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Mastitis, eczema, piel rota y la sorpresa de un cáncer de mama atípico: “Un camino doloroso y otra forma de abrazar la vida”
Daniela Vega recuerda que todo empezó una mañana con una leve hinchazón y enrojecimiento en la mama, acompañado de una secreción que le llamó la atención. El día anterior, su ginecóloga había revisado los estudios anuales —incluida una ecografía mamaria— y le había dicho que todo estaba perfecto. Aun así, decidió escribirle para contarle los síntomas y, por consejo de la médica, fue al consultorio. Allí le diagnosticaron una mastitis, pensando que quizá un conducto se había obstruido, aunque hacía 10 meses que ya no amamantaba a su hijo más chico. Le indicaron antibióticos y fijaron una revisión a los 15 días.En ese primer momento, la mastitis no alteró demasiado su vida cotidiana: seguía con sus rutinas, ocupándose de sus hijos y de su trabajo. Solo le sorprendía que, después de dos largas experiencias de lactancia exclusiva —primero con Agostina y luego con Santino—, nunca hubiera tenido mastitis; y ahora la padecía sin estar amamantando. Eso le resultaba raro, pero no alarmante.Lo que siguió fue una cadena de episodios que empezaron a erosionar esa sensación de normalidad. La primera mastitis se calmó con el tratamiento, pero reapareció poco tiempo después y tuvo que repetir el mismo esquema de antibióticos. Ambos episodios lograron resolver la inflamación, pero dejaron una huella concreta: una grieta mamaria que no se curaba, que se volvió una presencia constante, como un signo de que algo en su cuerpo no se estaba cerrando del todo, aunque aún no había ninguna sospecha de que se trataba de algo más grave.La grieta se mantenía como una herida que no terminaba de cerrarA las tres semanas, la mastitis volvió y la secreción, aunque muy leve, no desapareció del todo. Su ginecóloga decidió entonces tomar una muestra de ese líquido y le indicó otro tratamiento con antibióticos. La muestra no fue suficiente para un análisis claro, porque la cantidad era demasiado pequeña. La médica también le pidió una nueva ecografía mamaria, que nuevamente mostró todo dentro de los parámetros esperables, sin hallazgos que llamaran la atención.Cuando los síntomas inflamatorios de la mastitis desaparecieron, la piel del pezón comenzó a agrietarse de forma persistente. La grieta se mantenía como una herida que no terminaba de cerrar, a pesar de que el resto parecía estar bien. Alrededor de dos meses después, la ginecóloga la vio de nuevo y, preocupada por ese signo que no se resolvía, la derivó a un mastólogo de su confianza. Hasta ese momento, la ginecóloga había podido acompañarla, pero entendía que la complejidad de la lesión requería una mirada más especializada.“Iba con la idea de que todo iba a tener una explicación sencilla”Daniela confiaba –y sigue confiando– en el criterio de su médica, así que fue a la consulta con el mastólogo al mes siguiente. Llegó algo inquieta, con la cabeza llena de los “qué podría ser”, aunque sin una sensación de alarma extrema. La tranquilizaba que, hasta ese momento, todos los estudios hubieran mostrado resultados normales. “Yo iba con la idea de que, al final, todo iba a tener una explicación sencilla, porque los estudios eran siempre ‘dentro de lo esperado. No me imaginaba que esa grieta en el pezón podía ser algo más serio”, dice.La primera consulta con el mastólogo fue una experiencia desordenada y desgastante. No era su clínica habitual, el lugar le resultaba ajeno y la atendieron con varias horas de demora. En un momento, Daniela estuvo a punto de irse; solo se quedó porque necesitaba avanzar en el diagnóstico, aunque estaba molesta y cansada. La espera le hizo cancelar a sus pacientes, ya que ella trabaja como psicóloga, y perderse o llegar tarde a los turnos. Cuando finalmente entró al consultorio, lo hizo con la peor de las energías, cruzada por la urgencia de su trabajo y por el agotamiento de la espera.El médico la revisó y le explicó que algunas mastitis son rebeldes, especialmente si hay conductos tapados, y que en las ecografías todo parecía normal. Le indicó una crema con antibióticos y comentó que, en todo caso, podrían pensar más adelante en una resonancia. En todo ese camino, afirma que se aferró, sobre todo, a sus hijos. Agostina, de 10 años, y Santino, de 4, fueron y siguen siendo el motor que la empujó a no dudar en hacer todo lo que tenía que hacer. Pensar en ellos le dio una fuerza que ella misma no sabía que tenía: no solo la idea de que ellos la necesitaban, sino el deseo claro de estar presente para verlos crecer. La familia, con su marido Sergio al centro, fue su pilar: él se convirtió en su sostén emocional y físico, encargándose de lo que ella no podía, acompañándola en silencio, con toda su energía puesta en su proceso, en los chicos y en el cuidado de la casa. “Hoy miro atrás y veo que, a pesar del miedo, del dolor y de las noches de incertidumbre, cada decisión que tomé me trajo hasta aquí, hasta un presente donde sigo, me sigo, y me rearmo con otra conciencia. Me sostengo en mis hijos, en mi familia, en mi red de amigas y en la certeza de que, si algo no me sienta bien, tengo que escucharme, insistir y no quedarme en el lugar de la duda. No sé qué me depara el futuro, pero sí sé que este camino, doloroso como fue, también me dio fuerza, claridad y una forma distinta de abrazar la vida.”
Fuente: La Nación