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São Paulo, los imprescindibles de la metrópoli más grande de Sudamérica
Desde el piso 41 del Edificio Italia parece que São Paulo, la ciudad más grande de América Latina, no terminara. El mar de construcciones tapa el horizonte. Los números la acompañan y la desbordan: millones de habitantes, miles de edificios, una región metropolitana inmensa, más de 200 nacionalidades y una vida urbana que parece no apagarse. Pero la ciudad no se agota en la escala. En sus calles también aparecen una identidad brasileña en movimiento, la memoria de las inmigraciones, la fuerza del modernismo, la cultura afro, la comunidad nikkei, la gastronomía, el diseño, los cafés de especialidad y una naturaleza tropical que se abre paso entre veredas, canteros, terrazas y fachadas.Más que una ciudad para “ver completa”, São Paulo es una ciudad para elegir. La frase de una turista bahiana, dicha al pie del Copan, funciona como síntesis y advertencia: “São Paulo nunca da tempo”.Avenida PaulistaLa Avenida Paulista parece una galería de edificios que podrían haber formado parte de aquellas exposiciones universales de París, aunque estos son posteriores, de los años 50 y 70 del siglo pasado, cuando se consolidó la escuela paulista de arquitectura con João Batista Vilanova Artigas y Paulo Mendes da Rocha en el timón. A diferencia de la escuela carioca de Oscar Niemeyer, que ponderaba la curva, la escuela paulista amaba los ángulos rectos, el hormigón armado y la audacia de la estructura suspendida en el aire, como el MASP.Pero la Paulista se fundó bastante antes del modernismo y fue la primera avenida asfaltada de la ciudad. A fines de 1800 y en las primeras décadas de 1900, había caserones edificados por los barones del café llegados del interior con ánimo de hacer notar su presencia en la gran ciudad. Eran los años dorados del cultivo que motorizó la industrialización y modernización de São Paulo.En el número 1919 resiste la casa del coronel Joaquim Franco de Mello, conocido como el coronel del café. De estilo ecléctico, tiene una cúpula de tejas de cobre que hoy contrasta con el edificio espejado de atrás. La propiedad está tombada, en portugués: protegida, y se supone que se convertirá en la nueva sede del Museo de Diversidad Sexual, que actualmente está en el centro, a la vuelta del Copan. Por ahora resiste abandonada y sueña con la restauración.Los domingos, entre las 9 y las 16, la Paulista permanece cerrada al tránsito y se convierte en una pasarela para correr, andar en bici o pasear. Hay shows de música, skaters, cosplayers y vecinos que vienen a disfrutar, como Paula Canavesi, que se asolea frente a unas cabinas de teléfonos públicos de los años 70 mientras espera a unos primos del interior que vienen a pasar el día. A esas cabinas las llaman orelhões, orejones, y si bien existe un plan para sacarlas, todavía hay más de 20.000 en la ciudad.La Casa de las Rosas es otra de las pocas casas que sigue en pie. No perteneció a un barón del café sino a Ramos de Azevedo, el arquitecto que diseñó el Teatro Municipal y la Pinacoteca de la Praça da Luz, la plaza más antigua de la ciudad. Se puede visitar y, desde el balcón de arriba, es posible ver el mural de Niemeyer pintado por Kobra, uno de los grandes artistas urbanos de Brasil, que lo regaló a la ciudad poco después de la muerte del arquitecto, en 2012. Hace un par de meses terminó la restauración que reavivó los colores. Ganador del premio Pritzker de Arquitectura, Niemeyer mira la ciudad, serio, atento, como si analizara el rumbo.La Casa de las Rosas tiene un jardín que lleva a la calle de atrás. Es una caminata corta y preciosa, entre plantas, un café al fresco y el edificio Parque Cultural Paulista.Más allá de los bancos, empresas del sector financiero y el shopping Cidade São Paulo, en la Avenida Paulista predomina un fluir cultural constante. Están el MASP, Japan House, el Instituto Moreira Salles, Itaú Cultural y varios centros culturales que la convierten en uno de los ejes más activos de la ciudad.A esa lista se suma el SESC de Avenida Paulista, pero sobre todo el SESC como concepto. La sigla responde a Serviço Social do Comércio y funciona como una especie de club financiado por distintos sectores privados, donde el usuario –todos− puede encontrar desde gimnasio y talleres hasta biblioteca y un comedor baratísimo que aprovecha gran parte de los cerca de cien mil estudiantes de la Universidad de São Paulo.En el piso 17 del SESC Paulista hay un mirador gratuito que por estos días está en reparaciones, pero pronto estará nuevamente habilitado. En la ciudad y el interior del estado hay 43 unidades SESC. El SESC Pompeia, en el barrio homónimo, fue diseñado por Lina Bo Bardi −la misma arquitecta del MASP y de la Casa de Vidro− y es una clase magistral de arquitectura brutalista.Parque IbirapueraA principios del siglo pasado, la zona era pantanosa. A pesar de esas características, el alcalde del momento decidió que ahí habría un parque arbolado, en medio de la ciudad, como el Central Park o el Bois de Boulogne. Delimitaron 158 hectáreas y plantaron eucaliptus para secar el terreno. Algunas décadas después, la idea cambió: ya no sería solo naturaleza, también un parque cultural. Contrataron a Oscar Niemeyer para que se encargara del conjunto arquitectónico dentro del parque, que se inauguraría en 1954 para el 400 aniversario de la fundación de la ciudad.Pasaron 72 años y los edificios de Niemeyer, a la vez simples y monumentales, siguen en pie como joyas modernistas entre palos borrachos, lapachos, seringueiras, araucarias y palmeras. Llaman la atención el Auditorio, con la lengua colorada que agregó la escultora japo-brasileña Tomie Ohtake; la construcción circular Oca y el pabellón de la Bienal de São Paulo, que va por su 36º edición.El Museo Afro Brasil es uno de los edificios principales, cerca del Pavilhão Japonês, del lago y de la zona donde alquilan bicicletas para recorrerlo. El museo, fundado por el artista bahiano y coleccionista Emanoel Araújo, está dedicado al universo cultural de los negros, con obras de artistas afro y una mirada indispensable sobre la historia brasileña.Los días de semana se cruzan runners que llegan temprano: el parque abre a las 5 de la mañana y cierra a medianoche. Un cambio importante fue la privatización después de la pandemia. Los ciudadanos se quejan de que se está convirtiendo en un “shopping a cielo abierto” y hay polémica, pero también una ventaja: se reforzó la seguridad. Sigue siendo gratuito, por ahora. Los fines de semana recibe más de 100.000 visitantes diarios, principalmente ciudadanos del ABC paulista, el cinturón urbano que rodea a la ciudad.Frente al parque está el Monumento a las Bandeiras, homenaje a los bandeirantes, los exploradores que se internaban en las profundidades del territorio brasileño, en este caso empujando una canoa con esfuerzo. Con sus líneas geométricas de art déco, también se inscribe en el modernismo brasileño.São Paulo no tiene tantos parques como su tamaño haría imaginar, pero constantemente surgen trazos del país tropical: el Parque Trianon, una plaza que se podría llamar selva, en plena Avenida Paulista; un ipê (lapacho) rosa en flor frente a la sede de Itaú Cultural; orquídeas y potus variegados extra large abrazados a los troncos de los árboles; ficus descomunales; costillas de Adán que parecen monumentos. Es cierto que São Paulo es una jungla de concreto, pero también un entramado de raíces, árboles y plantas que laten y se expresan donde encuentran un parche de tierra. Y Burle Marx lo hubiera adorado.ModernismoEn una sala de la Pinacoteca, frente a Antropofagia, la magnífica obra de Tarsila do Amaral que fusiona sus obras Abaporu −que está en el Malba de Buenos Aires− y La Negra, que se puede ver en el MAC, un guía explica el cuadro a un grupo de estudiantes: “Antropofagia fue también el movimiento que crearon Tarsila y su marido, el poeta y escritor Oswald de Andrade, y consistía en devorar las influencias de las vanguardias que llegaban de Europa, tragarlas y misturarlas con las raíces indígenas y negras para concebir un arte verdaderamente brasileño”.Algo así como tomar lo del exterior para asentarse en el interior. La Semana del Arte Moderno, que se celebró en 1922 en el Teatro Municipal, fue el comienzo del modernismo en Brasil, que resonó en la pintura y en las letras −Macunaíma, de Mário de Andrade, fue la obra insignia del movimiento− y, con una fuerza brutal, en la arquitectura.El modernismo duró 40 años y delineó la identidad visual de São Paulo y de Brasil. La obra cumbre fue, por supuesto, Brasilia. Arquitectos como Oscar Niemeyer, Lúcio Costa, Paulo Mendes da Rocha y Lina Bo Bardi, entre otros, tomaron el racionalismo de Le Corbusier y lo adaptaron a la naturaleza tropical brasileña. Dejaron de copiar los palacios europeos y trabajaron con estructuras y elementos nuevos, como el brise-soleil del edificio Copan o los cobogós, ladrillos huecos, para domar el sol y crear sombra.Nacieron el Conjunto Nacional de la Avenida Paulista; el MASP, a cuya inauguración, en 1968, vino la reina de Inglaterra; el Edificio Itália; el Copan; la Galeria Metrópole, hoy un reducto de tiendas indies y creativas, librerías y restaurantes que vale visitar en el centro nuevo; y el barrio Higienópolis, que concentra edificios residenciales modernos −Louveira, Lausanne, Bretagne, Prudência− que, a diferencia del purismo de cemento, incorporan el color, los azulejos y cierto tono festivo.Copan y Nuevo CentroEl Copan, documental de Carina Wallauer, vuelve sobre uno de los edificios más famosos de la ciudad, en la Avenida Ipiranga 200, a metros de la Praça da República. Lo llaman ciudad vertical: 38 pisos, 1.061 departamentos y 5.000 personas en unidades que van de los 50 m2 a los 400 m2. Una reunión de consorcio bastaría para resumir la heterogeneidad de la población paulista. Ascensores: 20. Cocheras: 220. Personal de mantenimiento: 104. Tan inmenso que tiene código postal propio: CEP 01046-925.Desde abajo parece una ola altísima −115 metros− que se recorta sobre el cielo. Los pasillos son
Fuente: La Nación