algo identificatorio de un piloto o de un equipo. Gente que bebe, bastante pero sin llegar a pasar de moscardón a violenta o peligrosa. Y está la Fanzone, una suerte de pequeño parque de diversiones para simpatizantes del Gran Circo. El deporte, cuando la pasión no se convierte en sinrazón, puede ser hermoso. Felizmente hermoso. Una mancomunidad de naciones representadas en individuos que celebran la pasión que los reúne y en la que todos parecen camaradas de la felicidad.Eso es “el ambiente”. Aquí, en la neerlandesa Zandvoort Aan Zee, como en la belga Francorchamps, como en la húngara Mogyoród, el ambiente contagia. Lo genera la fiesta que es la Fórmula 1, que parece un Rey Midas del humor social entre sus seguidores allí donde se presenta. Pero detrás de esa utopía de paraíso terrenal y humanidad unida, hay números. “Es la economía, estúpido”, lo entendió años atrás un asesor del ex presidente estadounidense Bill Clinton. Y las cifras gobiernan. Llevan a la F. 1 allá y la quitan de acá, y viceversa.Con nostalgia, Países Bajos se despidió este domingo del gran premio que celebró durante seis años seguidos y que no aceptó retener. Las tribunas estuvieron llenas, no hubo incidentes y todo, salvo el resultado de Max Verstappen (abandono en la primera vuelta por un choque contra una pared), fue perfecto. Pero así y todo, Zandvoort ya no acogerá Fórmula 1. La ama, pero debió dejarla ir en función de esos números que rigen el planeta.Un llamado de atención, una experiencia ajena por tener en cuenta, para una Ciudad de Buenos Aires que va a fondo por la recuperación del Gran Premio de Argentina de Fórmula 1.Sucede que la categoría máxima, propiedad de la Federación Internacional del Automóvil (FIA), tiene por promotor a Formula One Management, una empresa encargada del desarrollo, la comunicación y la comercialización de la F. 1, y que a su vez es posesión de la estadounidense Liberty Media, que compró el negocio a una compañía de Bernie Ecclestone en 2016. Desde entonces, los nuevos dueños multiplicaron enormemente el valor de este producto, que propicia cada vez más pedidos de promotores locales (privados, gobiernos) para otorgar fechas. El campeonato tiene 24, y los pilotos y escuderías, exhaustos de compromisos, no quieren más. Entonces, esas dos docenas de espacios en el calendario se valorizan, y la organización –cuestión de oferta y demanda– exige más dinero por conceder una estación de la temporada.En promedio, comprar una fecha requiere unos 35.000.000 de euros. Son menos si el escenario es histórico, emblemático o del gusto de los protagonistas y los hinchas (se dice que hasta hace pocos años Mónaco no pagaba); son más si se trata de un lugar nuevo y poco atractivo mundialmente (algunas escenarios de Medio Oriente). A Países Bajos le habría costado entre 25.000.000 y 35.000.000 contar con un fin de semana de este tour. Pero en los papeles la cifra trepa muchísimo: entre infraestructura (como 90.000 localidades en tribunas tubulares, provisorias), seguridad y otros servicios, con miles de empleados para la ocasión y cientos permanentes, organizar el gran premio le costó al promotor local –una unión de tres empresas– unos 75.000.000.Es un dato entre los varios de los que Buenos Aires tomará apuntes cuando autoridades argentinas presencien la carrera de Madrid dentro de tres fines de semana y se reúnan con organizadores locales para eso mismo: aprender. A pesar de que compiten entre sí por los 24 turnos del año, existe una suerte de solidaridad entre los promotores, ante lo que sienten una mirada de rigor y exigencia inflexible, casi de desdén, por parte de FOM: la mirada del poderoso que se sabe imprescindible y negocia implacable. La de quien tiene lo que otro anhela ferviente, y lo hace valer casi hasta el dolor. O hasta la resignación: por algo Países Bajos, habiendo tenido la posibilidad de renovar, y aun con Verstappen en su plenitud deportiva y de popularidad nacional, desistió.Sucede que ante semejante erogación total (aquellos 75 millones de euros) y las apenas dos fuentes de ingresos posibles (boletos y patrocinadores locales), las 105.000 entradas disponibles por jornada –vendidas como abono en muchos casos– no podían ser muy accesibles. Según la ubicación, varios cientos de euros, cuando no miles, costaba concurrir los tres días de actividad, y el público neerlandés es bastante familiar. Cuatro localidades pueden resultar una fortuna aun en un país hiperdesarrollado económicamente. Un esfuerzo que se hace un año, pero no varios seguidos. Entonces, la organización necesita que el público se renueve, y aunque Verstappen es un personaje querido y tiene muchos fanáticos, no estaba claro que por sí solo llenara Zandvoort todas las temporadas. En 2024 y 2025 el “sold out” apareció apenas dos días antes del GP; en 2026, mucho antes, en abril, pero porque se sabía que esta era “la última vuelta” y, como ya no habría carrera oranje en el futuro, la gente no quería perdérselo.Pero para que el promotor gane dinero, las entradas deben agotarse, y aun así el margen de ganancia no es grande (10.000.000 de euros, tal vez) en comparación con la inversión. Además, como Max suele decir que a veces se cansa de la Fórmula 1, que quiere probar –y ya lo hace– en otras categorías y que no se ve corriendo en el Gran Circo hasta muy veterano, y como recién la semana pasada se supo que firmó por varios años más con Red Bull, la incertidumbre disuadió a los organizadores de afrontar otro contrato caro, y sobre todo, riesgoso para su tesorería. Los egresos son seguros; los ingresos, no.Argentina tiene a Franco Colapinto, que propicia el mismo interés en su país que Verstappen en el propio. El piloto de Alpine es más joven –menos exitoso por ahora– y puede tener muchas temporadas por delante, pero ni siquiera se sabe en 2026 si correrá en 2027. Y la novedad del muchacho de Pilar, que todavía es muy atractivo para sus compatriotas, ciertamente va menguando. Buenos Aires piensa en Fórmula 1 en el autódromo para 2031, quizás. Qué será de Franco a esa altura es hoy cuestión de profetas. Eso sí: al parecer la ciudad –su gobierno– está dispuesta a llevar como sea la Fórmula 1 a su Gálvez, cuya reconstrucción insume unos 100.000.000 de dólares. Hay que darles un sentido. Y hacerlos retornar la inversión, de ser posible.El dinero manda pero no es todo, por cierto. Por lo bajo, una fuente del promotor neerlandés comenta que si hubieran sabido de todas las dificultades que iban a afrontar para llevar adelante estos seis grandes premios de 2021 a 2026, no habrían tomado el compromiso. Un ejemplo: en 2019 anunciaron la vuelta de la F. 1 a Países Bajos al cabo de 25 años, para 2020 (la última vez era la de 1985), y a las pocas semanas los complicó la aparición de, en aras del ambientalismo, regulaciones gubernamentales restrictivas respecto a uso de energía y ciertos productos, y al año siguiente, el coronavirus. La categoría volvió a Zandvoort, pero un año más tarde. Se sabe: a los inversores no les gustan la imprevisibilidad ni los cambios de planes.Buenos Aires, con dinero estatal y control oficialista –junto a aliados– de la Legislatura, no tendrá el problema de las normas restrictivas, claro. Pero a esa altura Colapinto puede ser un mero buen recuerdo, y además, llenar de público el autódromo puede resultar más difícil si los precios de las localidades son internacionales. Con una dificultad extra: en Zandvoort, ubicada a unos 27 kilómetros de la parte neurálgica de Ámsterdam y en el centro-norte de Europa, 70% del público fue local y nada menos que 30% fue extranjero; en Buenos Aires, tan lejos de los nodos neurálgicos del planeta, los visitantes foráneos serían muchos menos proporcionalmente.La pasión argentina es reconocida mundialmente y no faltaría en un gran premio que sería el número 21 en el país y el primero en más de tres décadas, pero armar la fiesta de alegría neerlandesa (o la belga, o la húngara, o más bien la internacional) con seguridad y sin violencia sería un desafío mayúsculo ante semejante concurrencia y frente a los ojos del planeta en forma de cámaras de televisión y prensa.En todo caso, con sus riesgos, el esfuerzo económico-organizativo puede valer la pena. Al fin y al cabo, una carta que Jan Lammers, “director deportivo, orgulloso zandvoorteriano y, sobre todo, hincha del automovilismo”, hizo llegar al periodismo este domingo en el autódromo evidencia que, más allá de los billetes, hay algo valioso, que da sentido a la iniciativa. “Cuando empezamos a trabajar para traer de regreso a la Fórmula 1 a Zandvoort, mucha gente pensaba que estábamos locos. ¿Una carrera de Fórmula 1 en Zandvoort? ¿Ahora y en esta era? ¿En ese circuito chico entre las dunas y el Mar del Norte?”, plantea el texto. Y responde: “Lo que pasó acá se volvió más grande que lo que podríamos haber imaginado. Zandvoort se convirtió en más que una carrera. Se transformó en una imagen vista alrededor del mundo. Tribunas naranjas. Las dunas. El mar. La anticipación toda vez que Max salía a la pista. Pero sobre todo, una multitud que mostró al mundo cuá
Fuente: La Nación Deportes