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Del Olimpo al barro: por qué Hollywood está humanizando a sus héroes y exponiendo sus debilidades
“No hay héroes más humanos que los de estos tiempos”, podríamos afirmar sin sonrojarnos al ver los últimos estrenos de Hollywood en los que los protagonistas, no importa si se llaman Odiseo, Spider-Man o Robin Hood, ven raídos sus poderes ya no ante el capricho de los dioses sino antes sus propios vicios y debilidades. Es cierto, nos hemos quedado solos, podrían pronunciar ante la orfandad de un camino en el que los mandatos y designios parecen haber expirado. Hombres comunes, signados por la duda y el arrepentimiento, algunos por la temprana responsabilidad de la adultez, como el joven Peter Parker expulsado del paraíso de la amistad y relanzado a la soledad de un altillo y el encierro de un disfraz al que solo anónimos veneran. Otros por la vejez, como el anciano Robin Hood, cuyas mieles del triunfo clandestino han quedado desdibujadas en el pasado, escondidas para siempre. O la gesta del regreso de Odiseo, preñada de dudas y sinsabores, que ya no surgen del capricho de los dioses sino de la soberbia propia. ¿Qué ha pasado con esos héroes infalibles, íntegros y protectores? Han recibido un baño de realidad en el que la suerte se escribe cada día como una película de Hollywood que ya no garantiza un final feliz. Los dilemas de OdiseoUno de los primeros señalamientos ante el estreno de la última película de Christopher Nolan fue la ausencia de los dioses. En The New Yorker, el crítico Richard Brody escribe que, mientras en La Odisea de Homero “la primera escena muestra un consejo en el palacio de Zeus, en el monte Olimpo, donde los dioses discuten sobre el destino de Odiseo, en la película de Nolan, aunque se menciona a los dioses, no hay debates divinos en el Olimpo y, de hecho, el único miembro del panteón griego clásico que aparece es Atenea (Zendaya), quien observa la acción intermitentemente”. No es casual esta decisión: el abordaje del director de El origen se concentra en el drama humano, incluso más allá de su conciencia histórica y de las dimensiones del destino planteadas en ese tiempo antes de Cristo. Y este gesto coincide no solo con las preocupaciones de su obra como cineasta -que en la última Oppenheimer habían demostrado el interés por las consecuencias de la razón humana-, sino también con una mirada sobre estos tiempos, donde la responsabilidad de los actos y las imprevistas consecuencias de la ambición están en el eje del debate público. Con los dioses afuera no solo el hombre queda librado a su albedrío sino también debe asumir las debilidades de su propio accionar y los temores ante su falta de voluntad. A lo largo de La Odisea imaginada por Nolan, el Ulises de Matt Damon se interroga sobre aquello que parece extraviado de su memoria como un antídoto posible al trauma bélico. ¿No es entonces su estancia en los brazos de Calypso (Charlize Theron) el vahído fruto del estrés postraumático después de los hechos de la Guerra de Troya? La pesquisa por la memoria perdida tampoco es un acto solitario ni una reconstrucción objetiva. Nolan opta por diversos narradores -Penélope, Eumeo, Menelao- que intentan reponer quién fue Odiseo en el pasado, antes de seguir a Agamenón en su gesta vengativa en Troya, como contrapunto a la propia memoria del héroe, quien intenta saber quién será a partir de entonces. Es claro que no hay eco de las voces de los dioses, hacedores de un destino donde el hombre es apenas un peón, sino apenas tensiones en el plano de lo humano entre las distintas versiones de ese soldado que regresa sin recuerdos ni gloria. Las ambiciones de los nobles de Ítaca son fruto de la codicia humana; la búsqueda de emancipación de Telémaco (Tom Holland) es evidentemente edípica para cualquier adolescente; el deseo femenino de Penélope (Anne Hathaway) es a las luces moderno en su expresión; y los tejes y manejes políticos del palacio son fruto de la vida pública de cualquier país, incluso de la Grecia antigua. Nolan encarna en sus personajes una lectura de la Edad de Bronce que los hace autoconscientes de los asuntos que dirimen, pero al mismo tiempo les arrebata toda solución mágica y reparadora a muchos conflictos que ha abordado el cine. Esa sensación de precariedad de cualquier triunfo, de inestabilidad de toda lealtad o camaradería en las alianzas, y -sobre todo- la condición efímera de cualquier orden que garantice la paz duradera, habla más de nuestra era que de aquella que habían imaginado los poetas griegos. Y con ello no comete un sacrilegio, sino que contrapone su propia mirada ante la mirada de otros, un espejo opaco ante un cine que ya no puede ofrecer respiros eternos y triunfos duraderos. Hombres desencantados, dentro y fuera de la pantalla. Oh, padre, ¿por qué me has abandonado?Las palabras de Jesús en la cruz también podrían atribuirse al solitario Peter Parker (Tom Holland) que ha librado sus batallas contra el crimen sin más reconocimiento que ese heroísmo atribuido a un misterioso enmascarado. La famosa frase de iniciación que aseguraba que con un gran poder sobreviene una gran responsabilidad parece no ser suficiente para un joven que lo ha perdido todo por vestir su traje colorido y saltar de techo en techo atrapando delincuentes. En Spiderman: Un nuevo día, la renuncia a sus amigos Ned (Jacob Batalon) y MJ (Zendaya) se ha convertido en un castigo difícil de soportar. No solo no puede compartir la camaradería de sus horas como adolescente ordinario, sino que su condición extraordinaria lo ha privado de esa memoria compartida. Para ellos es un extraño, un nombre impreso en los titulares cuando lleva el disfraz y un ignoto nerd que se cuela en una fiesta cuando viste de civil. La aparición de Jean Grey (Sadie Sink) como espejo de su posible oscuridad agita esos fantasmas interiores. Para aquella alumna de los X-Men la pérdida de un ser querido no deviene en sacrificio crístico sino en fría venganza, siendo mucho más humana que lo que su poder telepático podría sugerir. ¿Y si el propio Peter Parker se rebelara frente a esa condición superheroica que no ha solicitado y le ha caído del cielo como una maldición? No solo ha perdido a su tía May (Marisa Tomei) y ha debido renunciar a su irresponsabilidad juvenil, sino que ahora ha sido condenado a la más oscura soledad, sin amigos, sin grupo de pertenencia, sin aquello que todavía lo hace humano. Ahora bien, ¿no es justamente esa condición de marginado, de condenado al ostracismo para preservar el poder de su condición de enmascarado, aquello que debería hacerlo empatizar con los rotos y despojados de este mundo?De eso se trata ese “nuevo día” para el atribulado Spider-Man, no de comprender que debe ser héroe porque tiene un poder supremo, sino que debe serlo porque son justamente aquellos que no lo tienen quienes lo necesitan. Es ese destello humano que late dentro suyo pese al egoísmo natural de su adolescencia el que habilita la empatía y la persistencia en una batalla que, en definitiva, a menudo le exige demasiado. Y al haber perdido la amistad de Ned y el amor de MJ, su soledad se acrecienta, en tanto es el único guardián de una memoria compartida que puede desvanecerse si finalmente se rinde al renunciamiento. Para los habitantes de esa gran ciudad que vitorean una máscara cuando el peligro ha pasado, es apenas una representación, anónima y espectral. Para su amigo Ned, para su tía May, para el amor de MJ, era un nombre propio, un rostro humano. Y es ese cuerpo real el que esta vez se golpea y magulla, el que sufre por su condición material, el que anhela el concreto reconocimiento. Sobre héroes y tumbasLa nueva película sobre la figura de Robin Hood ya anuncia el destino de su héroe en el título. La muerte de Robin Hood es el relato del crepúsculo de una gesta que termina con la desaparición. En la versión que encarna Hugh Jackman y dirige Michael Sarnoski, un veterano Robin Hood convive con una doble fama, la que le atribuye la leyenda en la que roba a los ricos para dar a los pobres, y aquella que emana de la realidad, en la que las víctimas de sus fechorías esperan su turno para ajustar cuentas. Es una especie de antihéroe que combina golpes y cinismo en equivalente proporción para convivir con un deterioro inevitable y con la conciencia evidente de que no le espera la gloria sino el olvido. Aquí la humanidad se arremolina en el tiempo de la vejez y la conciencia es menos lúcida que en Odiseo, fruto quizás de una perspectiva insidiosa que Sarnoski ya había demostrado en su ópera prima, Pig (2021). Sin embargo, lo que atañe a la leyenda -al igual que en el original homérico pertenecía a los dioses- sufre el pulso constante de la deconstrucción, mostrando que aún con las mejores intenciones no todos los “beneficiados” quedan satisfechos. Antes que discutir los sacrificios, como ocurría con el joven Peter Parker en el inicio de una vida adulta donde la conciencia de la pérdida se hacía agobiante, lo que persigue el veterano Robin es desarmar la mistificación de su propia condición, aquella que podría trasladarse a los que seguirán su estela y sufrirán el mismo desencanto. Una relectura del valor del crimen como camino hacia el bien, una reflexión sobre la ilusión de reparar la desigualdad apenas con un gesto individual. En esos terrenos que combinan lo mítico y lo político, las ficciones contemporáneas han decidido destejer el heroísmo como solución a injusticias perdurables y la condición extraordinaria como superación de las debilidades humanas. Incluso la última temporada de La casa del dragón (HBO Max) ahonda en el costado autodestructivo de esa dinastía elegida que fueron los Targaryen, donde el fuego consume sus mejores intenciones y su posible legado. Llegados al poder solo queda sostenerse en espurias negociaciones y alianzas non santas que tornan la epopeya por el trono apenas en un cuento de hadas frente a la oscura agenda del ejercicio del poder. La propia Rhaenyra, considerada reina legítima y desposeída por los usurpadores vestidos de verde, deberá asumir la mendacidad que le exige su nueva posición y convivir
Fuente: La Nación