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Aislada del mundo: la única mujer capitana del Beagle tiene el restaurante más austral del país
USHUAIA.― Llegar hasta Puerto Almanza, ubicado a 70 kilómetros al este de la ciudad más austral de nuestro país, se vuelve por momentos imposible. Durante el invierno, hay días en que el camino de tierra se cubre de nieve y —lo que es peor— se congela. Es el único pueblo trasandino de la Argentina y tiene alrededor de 100 habitantes. Aún más lejos, en Punta Paraná, tiene su casa y su restaurante Diana Méndez, la única capitana de barco del Canal Beagle. Con apenas una mesa para seis elegidos y una vista íntima al fin del mundo, Alma Yagan es considerado el local gastronómico más remoto del país.“No existe la soledad, jamás me siento sola”, dice Méndez, rodeada de un espeso bosque húmedo, con nieve y hielo, a orillas del mar. Construyó su casa en 2020 con material reciclado: madera, chapas, piedras, vidrios y artes de pesca. No tiene ningún servicio argentino; el agua la obtiene de un manantial; la calefacción es por leña; la electricidad la provee un generador y la internet llega del pueblo chileno Puerto Williams, ubicado enfrente, en la isla Navarino. Entre su casa y este poblado hay apenas seis kilómetros, la extensión del gélido Canal Beagle.“A veces se acercan a saludarnos”, dice Méndez. En Puerto Almanza no hay Migraciones; por lo tanto, es ilegal que los vecinos insulares chilenos desembarquen. “Pero tenemos muy buena relación”, advierte Méndez. En la soledad extrema, la humanidad busca la unión, por lo menos por radio o por WhatsApp. Su restaurante fue bautizado Alma Yagan porque, mientras lo construía, se encontró con piedras usadas por los yaganes, los antiguos habitantes de esta costa, un pueblo de navegantes australes que se trasladaba por el mar en embarcaciones donde siempre había una fogata encendida.Si llegar a Puerto Almanza en invierno es una tarea solo posible conociendo bien el camino y las artes del manejo con cubiertas con clavos o cadenas en un escenario congelado, ir hasta Punta Paraná puede ser considerado una aventura extrema, pero también una inolvidable. Dejando atrás el pueblo, se cruza un puente endeble con estructura de hierro y tirantes de madera que parecen quejarse a medida que el auto avanza. Por debajo pasa el río Almanza, agua de deshielo cristalina que desemboca en el Canal Beagle. El camino está congelado. A un costado se ven los viejos cañones que apuntan a Puerto Williams, resabios del conflicto limítrofe que estuvo a punto de llevar a la guerra a ambos países en 1978.El camino se va elevando. Las ramas de las lengas, inclinadas por el viento antártico, suplican deshacerse del peso de la nieve y el hielo. La Tierra del Fuego se muestra al desnudo. Cuando la esperanza parece terminar, un cartel al costado del camino avisa la presencia de Alma Yagan. Pero para llegar aún falta bajar una ladera de 100 metros por un sendero que se intuye por pequeñas señales que Diana deja en la huella: frases en los troncos y platos blancos que contrastan sobre la oscura tierra fueguina. Al final del camino, se oyen las pesadas olas del mar donde ningún hombre podría sobrevivir más de 5 minutos si tuviera la desgracia de caerse, y donde, en el siglo XIX, navegó Charles Darwin. Allí, recostada a orillas del mar, florece en perfecta intimidad la casita de Diana. “Mi cocina es muy simple, casi no intervengo el producto, pesco de manera artesanal desde hace muchos años”, dice Méndez. Tiene su propio muelle y una lancha que se mueve pendularmente sobre el agua. Los bosques subacuáticos de algas hacen que el mar se vuelva denso y verduzco. “Esta tierra tiene mucho poder, también sabiduría”, sostiene.El viento moldea los árboles y el mar, pero en el interior de la casa todo es calidez. El ambiente es pequeño y la cocina está a la distancia de un brazo de la mesa principal, que es la única y tiene vista directa al canal. Los comensales salen primero a navegar para buscar la centolla, las cholgas y los mejillones. El menú lo pueden completar el róbalo, salmón salvaje y las sardinas. “Si vemos un cardumen, tenemos que llegar antes que las ballenas”, dice Diana. Son un manjar para ellas.Diana nació en Corrientes. “Quería un lugar donde pudiera abrir la ventana y ver nieve”, cuenta. Así fue que en 1995, con 23 años, salió de Curuzú Cuatiá con una mochila y llegó en mayo a Río Grande. La recibió una nevada histórica que congeló la ruta 3 y el aeropuerto, dejando aislados los poblados isleños. La temperatura bajó a -25 grados bajo cero. Recién en diciembre se habilitó la ruta y conoció Ushuaia. “Supe que ese era el lugar”, dice.“Le dije al capitán que no iba a irme, que iba a quedarme a aprender”, recuerda. Comenzó a navegar como marinera comercial en 2007. Pasó todas las pruebas y, sobre todo, venció muchos prejuicios. El mundo naval es un mundo masculino. La tradición del mar asegura que las mujeres traen mala suerte. Méndez se formó y, finalmente, en 2010, obtuvo el rango de capitana de la marina mercante, siendo la primera mujer en conseguirlo en las peligrosas aguas del Beagle.“Siempre fui rebelde”, dice Méndez. Dejó la navegación activa en 2014 y se mudó a Puerto Almanza para crear “Puerto Pirata”, un restaurante icónico del pueblo, junto a su expareja y su hijo, Lucas Carrera, quien hoy está a cargo del lugar. En 2020 se separó y se fue a vivir sola a Punta Paraná. Desde entonces tiene Alma Yagan. Este restaurante se ha convertido en un lugar regido por el misterio y el culto. Chefs de renombre nacional e internacional la visitan. “Es mágico el viaje hasta ahí. Bajar el barraco, embarrarte, esquivar ramas. Es un sueño llegar”, dice Emiliano Yulita, chef ejecutivo del restaurante El Mercado Faena, quien cocinó con Méndez el pasado 8 de agosto en una cena a beneficio en el Hotel del Glaciar, un proyecto que busca unir el país a través de los productos locales y sus cocineros. “Tiene una vista única, indescriptible. Diana te espera con un plato de sopa, un paté y pan de masa madre. En su comida hay mucho corazón —confiesa Yulita—. Sobre todo, te hace entender la geografía de nuestro país. Otra que hizo el viaje fue Hélène Darroze, chef francesa con tres restaurantes y seis estrellas Michelin. La trajo Mai10, una agencia de viajes de lujo que diseña sus recorridos a gusto y medida del viajero. “Descubrir cómo es la vida en un lugar tan aislado como aquel donde vive Diana, comprender la vida que ella misma se ha construido y, sobre todo, permitir que mis hijas vivieran esta experiencia y pudieran apreciar el contraste con sus vidas en París fue algo excepcional: una verdadera lección de vida”, confiesa Darroze.“El almuerzo con Diana Méndez en el Fin del Mundo fue un ejemplo perfecto: una gran chef descubriendo a través de otra mujer no solo una cocina, sino una cultura, un territorio y una manera de vivir”, afirma Barrenechea, fundadora de “La Promesa Argentina”, un movimiento cultural que busca transformar la forma en la que viajamos por el país con un lema central: uno solo cuida lo que ama, y solo ama lo que conoce.La cocina es una de las maneras que tiene Diana para expresarse. Tiene otras. A un costado del restaurante construyó un pequeño templo unipersonal donde practica Theta Healing, una técnica de meditación y sanación energética. Actualmente, ella vive con su pareja, pero reconoce que es una mujer solitaria. “La verdadera felicidad está en nosotros mismos”, dice. Sobre su cocina, es enfática: “Con las manos y el corazón, un producto se puede transformar en alimento. Ese es mi menú”.
Fuente: La Nación