“Nunca les vas a interesar”: se enamoró de Picasso, 40 años mayor, pero cuando lo dejó él amenazó con arruinarle su carrera

La primera vez que Françoise Gilot vio a Pablo Picasso fue en mayo de 1943 durante la ocupación nazi de París, en el restaurante Le Catalan. Ella tenía 21 años y apenas empezaba a abrirse camino en el mundo del arte. Él tenía 61 y ya era uno de los artistas plásticos más importantes del momento, ese que había pintado, hacía poco, su famoso Guernica. Almorzaba junto a Dora Maar, su pareja en el momento, al lado del grupo de Gilot. Cada tanto miraba para esa mesa, hacía chistes, esperaba la respuesta. “Me quedé un poco sorprendida por la apariencia de Picasso. Mi impresión de cómo debía verse estaba fundada en la fotografía de Man Ray en el número especial de Picasso que había publicado Cahier d’Art en 1936: pelo oscuro, ojos penetrantes, robusto, tosco, un animal apuesto. Ahora, su pelo canoso y mirada ausente —ya sea distraído o aburrido— le daba un aire retraído”, recordó ella en su libro Vida con Picasso. La mesa de Gilot no pasó desapercibida para el artista, que les sonreía, los miraba, esperaba reacciones a sus chistes. Buscaba, evidentemente, su atención. “Finalmente, se levantó y se acercó. Trajo con él un plato de cerezas y nos ofreció”. Se presentaron, ella y una amiga, como pintoras. Él respondió: “Es lo más gracioso que escuché en todo el día. Las chicas con esa apariencia no pueden ser pintoras”. Y agregó: “Bueno, yo también soy pintor. Tienen que venir a mi estudio a ver algunos de mis cuadros”. Lo hicieron a la semana siguiente. Las dos amigas fueron juntas y se encontraron con un grupo al que el propio Picasso le mostraba el lugar. Cuando terminaron, y antes de que se fueran, les dijo: “Si quieren volver, por favor, háganlo. Pero si vienen, que no sea como peregrinas a la Mecca. Vengan porque les gusto, porque encuentran interesante mi compañía y porque quieren tener una relación simple y directa conmigo. Si solo quieren ver mis pinturas, vayan a un museo”. Françoise no lo dudó. Ese era solo el principio.Hablar el mismo idiomaGilot volvió, no solo por la fascinación que le despertaba el gran artista, sino por el hombre que fue descubriendo a partir de ese primer encuentro. Con él podía hablar y discutir durante horas sobre pintura, escultura, composición como con nadie antes. Detalló: “Una cosa destacaba: la facilidad con la que podía comunicarme con él. Con mi padre no había tenido comunicación durante años. Incluso mis relaciones con el único chico de mi misma edad que creía amar eran a menudo difíciles y complicadas, casi negativas. Ahora, de repente, con alguien que tenía el triple de edad que yo, hubo desde el principio una facilidad de entendimiento que hacía posible hablar de cualquier cosa”. Picasso le respondió con una confesión inesperada: “Desde el primer momento supe que podíamos comunicarnos”. La sensación era mutua. Y Picasso, al principio tierno, un hombre enamorado, le respondió: “Cuando le dije, una mañana [...] lo cómoda que me sentía con él, me agarró del brazo y exclamó emocionado: ‘Es exactamente lo que yo siento. Cuando era joven, incluso antes de tener tu edad, nunca encontré a nadie que se me pareciera. Sentía que vivía en una soledad absoluta y nunca hablaba con nadie de lo que realmente pensaba. Me refugié por completo en mi pintura. A medida que fui creciendo, poco a poco conocí a gente con la que podía intercambiar un poquito, y luego un poquito más. Y tuve esa misma sensación con vos: la de hablar el mismo idioma. Desde el primer momento supe que podíamos comunicarnos’“.Pese a su edad, Françoise no era una novata: empezó a pintar a los siete años gracias a su madre que la inició en las acuarelas. Su papá, un agrónomo de la alta burguesía, sin embargo, prefería que fuera abogada y trató de disuadirla. La revista The New Yorker explica que su idea era “compensar el hecho de tener una hija criándola como a un hijo”. Pero ella no se iba a dejar aplacar (ni por él ni, más tarde, por Picasso). Abandonó la carrera impuesta y se volcó al arte, su padre, violento, le pegó, le cortó la ayuda económica e, incluso, intentó que la internaran en un centro de salud menta. Ella abandonó la casa y se fue a vivir con su abuela. Dio clases de equitación para pagarse los estudios. Y se dedicó, directamente, a pintar. Después de ese primer encuentro siguió visitando a Picasso cada vez más seguido. Sentía que, de los dos lados, había un interés más profundo que el artístico y laboral. “No pasó mucho hasta que empezó a mostrar el otro costado de su interés por mí. [...] Picasso, noté, siempre buscaba alguna excusa para llevarme a otro cuarto donde pudiera estar a solas conmigo por unos minutos”, comentó.Le decía de mostrarle sus obras, sus esculturas, de darle tubos de pintura. Así, un día la besó, pero se sorprendió cuando ella no lo rechazó: “‘¿No te importa?’, preguntó. Dije que no, ¿por qué debería importarme? Parecía impresionado. ‘Eso es repugnante’, dijo. ‘Al menos podrías haberme apartado. De lo contrario, podría creer que puedo hacer lo que quiera con vos’“.Era ambivalente. Después le preguntaba si estaba enamorada de él y, ante la falta de certidumbre en la respuesta, frenaba cualquier avance, o cualquier intento de conquista. Por momentos, las charlas giraban en un fantaseo de vivir aislados, encerrados, sin contacto con nadie. “Sabía que todavía no era una cuestión de amor, pero sabía también que había una atracción mutua muy fuerte, una necesidad de estar juntos”, recordó ella.“A partir de ahí, se convirtió en una persona”Un día, él dio un paso más: “‘Quiero ver si tu cuerpo se corresponde con la imagen mental que me hice de él. Además, quiero ver cómo se relaciona con tu cabeza’ —le dijo—. Me quedé ahí de pie y él me desvistió. Cuando terminó, puso mi ropa en una silla [...] y empezó a estudiarme. Después de un rato dijo: ‘Sabés, es increíble hasta qué punto me había imaginado tu cuerpo’. Debí parecer un poco insegura de mí misma de pie en medio de la habitación. [...] Dijo que cualquier cosa que pasara entre nosotros, o cualquier cosa que fuera a pasar, era algo maravilloso, y que ambos debíamos sentirnos completamente libres; que lo que fuera a pasar debía pasar solo porque los dos lo queríamos”.Fue tierno, dijo Gilot. Ahí en ese cuarto, acostados en la cama, sin hacer nada: él la observaba con la mirada del artista, del admirador, del hombre que se enamoraba: “Fue muy delicado, y esa es la impresión que me queda hasta el día de hoy: su extraordinaria delicadeza”. Ella estaba feliz, lo recuerda, solo quería estar ahí con él. Sabía, o intuía, que “era el inicio de algo maravilloso”. A las pocas semanas de ese día, Picasso le confesó su amor. Ella le creyó “por completo”. Françoise reconoció que hasta ese momento, él siempre había sido el gran pintor, ese que todos conocían y admiraba. Casi una figura, algo etéreo, algo impersonal. “A partir de ahí se convirtió en una persona. Hasta entonces había despertado mi interés y atrapado mi mente. Ahora mis emociones y mis afectos estaban involucrados. Antes de ese momento no había pensado que alguna vez pudiera llegar a amarlo. Ahora sabía que no podía ser de otra manera”. Con el tiempo ella se mudó con él. Picasso le aconsejaba técnicas, lecturas, artistas. Le presentaba a sus grandes conocidos, como Henri Matisse o Gertrude Stein, entre muchísimos más. Ella, como lo hacía siempre él, se empezó a codear con los nombres más importantes del sector, a la vez que se convertía en su musa, en la cara de sus formas, de sus flores, de sus cuadros. A la vez, ejercía un control sobre ella que podía llegar a ser verbalmente violento: “‘Tendrías que usar un vestido negro largo hasta el piso’, me había dicho una tarde, ‘con un pañuelo en la cabeza para que nadie te vea la cara. De esa manera vas a pertenecerles todavía menos a los demás. Ni siquiera te van a tener con la mirada’. Él tenía la idea de que si alguien te resulta precioso, tenés que guardarlo solo para vos”. Algo así había hecho con sus mujeres anteriores, que seguían orbitando en la vida de la nueva pareja.“Moralmente no valés nada”Mientras tanto, Picasso estaba legalmente casado con Olga Khokhlova, una aristócrata rusa y exbailarina de los Ballets Russes con quien había tenido a su hijo Paulo, porque la ley francesa les impedía divorciarse, aunque en la práctica se habían separado en 1935. Después estaba Marie-Thérèse Walter, atlética y radiante, a quien había seducido en la calle cuando ella tenía 17 años y él 45. Ella y la hija de ambos, Maya, vivían en un departamento cerca del suyo, y Maar, su pareja cuando conoció a Gilot, vivía en otro, según The New Yorker.“Para gran diversión de él, las mujeres se detestaban. Picasso esperaba que Maar, una destacada fotógrafa surrealista, estuviera completamente disponible para él, así que ella se quedaba en casa todo el día, por si a él se le daba por llamar. Después de que él empezó a salir con Gilot, Maar tuvo un colapso nervioso. Cuando él fue a verla, ella lo encaró con la verdad: ‘Como artista serás extraordinario, pero moralmente no valés nada’, recupera The New Yorker.Khokhlova se había vuelto una mujer violenta, los hostigaba, los seguía a donde fueran: “Era una criatura infeliz, desafortunada, incapaz de sobrellevar la situación en la que se encontraba. Nunca vi una persona más solitaria que ella. Todos la evitaban. La gente tenía miedo de pararse a hablar con ella, sabiendo en lo que se iban a meter”, narró Françoise. Él desplegaba a esas otras mujeres frente a Gilot “como una carrera de obstáculos: la frágil y resentida Dora Maar; Marie-Thérèse, que le escribe cartas de amor a diario y, cuando se cruza con Gilot, le advierte que no ‘tome su lugar’ (Gilot le dice que no se preocupe: ‘Solo quería ocupar el que estaba vacío’). Sería una exageración decir que Gilot expresa solidaridad con sus predecesoras, pero sí siente compasión, incluso por Olga, medio enloquecida de amargura, que los embosca a ella y a Picasso durante sus vacaciones y los sigue por la calle gritando insultos”. El 15 de mayo de 1947 nació su primer hijo: “Pablo

Fuente: La Nación