Walter Munnich, instructor de buceo y explorador: “El miedo te protege, lo que te mata es el pánico”

Hay lugares que intimidan incluso antes de conocerlos. Las cuevas submarinas son uno de ellos. Oscuras, silenciosas, remotas. Espacios donde el margen de error es mínimo y donde la inmensidad obliga a convivir con la propia vulnerabilidad.Sin embargo, para Walter Munnich, instructor de buceo y explorador del mundo subacuático desde hace más de tres décadas, esos escenarios nunca representaron únicamente un desafío deportivo. Con el tiempo se transformaron en algo más profundo: un espejo de la vida.Esa experiencia es la que recorre en Bajo la superficie, un libro que nació a partir de reflexiones, anotaciones y aprendizajes acumulados durante años. Lo que comenzó como frases dispersas y observaciones personales fue tomando forma con el tiempo, impulsado por el trabajo introspectivo que realizaba en terapia y especialmente por el aliento de su psicóloga.No fue un proyecto pensado para alcanzar reconocimiento ni para convertirse en un manual de autoayuda. Tampoco busca ofrecer respuestas definitivas. Según explica, surgió de una necesidad mucho más íntima: dejar registro de una forma de mirar el mundo para sus hijas.“Yo no voy a una cueva a descubrir algo. Voy a descubrirme a mí mismo”, resume. La frase ayuda a entender por qué las profundidades ocupan un lugar tan central en su historia. Lo que para muchos podría representar un entorno hostil, para él se convirtió en un espacio de conexión. Un ámbito donde el ruido desaparece y donde ciertas verdades aparecen con una claridad difícil de encontrar en la superficie.La fascinación por explorar no comenzó con el buceo. Walter recuerda que, desde chico, armaba cuevas con las sábanas de su cama e imaginaba expediciones hacia lugares desconocidos. Había algo en él que lo impulsaba a ir más allá, a descubrir qué había detrás de cada límite.Con los años se convirtió en instructor y referente en el mundo del buceo técnico. Sin embargo, nunca hizo de esa actividad su principal medio de vida. “Yo no vivo del buceo, vivo para el buceo”, resume. La frase explica el lugar que ocupa esta pasión en su vida: una búsqueda personal que lo acompaña desde hace décadas.La curiosidad como guíaEsa curiosidad, dice, nunca desapareció. Fue como una brújula que lo llevó a recorrer el mundo subacuático, pero también a hacerse preguntas sobre sí mismo. Por eso, con el tiempo, la exploración dejó de ser únicamente una búsqueda geográfica. Los descubrimientos, las distancias recorridas o los desafíos técnicos fueron perdiendo protagonismo frente a una experiencia más íntima.“La cueva me muestra cosas”, explica. Puede sonar extraño para quienes nunca vivieron una experiencia semejante, pero habla de esos espacios con una mezcla de respeto, gratitud y asombro. Como si las profundidades funcionaran como un espejo capaz de devolverle preguntas, certezas y aprendizajes. Lo que comenzó como una pasión deportiva terminó convirtiéndose en una forma de introspección.Aunque el libro está atravesado por las experiencias bajo el agua, una parte importante de su historia ocurre fuera de ella. A los 25 años, Walter se enteró de que era adoptado. No lo vivió como una pérdida afectiva ni como un conflicto de identidad imposible de resolver. Lo que se quebró fue otra cosa.“No perdí una madre ni un padre. Perdí una referencia”, explica. Hasta ese momento había construido su historia sobre una serie de certezas que consideraba inamovibles. Cuando descubrió que una de ellas no era como creía, algo cambió para siempre. Aquella experiencia despertó preguntas sobre el origen, la identidad y la necesidad de comprender.La curiosidad, cuenta, fue siempre una de las fuerzas que guiaron su vida. La misma que lo llevó a explorar cuevas, a estudiar el mundo subacuático y a intentar entender qué había detrás de aquello que parecía evidente.Con los años, esa búsqueda también se transformó en una reflexión sobre el legado. Lejos de la idea de trascendencia asociada al reconocimiento o al éxito, Walter habla de algo mucho más simple y humano: el deseo de que quienes ama conozcan su historia. La referencia que utiliza para explicarlo es la película Coco. No se trata de dejar una marca extraordinaria ni de alcanzar notoriedad pública. Se trata de permanecer vivo en la memoria de quienes continúan el camino.Por eso insiste en que el libro no nació desde el ego. Tampoco desde la intención de convertirse en un ejemplo para otros. Surgió del deseo de compartir lo aprendido y de dejar un registro para sus hijas. “Quería que encontraran una parte de mí ahí”, reconoce.Entre las muchas enseñanzas que encontró en las profundidades, hay una que terminó convirtiéndose en uno de los conceptos centrales de Bajo la superficie. En el buceo en cuevas existe una herramienta llamada “línea de vida”. Es el cable que permite orientarse y encontrar el camino de regreso.Los principiantes suelen avanzar siguiendo líneas que otros colocaron antes. Recorren senderos seguros, ya explorados. Recién cuando adquieren experiencia pueden tender su propia línea y abrir nuevos caminos. Munnich encontró en esa práctica una metáfora de la existencia.Durante gran parte de la vida seguimos recorridos trazados por otros: padres, maestros, referentes o mandatos familiares. Creemos que estamos explorando, cuando en realidad avanzamos sobre caminos heredados. Hasta que llega un momento en el que cada persona necesita decidir qué conservar y qué dejar atrás para construir su propio recorrido.Para él, crecer tiene mucho que ver con ese proceso. Con reconocer la influencia de quienes vinieron antes sin quedar atrapados en ella. Y también con comprender que, del mismo modo que nosotros seguimos líneas tendidas por otros, quienes vienen detrás recorrerán en parte los caminos que dejamos.Quienes nunca estuvieron dentro de una cueva submarina suelen imaginar que el miedo es una emoción permanente. Él lo ve de otra manera.“El miedo te protege. Lo que te mata es el pánico”, dice. La diferencia, aclara, es fundamental. Antes de cada inmersión siente miedo. Pero no como una fuerza paralizante, sino como una señal que lo mantiene alerta. El miedo le recuerda que debe prestar atención, prepararse y respetar el entorno.Por eso rechaza la idea de que la valentía consista en no sentir temor. Para él, el verdadero acto de coraje ocurre cuando una persona reconoce sus miedos y aun así avanza. La enseñanza excede ampliamente al buceo. También aplica a la vida cotidiana, donde muchas veces se intenta evitar el dolor, la tristeza o la incertidumbre como si fueran emociones equivocadas.Atravesar lo que dueleCuando se le pregunta si en las profundidades conviven belleza, fragilidad y oscuridad, su respuesta es menos obvia de lo que parece. Porque para él la oscuridad no necesariamente representa algo negativo. Las cuevas submarinas le enseñaron que lo extraordinario también puede encontrarse en lugares oscuros, desconocidos o incómodos. Y que algo parecido ocurre con las emociones humanas.En una época que empuja a perseguir la felicidad permanente y a evitar cualquier forma de malestar, propone una mirada diferente. La tristeza, la angustia, la incertidumbre o el sufrimiento no son errores que deban corregirse rápidamente. Son experiencias que forman parte de la vida y que, muchas veces, traen consigo aprendizajes imposibles de obtener de otro modo.Hay emociones que no se resuelven evitando sentirlas. Hay que atravesarlas. Aceptar esa vulnerabilidad, sostiene, es parte del crecimiento.Si hay una palabra que aparece una y otra vez en su relato, es silencio. En las profundidades, explica, desaparecen buena parte de los estímulos que dominan la vida cotidiana. No hay notificaciones, urgencias artificiales ni conversaciones superpuestas. Tampoco existe demasiado espacio para distraerse.La atención se concentra en lo esencial. Esa experiencia le permitió comprender algo que intenta trasladar a la vida fuera del agua: gran parte de nuestras preocupaciones pierden peso cuando recuperamos perspectiva. “El ruido nos adormece”, afirma.Ese ruido no es solamente sonoro. También es mental. Está compuesto por preocupaciones repetitivas, exigencias, expectativas y distracciones permanentes que terminan alejándonos del presente. Por eso considera que una de las mayores enseñanzas de las profundidades tiene que ver con el aquí y ahora. No como una frase inspiracional, sino como una experiencia concreta.“En una cueva submarina –explica–, cosas tan simples como respirar, orientarse o beber agua adquieren un valor completamente diferente. Lo que afuera parece obvio deja de serlo. Y entonces aparece la posibilidad de volver a apreciar aquello que normalmente pasa inadvertido”.A lo largo de los años, Walter encontró innumerables analogías entre el mundo subacuático y la vida. No pretende ofrecer fórmulas ni convertirse en un referente espiritual. De hecho, insiste en que muchas de las cosas que comprende con claridad dentro de una cueva le siguen costando fuera de ella.Pero hay algo que las profundidades le enseñaron y que intenta transmitir en cada página de su libro. Debajo de la superficie –del agua, de las certezas, de los miedos y de las rutinas– existe un espacio donde todavía es posible encontrarse con uno mismo. Y quizás, en medio de ese silencio, descubrir qué es lo verdaderamente importante.

Fuente: La Nación