Genética en familia: Nicolás Lafontaine continuó con la selección que inició su padre 25 años atrás, que los llevó a producir 32% más de carne con las mismas vacas y tierra

Nicolás Lafontaine tiene una manera bastante concreta de explicar para qué sirven tantos años de selección genética, mediciones y “numeritos”: en el campo familiar, asegura, hoy consiguen producir alrededor de 32% más carne con prácticamente la misma cantidad de vacas y sobre la misma superficie.
No siguió desde el comienzo el camino que podía esperarse para alguien criado dentro de una familia de cabañeros. Estudió abogacía, dejó la carrera, y durante varios años manejó, junto a un amigo, una florería dedicada también a la organización de eventos. Pero en 2010 volvió al campo y, desde 2014, administra la empresa familiar.
Hoy Nicolás es la quinta generación de los Lafontaine vinculada a la ganadería y trabaja sobre un proceso de selección que lleva más de dos décadas. Su objetivo, explica, no es producir animales destacados solamente para venderlos como reproductores, sino conseguir que la genética de la cabaña mejore antes que nada los números del propio establecimiento.

“Nosotros tenemos cabaña y ciclo completo, y todos los objetivos de la cabaña están dirigidos a mejorar ese negocio, que es el ciclo completo”, señaló a Bichos de Campo.
Una parte fundamental de esa búsqueda comenzó antes de que Nicolás regresara. Su padre, Juan Adolfo Lafontaine, inició junto al veterinario Carlos Munar un riguroso proceso de selección para encontrar animales capaces de combinar bajos pesos al nacimiento con un elevado potencial de crecimiento posterior. En una nota anterior con este medio, Juan Adolfo había contado cómo esa decisión buscó revertir algunos de los problemas que dejó la selección de animales cada vez más grandes y pesados que se había impuesto décadas atrás.
Genética en familia: Para revertir las consecuencias que trajo el “new type” bovino en los 70, Juan Adolfo Lafontaine apeló a un riguroso proceso de selección que mantiene hasta hoy

Nicolás siguió trabajando sobre esa misma dirección y hoy puede mostrar qué ocurrió después de acumular esas decisiones dentro del rodeo. En Los Tigres hablan de animales “rompe curva”. Tradicionalmente, contó, un toro utilizado sobre vaquillonas para lograr terneros chicos al nacimiento podía dar facilidad de parto, pero muchas veces a costa de resignar crecimiento posterior. En el extremo contrario aparecían animales con gran potencial para sumar kilos, aunque con mayores riesgos al parto.
Hace 25 años existían ejemplares capaces de escapar de esa relación. La apuesta de su padre fue tratar de multiplicarlos. “Lo que papá hizo junto con Carlos fue plantearse el objetivo de que eso que era excepcional tratáramos de hacerlo población”, recordó.
El trabajo, asegura, fue de hormiga. Cada animal podía sobresalir en una característica y resultar menos conveniente en otra, por lo que la selección obligaba permanentemente a decidir qué conservar y qué descartar. “Llevó 25 años, pero hoy se logró”, afirmó.
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¿Y cómo se mide ese logro fuera de los catálogos genéticos? Uno de los ejemplos más claros aparece en las vaquillonas. Según Lafontaine, los problemas vinculados al parto, que antes rondaban el 15%, bajaron hasta aproximadamente 7%. Pero al mismo tiempo los terneros aumentaron considerablemente su peso al destete: pasaron de alrededor de 150 kilos a ubicarse hoy entre 220 y 230 kilos.
“Al mismo tiempo que íbamos bajando los problemas de parto, aumentamos casi un 60% el peso de esos terneros”, explicó.
Ese resultado permite entender una respuesta que Juan Adolfo solía dar cuando otros productores le preguntaban para qué dedicaba tanto esfuerzo a medir caracteres que, supuestamente, nadie iba a pagarle. “¿Para qué estás jodiendo con los numeritos si nadie te los paga?”, recuerdó Nicolás sobre lo que le planteaban. Y su padre contestaba: “El que te lo paga es tu sistema”.

Y allí aparece el número que hoy utiliza el hijo para defender aquella decisión. “En el global producís un 32 y pico por ciento más. Tenés el mismo capital, porque tenés la misma cantidad de vacas, tenés el mismo capital tierra y estás produciendo un 32% más”, señaló.
La búsqueda de precocidad también los llevó a romper otra costumbre. Desde comienzos de los años 2000 comenzaron a ofrecer en sus remates toritos de alrededor de 14 meses, cuando lo habitual era comercializar reproductores de dos años. La lógica fue sencilla: si se les exigía a las vaquillonas estar preparadas para recibir servicio temprano, ¿por qué no exigirles precocidad también a los machos?
“Lo mismo que le exigimos a una vaquillona hay que exigírselo al torito”, aseguró Nicolás.
Al principio el mercado desconfió y muchos de esos animales regresaban al campo sin venderse. Hoy, en cambio, aproximadamente la mitad de los toros que ofrecen en sus remates son de un año. Lo importante, aclaró Lafontaine, no es solamente que lleguen a los 450 kilos, sino que hayan alcanzado el desarrollo hormonal suficiente: “Tienen que verse como un torito en miniatura”.
“Los criadores buscan reproductores con facilidad de parto y bajo peso al nacer, y es lo que vendemos: genética con resultados”, dice Ángel Irañeta de la cabaña Santa Rita

El proceso incluso dejó resultados que no estaban en los planes originales. Nicolás contó que una proporción de los novillos alcanza anticipadamente el peso necesario para Hilton, algo que atribuye a la combinación de mayor potencial de crecimiento y precocidad genética, ya que el manejo productivo prácticamente no cambió. “Todo esto te mejora el negocio ganadero”, resumió.
Quizás por eso, aunque habla con orgullo de ser la quinta generación de la familia y de continuar un trabajo que comenzó su padre, Nicolás prefiere colocar la cuestión económica antes que cualquier romanticismo. “Esto primero es un negocio. Después es una pasión y es el legado”, afirmó.
Después de un cuarto de siglo de selección, aquella respuesta de Juan Adolfo sobre quién iba a pagar tantos “numeritos” parece haber encontrado su demostración puertas adentro: si las mismas vacas y la misma tierra permiten producir 32% más, el primero que termina pagando la genética es el propio sistema.

Fuente: Bichos de Campo