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El morboso último noviazgo de Ricardo Barreda: ella lo visitaba en la cárcel, lo llevó a su casa y sufrió humillaciones
La historia de romances de Ricardo Barreda parecía haber terminado mucho antes de que conociera a Berta “Pochi” Carolina André, su última novia. Sin embargo, el odontólogo femicida, desesperado y en prisión, volvió a seducir a una inocente.En esa segunda parte de su historia aparecería una mujer que, contra toda lógica para muchos, decidió acercarse a él cuando todavía estaba preso, acompañarlo durante años, convertirse en su garante y finalmente abrirle las puertas de su propia casa. Se llamaba Berta “Pochi” André.Era docente jubilada, soltera y sin hijos. Había nacido el 19 de enero de 1937 y, antes de convertirse en la última pareja del dentista, llevaba adelante tareas de carácter solidario en cárceles bonaerenses. En una de esas visitas conoció al odontólogo condenado por el cuádruple crimen. Lo que comenzó como un acercamiento a un preso terminó convirtiéndose en una relación sentimental que atravesó los últimos años de la vida de ambos.Cuando Barreda recuperó parcialmente la libertad, fue ella quien lo recibió. Pero la convivencia que durante un tiempo pareció una improbable segunda oportunidad terminaría de una manera muy distinta: con denuncias por maltrato, informes que alertaban sobre una situación de “peligro inminente”, el regreso de Barreda a prisión y, meses después, la muerte de Berta, enferma y alejada del hombre al que había conocido detrás de las rejas. Pero antes de Berta, también estuvo presente el horror.El hombre que había matado a su familiaRicardo Alberto Barreda, nacido en La Plata el 16 de junio de 1935, se había convertido en un odontólogo respetado. Tenía consultorio, una casa familiar y una vida que, desde afuera, podía parecer convencional. Hasta aquella fatídica mañana del 15 de noviembre de 1992. Ese día asesinó en el hogar de la calle 48 a su suegra, Elena Arreche, de 86 años, con una escopeta Víctor Sarasqueta, que ella misma le había traído de regalo desde España. Después mató a su esposa, Gladys McDonald, de 57, y a sus hijas Cecilia, de 26, y Adriana, de 24. El crimen lo convirtió en uno de los asesinos más conocidos de la Argentina y terminó llevándolo a una condena a prisión perpetua en 1995.Barreda inicialmente intentó construir otra versión de los hechos, pero finalmente confesó. Durante el juicio sostuvo que había sido víctima durante años de humillaciones y maltratos por parte de las mujeres de su familia y presentó los asesinatos como una reacción frente a esa situación.Su relato produjo una enorme controversia. El debate sobre su estado mental también fue intenso. Sin embargo, dos de los tres jueces que intervinieron no aceptaron que fuera inimputable. Pasaría años en prisión. Y allí, paradójicamente, comenzaría la historia de su última relación sentimental.Otra mujer, otra víctimaBerta André realizaba visitas solidarias a personas detenidas. No llegó a la vida de Barreda como una admiradora que buscaba acercarse al hombre famoso por haber matado a su familia. Lo conoció durante una visita a la cárcel y quedó conmovida por aquel hombre que veía solo, sin visitas, retraído y detrás de sus grandes anteojos.Sabía quién era y qué había hecho. Aun así, decidió continuar visitándolo. El vínculo se fue transformando. De las conversaciones surgió una relación afectiva y, con el tiempo, Berta pasó a convertirse en la mujer que esperaba que Barreda pudiera rehacer su vida fuera de la prisión. Era una decisión difícil de comprender para quienes observaban la historia desde afuera. Él había asesinado a cuatro mujeres de su familia. Ella, en cambio, estaba convencida de que detrás del condenado había un hombre al que podía acompañar.La relación llegó a ser conocida públicamente cuando comenzó a discutirse la posibilidad de que Barreda recibiera un régimen de prisión domiciliaria. Y entonces Berta tuvo un papel fundamental. Ella sería quien lo recibiría en su casa. Así las cosas, el 23 de mayo de 2008, después de aproximadamente 13 años de prisión, Barreda abandonó la cárcel de Gorina bajo el régimen de prisión domiciliaria. Tenía por entonces 71 años. La decisión judicial tuvo en cuenta su edad y su comportamiento durante el tiempo que había permanecido preso. El destino fue el departamento de Berta, ubicado en Vidal al 2300, en el barrio porteño de Belgrano. Ella había aceptado ser su garante y poner su vivienda a disposición para que cumpliera allí el arresto domiciliario.El hombre que durante años había sido asociado con una de las mayores masacres familiares de la historia criminal argentina aparecía ahora viviendo en un edificio rodeado de vecinos que lo observaban con una mezcla de curiosidad, temor y rechazo. Algunos expresaron que no tenían miedo. Otros cuestionaban que alguien condenado por cuatro asesinatos pudiera instalarse allí.Pero dentro de la vivienda comenzaba otra historia. Barreda y Berta convivían. Durante un tiempo, incluso parecieron haber encontrado una rutina. Hubo vacaciones. Fueron a Mar del Plata. Barreda llegó a andar en moto de agua. Desde afuera, parecía que el condenado había conseguido construir una nueva vida. Pero la tranquilidad duraría menos de lo que parecía.La convivencia: insultos y un apodo denigrante Con el paso del tiempo comenzaron a aparecer señales de una convivencia conflictiva. Berta era una mujer de carácter fuerte, pero también tenía problemas de salud que se irían agravando. Barreda, por su parte, mantenía muchas de las características que habían aparecido durante el proceso judicial y que los especialistas habían observado en él. Las discusiones fueron aumentando y aparecieron los insultos. Uno de los aspectos más llamativos de aquella relación fue el apodo que Barreda utilizaba para dirigirse a Berta. La llamaba “Chochán”.Según los relatos de periodistas que compartieron momentos con la pareja, el término funcionaba como un sobrenombre despectivo relacionado con el aspecto físico y la manera de comer de Berta. Rodolfo Palacios, periodista y autor del libro Conchita, el hombre que no amaba a las mujeres (Planeta), contó años después escenas de aquella convivencia y sostuvo que había presenciado un trato por lo menos humillante.En uno de los episodios que reconstruyó, Barreda se refería a Berta con comentarios despectivos sobre su peso. También aparecía una característica constante: cuando ella intentaba intervenir en una conversación, él la interrumpía o llevaba nuevamente el centro de la charla hacia sí mismo. La relación, que desde afuera había sido presentada como una historia de amor improbable, comenzaba a mostrar otra cara.La novia de Barreda, amiga de Robledo PuchPalacios recrea en su libro un diálogo imperdible entre ambos, donde Berta revela además a quién frecuentaba entre otros asesinos:-Me hice amigos en los pabellones. Uno de mis grandes amigos es Robledo Puch. El ángel negro. Pobrecito, Robledo era como un nene abandonado. Pero conmigo fue un señorito. ¿Habrá matado a toda esa gente? Para mí que es inocente el pobre muchacho, señaló Berta.-No digas eso, no seas boluda, le replicó Barreda y siguieron discutiendo-Le escribía y él siempre me pedía que le llevara dulce de leche. Le di la dirección de mi casa y todo.-No sé que cosa tiene esta mujer que quiere ocuparse de todos los pobres y ausentes.-Vos sabés Ricardo que soy así. Yo iba a los hospitales donde nadie quería cuidar a los solitarios y enfermos. Tenía una tía que hacía eso. Una vez un muchacho murió en mis brazos. Tenía sida. Me esperó a mí para morir. Me dijo “mamita no me dejes ir”.-Bue, ahí saltó tu ego. Como si hubieras sido San Martín.En diciembre de 2014, la situación límite entre ambos llegó a los tribunales. Berta y Barreda fueron citados por los problemas que se habían producido en la convivencia. La mujer, que durante años había defendido la relación, comenzó a admitir públicamente que las cosas no estaban bien. En una entrevista publicada entonces, reconoció estar “desilusionada” y describió a Barreda como un hombre muy gruñón que se enojaba con facilidad. También admitió que la insultaba, aunque relativizó la situación diciendo que ella también respondía.En otra oportunidad, ante la prensa, Berta dejó una frase que resumía mejor que cualquier explicación la situación en la que se encontraba: “No puedo abrir la boca”. Mientras tanto, los informes del Patronato de Liberados y las evaluaciones realizadas sobre la pareja comenzaban a preocupar a la Justicia. El juez de Ejecución Penal de La Plata, Raúl Dalto, entendió que continuar con aquella convivencia podía representar un riesgo. No era una conclusión menor. Barreda había sido condenado por matar a cuatro mujeres. Ahora estaba siendo acusado de maltratar a la mujer que le había abierto la puerta de su casa y había ayudado a que saliera de prisión.El regreso a la cárcelEn diciembre de 2014, la Justicia revocó el beneficio de libertad condicional de Barreda y ordenó su regreso a prisión. El argumento fue contundente: la convivencia entre ambos había alcanzado una situación considerada peligrosa. Dalto habló de una situación de “peligro inminente” y sostuvo que no era posible mantener al odontólogo viviendo con Berta. Barreda volvió tras las rejas. Esta vez, a la Unidad Penal de Olmos. La mujer que lo había esperado y había sido su garante quedó sola en el departamento de Vidal. Y su salud ya estaba muy deteriorada.Berta padecía graves problemas neurológicos que habían ido avanzando progresivamente. Las fuentes de la época no permiten sostener con precisión que atravesara una depresión clínica, por lo que resulta más riguroso hablar de su deterioro neurológico y físico. En los últimos tiempos tuvo que abandonar su departamento para ser internada en un centro de salud de Buenos Aires. La historia de amor había terminado. Pero todavía faltaba su último capítulo. El 24 de julio de 2015, Berta “Pochi” André murió en Buenos Aires. Tenía 78 años. Había pasado sus últimos tiempos alejada de Barreda y con la salud profundamente deteriorada.La noticia produjo una paradoja. La mujer que había ayudado a Barr
Fuente: La Nación