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Los secretos del primer emprendedor argentino que salió del planeta tierra
Toda gran idea empieza con una pregunta. En el caso de Emiliano Kargieman fue una que parecía tan simple como imposible: ¿Qué pasaría si pudiéramos señalar cualquier lugar del planeta y saber qué está ocurriendo allí? La respuesta lo llevó a mirar hacia el espacio y a fundar Satellogic, una compañía argentina que nació construyendo satélites en un garaje y que hoy busca desarrollar una infraestructura capaz de observar la Tierra a escala global.Pero su historia había empezado mucho antes. A los nueve años recibió su primera computadora y aprendió a programar. Después llegaron la matemática, la filosofía y el mundo hacker, donde desarmar sistemas era otra manera de entender cómo funcionaban las cosas. Con apenas 18 años cofundó Core Security, una empresa de ciberseguridad que llegó a trabajar con algunas de las organizaciones más importantes del mundo. A los 30, después de pasar por el mundo del venture capital, decidió volver a construir.De aquella curiosidad infantil surgió una forma de mirar que todavía conserva: entender, cuestionar y volver a armar. Con Satellogic lanzó 58 satélites, llevó tecnología desarrollada en la región al espacio y convirtió una idea que parecía ciencia ficción en una compañía global. Y su mirada ya está puesta más lejos: en la inteligencia artificial, en una economía que se extienda fuera de la Tierra y en un futuro en el que la Luna podría convertirse en la primera base habitada de manera permanente fuera de nuestro planeta.En esta nueva edición de Hacedores que inspiran, de LA NACION + EY, Emiliano Kargieman recorre el camino que lo llevó de desarmar radios y hackear computadoras a construir satélites, y reflexiona sobre la tecnología, la inteligencia artificial y los desafíos de una humanidad que empieza a mirar más allá de la Tierra.-¿Siempre desarmabas cosas? ¿Desde qué edad?-Desde chiquito. No tengo recuerdo, pero sí recuerdo los gritos de mis padres (se ríe).-Aparte ellos, psicoanalistas. ¿Qué te decían?-Empecé a desarmar cosas en la casa de mi abuelo, creo, porque él tenía las herramientas. Tenía la caja de herramientas ahí y entonces le robaba las herramientas y desarmaba radios.-¿Qué buscabas encontrar?-No sé. Supongo que cómo funcionaban las cosas.-Tus amigos ya jugaban al fútbol y demás. Y vos tenías otros intereses.-Sí, nunca fui muy bueno jugando al fútbol particularmente. Hacía deportes, pero siempre me interesó, de chiquito, ver cómo funcionaban las cosas.-¿Qué recordás de la etapa del colegio? Tus papás querían que fueras al Nacional Buenos Aires, tenían como una misión. ¿Y vos?-Mi primera computadora me la regalaron mis viejos cuando tenía nueve años.-¿Cuál era?-La Sinclair 2068.-Para los que creen que esto es historia... Yo me la acuerdo. Estaba la Commodore 64.-Claro. La Sinclair, que tenía un procesador Z80. Ahí aprendí un poco a programar. Empecé a aprender a programar a los nueve años y medio que sabía a lo que me quería dedicar. Lo tenía claro. A través de las computadoras empecé a encontrarme con la matemática. Fue algo medio gracioso porque quería programar jueguitos y hacer cosas que requerían que hiciera cuentas, que aprendiera geometría y algunas cosas. Entonces me di cuenta de que la matemática me divertía mucho. Ya sabía que quería dedicarme a las computadoras, a la matemática. Lo tenía más o menos claro.-¿Y qué te da la matemática? Muchos que nos miran dirán: ¿por qué la matemática? ¿Por qué es importante?-Te lo digo con la perspectiva de hoy. Por ahí a los nueve años lo hubiera pensado de otra manera, pero hoy me parece que lo que te da la matemática es una manera de pensar el mundo. La abstracción de la matemática te ayuda a tratar de pensar el mundo desde otro lado.Yo siempre la vi como en la base de todo. Cuando me tocó elegir una carrera, llevaba programando desde los nueve años y dije: “¿Por qué estudiar una carrera que tiene 50 años de historia cuando puedo tomar una carrera que tiene 5000 años de historia?”.-En el colegio, entonces, para ir al Nacional, ¿eras buen alumno o un poco rebelde?-En la primaria me iba bien. Hacía todo lo que tenía que hacer. Era bastante buen alumno, supongo. Y cuando me tocó ir al secundario, sí había una discusión porque mis viejos, mi vieja sobre todo, querían que fuera al Nacional Buenos Aires, un colegio donde me enseñaran cosas. Y yo tenía claro que quería pasarme el día con la computadora y que no me molestaran demasiado.Entonces me salí un poco con la mía. Terminé yendo a un colegio a la tarde, me quedaba toda la noche programando y me despertaba para ir al colegio. Después, la verdad, no pasaba mucho tiempo en clase tampoco.-Hace un tiempo vos le preguntabas a cualquiera de los empresarios a los que les va bien qué carrera había que estudiar y muchos te respondían programación. ¿Hoy cambió eso con la IA?-Para mí no cambió, porque yo siempre tuve la idea de que lo mejor que uno puede hacer es desarrollar un punto de vista propio sobre el mundo, en términos de construirse un lugar desde el que hacer cosas.A mí me parece que siempre lo mejor es estudiar cosas que te abran la cabeza y te permitan descubrir universos. Yo estudié matemática, después estudié un poquito de filosofía, pero siempre la idea fue esa: tratar de estudiar cosas que me abrieran la cabeza.La computación es una ciencia que tiene 50 años. Bueno, aprendo en mi casa. Tampoco alguien se va a parar adelante mío para explicarme sobre algo que tiene tan poca historia. En cambio, la filosofía o la matemática, estudiarlas solo es un poco más difícil. Necesitás guías.-¿Dónde se unen los puntos de matemática y filosofía en tu historia?-Para mí están completamente unidas. Creo que casi cualquier persona que haya hecho cualquiera de las dos carreras te va a decir lo mismo. Hay muchos puntos en común en términos de la abstracción.La filosofía, en realidad, es una disciplina súper técnica, pese a que la gente tiene una idea de la filosofía como alguien tirado en el pasto, volado, pensando sobre cosas. En realidad es una disciplina muy técnica, igual que la matemática. Las dos son disciplinas técnicas y las dos trabajan con abstracción, tratando de ir al centro de qué es la verdad. Me parece que eso las une y hay mucha gente que hace el camino de un lado al otro: filosofía con matemática, matemática con filosofía.-Esa completitud también te la dio la música. Fuiste guitarrista, pero hoy estás con la trompeta. ¿Cómo se completan esas distintas pasiones?-Siempre fui un guitarrista mediocre, pero apasionado. Tenía varios grupos de música cuando tenía 18, 19 años. Unos años después también. Me gustó mucho la música y me enganché a tocar. Ahora sigo teniendo guitarras por ahí tiradas en casa y toco cuando tengo un ratito entre reuniones.Hace unos años, cuando estábamos viviendo en San Francisco, decidí que podía intentar con un instrumento al que le tuve mucho respeto toda mi vida, pero que me encanta, que es la trompeta. Empecé a estudiar trompeta y soy un muy mal trompetista.-Pero también le ponés método a todo... ¿Hay que ponerle método, cierto sistema?-Sí, un poco. Pero con la música me lo tomo muy light. Ya tengo métodos en demasiadas partes de mi vida. Entonces, con la música soy mal estudiante. Estudio un poquito cada tanto.-¿Siempre tuviste este método? Está esta teoría de que si le dedicás muchas, pero muchas horas a algo, te podés convertir en experto.-Sí, me pasó alguna vez. Me pasó con la tecnología espacial, por ejemplo. Seguramente es verdad, pero me parece que lo importante es lo que está atrás. Dedicás muchas horas a algo porque te apasiona, porque te divierte. Me parece que esa es la parte.-Seguimos por ahí. Ya te llevé al colegio, con muchas horas de computación, y de golpe estaba Caos o Control. Por un tiempito te fuiste a “caos”, con los hackers. ¿Qué significaba ser hacker en esa época y por qué?-Era un poco distinto de hoy. El mundo cambió mucho, la industria cambió mucho, las leyes cambiaron mucho. En esa época creo que ni siquiera era ilegal.Yo empecé a programar a los nueve años. Tenía la computadora en mi casa. En el colegio no había computadoras en esa época. Algunos amigos tenían otras computadoras. Pero llega un momento en que decís: “Quiero aprender más cosas. Hay otro mundo allá afuera. Sé que hay otras computadoras, otros sistemas operativos, otros lenguajes de programación, otras cosas para hacer”.Desde donde yo estaba era muy difícil acceder a eso. A los 12, 13 años tuve la suerte de que un primo mío, que se mudó de México a Argentina, llegó con un módem acústico. Era una cajita en la que enchufabas el tubo del teléfono y te servía para comunicarte por teléfono con computadoras que había en otros lados. Fue un camino de ida.A partir de eso dije: “Hay computadoras en otros lugares y puedo empezar a aprender de ellas”. El problema es que muchas de esas computadoras estaban en lugares donde la gente que las manejaba no quería que yo entrara a aprender.Entonces empecé a tratar de encontrarle la vuelta para entrar en esos sistemas y entender cómo funcionaban. Un poco lo mismo que hacía de chico con las herramientas de mi abuelo, pero con el módem. Hice muchos amigos en el camino. Terminamos armando un grupo de hackers en Argentina, que se llamaba HBO, y pasamos muchas formidables noches rompiendo sistemas.-De hecho, se hacían notar.-Teníamos como una revistita que editábamos. No había leyes en contra de esto. Obviamente era cuestionable, supongo, porque entrábamos en los sistemas de un banco, de una universidad o de una telefónica.Pero nunca hicimos daño, nunca robamos nada. Era con la intención simplemente de aprender cómo funcionaban los sistemas y por el desafío técnico de entrar y controlar sistemas más complejos.-¿Y era un poco un acto de rebeldía o nada que ver?-Supongo que sí. Hay una filosofía atrás del hacker. Yo creo que, desde mi punto de vista, la filosofía siempre fue esta idea de que cuando te venden la tecnología, te la venden con una serie de etiquetas acerca de qué podés hacer con ella y qué no podés hacer con ella.
Fuente: La Nación