Jorge Allevato cambió la metalúrgica por la ganadería y no se arrepiente: “Por ahí ganamos menos, pero vamos a vivir más felices”, dice

La historia de Jorge Allevato con el campo empezó mucho antes de que él tuviera una empresa ganadera. Su familia venía del rubro metalúrgico: su abuelo había comenzado con una herrería y su padre desarrolló la empresa hasta convertirla en una industria. Jorge se incorporó de joven, mientras estudiaba, pero el campo siempre estuvo presente.
Su padre era un apasionado del sector. “Él era fanático”, asegura Jorge en charla con Bichos de Campo. Cuando eran chicos los llevaba a establecimientos de amigos y, con el tiempo, esa fascinación se convirtió en un proyecto familiar. Compraron un pequeño campo en Udaondo, de unas 50 hectáreas, y allí comenzó otra historia.
“Mi papá se comió todos los libros, iba a todos lados, preguntaba a los amigos que tenían campo y fuimos aprendiendo. Y la verdad que papá aprendió muy bien de todo”, cuenta.




Hubo un momento decisivo. En 1999 la familia estaba a punto de hacer una gran inversión en la metalúrgica, pero su padre frenó la decisión. “¿Te parece meternos en esto? En el campo terminamos cansados pero felices, y en la empresa estamos siempre amargados”, recuerda Jorge haciendo memoria.
La alternativa era comprar otro campo. Y así lo hicieron. “Por ahí ganamos menos, pero vamos a vivir más felices”, fue la conclusión de su padre. Compraron entonces un establecimiento de unas 800 hectáreas en Magdalena. Poco después llegó la crisis de 2001 y la posterior recuperación del sector agropecuario, una decisión que el ganadero todavía considera acertada.
Hoy trabajan dos campos, La Viviana, sobre la Ruta 2, y Las Marías, sobre la Ruta 36, en la Cuenca del Salado. Hacen cría y también su propia recría: no compran vaquillonas y recrían sus propios toros.

La relación comercial con la consignataria Jáuregui Lorda ya lleva medio siglo. La primera operación la hicieron cuando vendieron las vacas que venían con aquel primer campo y, poco después, compraron en Dolores la primera hacienda que conformaría su rodeo.
Desde entonces mantuvieron una fuerte influencia Angus. Cada tres o cuatro años incorporan genética nueva mediante la compra de toros de una cabaña o realizan inseminación artificial. Este año prepararon unas 300 hembras para inseminar, con el trabajo veterinario de Mauricio Córdoba. “Tratamos de mantener esa genética. Nos dio buenos resultados”, explica.
El planteo busca producir sin complicarse de más. El servicio comienza el 1° de octubre y, según el estado de las vacas y el campo, los toros se retiran entre fines de febrero y mediados o fines de marzo. En condiciones normales logran alrededor de 90% de destete. Los terneros se seleccionan varias veces y los que van a venta se retienen hasta superar los 200 kilos: los de cabeza pueden salir con 220 a 240 kilos y la cola se aguanta hasta llegar, si es necesario, a unos 200.

El sistema se apoya principalmente en campo natural y algunas pasturas viejas. Después de años de sequía, Allevato decidió no volver a cargar rápidamente los campos. “No salimos a comprar nada y hoy estamos de vuelta con campo natural, con una carga que se podría poner un 20 o 25% más, así como está. Pero está siempre al límite”, explica.
Su filosofía es clara: producir mucho, pero sin llevar el sistema al extremo. “Me gusta llegar a la cama y dormir”, reconoce. Por eso cuestiona las recetas que plantean intensificar siempre y aumentar la carga sin mirar el resultado económico y personal. “Cada cual tiene su librito”, dice.
También cree que el momento actual permite volver a invertir. Después de años en los que los márgenes no daban para hacer mejoras, ahora están poniendo dinero en alambrados, genética e infraestructura. “Yo creo que es un momento para invertir si le podés sacar una moneda, lo que te dé vendiendo, ponerla en el campo”, sostiene.
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Su razonamiento parte de una idea sencilla: el productor no controla el precio de lo que vende, pero sí puede trabajar sobre la producción. “Vos no podés manejar el número. Entonces tenés que tratar de producir la mayor cantidad de kilos de carne con lo que tengo. Después el número es la variable que vos no podés manejar”.
A los 65 años, Jorge ve un futuro favorable para la ganadería porque entiende que la demanda mundial de carne sigue firme y que Argentina tiene margen para crecer. Además siente que la historia familiar continúa: este año su hijo volvió a involucrarse en la actividad después de haber desarrollado una empresa de tecnología.
La metalúrgica y el campo, aquellos dos mundos que tantas veces fueron presentados como contrapuestos, en la familia Allevato terminaron complementándose. “Hemos hecho, como quien dice, una familia entre el campo y el taller”, resume Jorge. Y en esa combinación encontró también la razón que llevó a su padre a cambiar de rumbo: “Por ahí ganamos menos, pero vamos a vivir más felices”.

Fuente: Bichos de Campo