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Jean-Claude Romand, la doble vida del falso médico que masacró a su familia para no ser descubierto
El lunes 11 de enero de 1993, los recolectores de basura hacían su ronda matutina cuando se toparon con una casa que se prendía fuego en el pueblo de Prévessin, cerca de la frontera con Ginebra. La reacción fue inmediata: golpearon la puerta para alertar a sus habitantes, creyendo que quizás dormían, que no se habían enterado del peligro, que podían despertarlos, salvarlos. No obtuvieron respuesta. A las 4.15 llegaron los bomberos y vieron que un hombre se asomaba a la ventana. Había alguien con vida. Desplegaron las escaleras y lo rescataron. Perdió el conocimiento, tenía el pulso débil. Su familia, esposa y dos niños, no habían tenido la misma suerte. Luc Ladmiral, un amigo íntimo, se acercó hasta el lugar. Para cuando llegó, los bomberos sacaban los cadáveres. En el camión de bomberos encontró a Jean-Claude Romand, que apenas sobrevivía.Unas horas después, fueron a Clairvaux-les-Lacs, a casi 84 kilómetros, a avisarle a sus padres lo que había pasado. La casa estaba cerrada. El perro no ladraba. Nadie respondía los llamados. Los tres estaban muertos, los habían asesinados a tiros.“[...] Esos dos crímenes perpetrados, a ochenta kilómetros de distancia, contra los miembros de una misma familia hacían pensar más bien en una venganza o en un ajuste de cuentas. Indagaban acerca de posibles enemigos, y Luc, desconcertado, sacudía la cabeza: ¿enemigos, los Romand? Todo el mundo los quería. Si los habían matado, lo habrían hecho personas que no los conocían”, cuenta el periodista y escritor Emmanuel Carrère en el libro El adversario. Pero la verdad resultó más macabra de lo que los investigadores y los conocidos de la familia podrían haberse imaginado. Cedió por agotamientoJean-Claude Romand nació en 1954 y se crio como hijo único en la casa de sus padres, en Clairvaux, un pequeño pueblo cerca de la frontera con Suiza. Su padre, maderero, había sido prisionero en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Su madre sufría problemas crónicos de salud y tenía tendencia a la depresión.Desde chico aprendió a engañar para evitar darle disgustos a la mamá: “De su padre admiraba que nunca dejase traslucir sus emociones, y se esforzó en imitarlo. Todo debía ir siempre bien, porque si no su madre iría de mal en peor, y habría sido un ingrato si la preocupaba con nimiedades, con pequeñas pesadumbres de niño. Más valía ocultarlas”, relata Carrère. Era un chico inteligente: había adelantado un año en el colegio, leía mucho y, en séptimo grado, ganó el premio de honor. Sus maestros y vecinos lo recordaban como un niño “demasiado formal, demasiado tranquilo y demasiado bueno”. De adolescente, era solitario. Tanto, que se había creado una amiga imaginaria: Claude.Más tarde, quiso ingresar en la carrera de Administración de Montes, pero cuando le hicieron una broma que tomó mal (nunca dijo qué) abandonó esos estudios y decidió estudiar Medicina. Lo empujaban dos razones: el posible ascenso social y Florence, una prima lejana que seguiría esa carrera. Estaba enamorado de ella desde los 14 años. Un poco obsesionado. En la facultad, se acercó a ella: “Ella era muy sociable, él no conocía a nadie, pero a fuerza de arrimarse se sumó al grupo de amigos de Florence. A nadie le importunaba su presencia, pero tampoco a nadie, si él no estaba, se le ocurría llamarlo”.Un tiempo después logró su cometido: empezó a salir con Florence. “Las malas lenguas dicen que ella cedió por agotamiento. Que estaba conmovida, enternecida tal vez, pero no enamorada”, remarca el escritor.Una realidad demasiado singularLa relación duró poco. Ella puso la excusa de que debía concentrarse para los exámenes. Era mejor que no volvieran a verse. Él lo tomó mal. Muy mal. Era la primavera de 1975, y el día en que tenía que levantarse temprano para rendir un examen final de segundo año, no le hizo caso al despertador. Estaba deprimido, dijo más tarde. Esa fue su primera versión de cómo empezó todo. Después cambió: contó que no se había presentado porque, dos días antes de la prueba, se cayó por la escalera y se fracturó la muñeca derecha. Pero cuando sus padres lo llamaron para preguntarle cómo le había ido, él les respondió que bien. La mentira se convirtió en una bola de nieve. El día de los resultados anunció que había aprobado, que pasaba a tercer año. No era así, pero nadie lo descubrió. Después de las vacaciones hubo un período en el que no volvió a la facultad, sino que se encerró en el estudio que le habían regalado sus padres. Luc Ladmiral, su compañero, lo fue a buscar. Lo encontró a oscuras, en un piso sucio, tirado en la cama. Entonces, las mentiras tomaron impulso. Luc pensaba que su depresión se debía a la situación con Florence y trataba de animarlo, Jean-Claude le dijo que le habían descubierto un linfoma. Pensaba que “un cáncer lo habría arreglado todo”, es decir, la mentira inicial, y que, además, traería aparejada la compasión de Florence.De hecho, funcionó bastante bien. Retomó su vida “normal” en la facultad y, aunque ella no se sentía atraída físicamente por él, reanudó la relación, conmovida por su supuesta valentía ante la muerte.No tardó en informar a sus allegados que la enfermedad había remitido. Ese momento le representó una etapa de alivio psicológico, ya que “confesar un linfoma en vez de una impostura equivalía para él a trasponer en términos comprensibles para los demás una realidad demasiado singular y personal”.“El lado afectivo era verdadero”Logró mantener la fachada de estudiante frente a sus amigos. Se comportaba como tal y hacía todo lo que se suponía que hiciera: iba a clases, a la biblioteca, compraba fotocopias y manuales. Los días de examen se dejaba ver por los pasillos y nadie notaba que no entraba al aula a rendir.En términos administrativos, usó la excusa de su salud para conseguir que le renovaran la matrícula año tras año. Siempre la del segundo curso. Todos creían que iba avanzando. “Era ambicioso y trabajador, todos sus amigos pensaban que llegaría lejos. Ella [Florence] repasaba con él sus temas para ser médico residente y él con ella su programa de Farmacia. En total, él acabó el ciclo completo de sus estudios de Medicina, con la salvedad de que no pasaba exámenes ni participaba en las prácticas de hospital”.Después aseguraba que hacía las prácticas en hospitales donde no iban los demás. 1984 fue su gran año ficticio: se casó con Florence y aprobó la residencia. Y la ficción se hacía más grande. Entró como responsable de investigación en el Instituto Nacional de la Salud y de la Investigación Médica de Francia (Inserm), en Lyon. Después, como maestro investigador a la Organización Mundial de la Salud (OMS), en Ginebra. Nadie lo ponía en duda.La vida era perfecta: el 14 de mayo de 1985 nació Caroline y el 2 de febrero de 1987, Antoine. Más tarde, Jean-Claude habría de decir: “El lado social era falso, pero el lado afectivo era verdadero”.Si todo lo externo a la familia era una pantalla, una actuación, ¿adónde iba en vez de al trabajo? ¿Cómo aportaba a la economía del hogar? Este último punto es, quizás, el desencadenante más potente de lo que terminaría en una tragedia.Estafa piramidalAl principio mantenía una rutina: dejaba a sus hijos en la escuela y seguía viaje hasta cruzar la frontera y llegar a Ginebra, a 12 kilómetros de su pueblo. Estacionaba cerca de la OMS. A veces entraba y daba vueltas. No era difícil: vestía de traje, llevaba un maletín y conseguía una tarjeta de visita. Iba a la biblioteca o a las salas de conferencia. Después tomaba varios folletos para llevárselos.Con el tiempo, cambió el recorrido: tomaba la autopista hasta alguna cafetería alejada. Podía quedarse horas y horas leyendo diarios, revistas o durmiendo. Algunos días se aburría, así que simplemente paseaba, iba a librerías o recorría caminos forestales. En ocasiones, organizaba viajes más largos diciendo que tenía congresos internacionales. Esas veces se quedaba unos días en hoteles cercanos al aeropuerto. Miraba televisión o leía guías de turismo para inventar anécdotas que contar a su regreso.Al principio vivía del dinero de sus padres, además, había vendido el estudio que estos le regalaron. Después se aprovechó de su puesto en la OMS para crear una especie de estafa piramidal: tanto sus padres como su tío y sus suegros le entregaron sus ahorros bajo la creencia de que él podía abrirles cuentas bancarias en Suiza, donde obtendrían un interés del 18% anual.Por supuesto, la inversión no existía: todo lo que le daban lo usaba para mantener un nivel de vida propio de una familia de clase alta. Decía que no tenía que pagar impuestos porque su salario en el país vecino estaba exento. Mientras tanto, alquiló la casa en Prévessin, la misma que después se prendería fuego, se compró autos de alta gama y, a la par, mantenía a su amante, Corinne.Un hombre demasiado tristeCorinne y su esposo, Rémy Hourtin, se habían mudado al mismo edificio donde vivía Luc Ladmiral, quien enseguida los presentó a sus amigos, entre ellos, los Romand. Después se divorciaron y ella fue a vivir a París. Un día recibió un ramo de flores de Jean-Claude y una carta. Le decía que iba a la gran ciudad por una conferencia y le preguntaba si quería ir a cenar.Empezaron a verse. “De repente descubría a otro hombre: un investigador de altura y de renombre internacional [...]. El contraste entre esta realidad nueva y la imagen hasta entonces sin brillo que ella tenía de él hacía a Jean-Claude tanto más simpático”, describe Carrère.En otra ocasión le regaló un anillo de oro con una esmeralda y diamantes. Se veían una vez por semana, hasta que la amistad mutó en un romance. Él se había enamorado, ella no. Y se lo dijo: no lo amaba porque le parecía “un hombre demasiado triste”. Romand se deprimió. Su esposa y Luc notaban su malestar. Entonces reapareció una vieja mentira, una vieja enfermedad: el linfoma de los años 70 había vuelto, esta vez en forma de enfermedad de Hodgkin. Aseguraba estar en tratamiento, que lo agotaba. No iba a trabajar todos los días, no se en
Fuente: La Nación