Cuando casi nada florece: las nativas que desafían el invierno y llenan el jardín de mariposas y picaflores

Cuando llega el invierno, muchos jardines parecen quedarse en pausa. Las floraciones disminuyen, los insectos escasean y el paisaje pierde brillo. Sin embargo, algunas plantas nativas tienen la capacidad de desafiar las bajas temperaturas y continuar ofreciendo flores, alimento y refugio justamente en una de las épocas más difíciles del año para la fauna.Esas floraciones tardías cumplen una función ecológica clave: proveen néctar para los últimos polinizadores de la temporada, sostienen poblaciones de insectos beneficiosos y ayudan a que aves como los picaflores encuentren recursos cuando la oferta floral disminuye.Además, muchas son especies de bajo mantenimiento, adaptadas a nuestro clima y capaces de prosperar con pocos cuidados.Arbustos y herbáceas de inviernoEntre las especies que más llaman la atención en esta época se encuentra Cnicothamnus lorentzii, un arbusto perenne que despliega grandes flores anaranjadas desde el otoño hasta buena parte del invierno. Su intensa floración aporta color cuando la mayoría de las plantas ya entró en reposo y constituye una importante fuente de alimento para numerosos insectos.Las herbáceas nativas también tienen mucho para ofrecer durante los meses fríos. Ipheion uniflorum, conocida por sus delicadas flores blancas en forma de estrella, resulta ideal para borduras, canteros y jardineras. Aunque de apariencia frágil, soporta muy bien las bajas temperaturas y sus flores atraen insectos polinizadores que, a su vez, sirven de alimento para aves insectívoras.Para quienes buscan especies de bajo mantenimiento, Gomphrena perennis es otra excelente opción. Sus inflorescencias de tonos ocres permanecen durante los meses fríos y son muy atractivas para las mariposas. Su rusticidad la convierte en una candidata ideal para praderas, bordes de caminos y jardines de estilo naturalista.También Paspalum haumanii, una gramínea perenne de inflorescencias rojizas, suma movimiento, textura y estructura al jardín durante gran parte del año, además de integrarse muy bien en diseños contemporáneos.Pequeñas joyas poco conocidasAlgunas especies todavía son poco frecuentes en los viveros, aunque poseen un enorme valor ornamental. Es el caso de Mimosa rocae, una planta rastrera que en la naturaleza cubre las rocas formando verdaderas alfombras vegetales. Durante su floración produce una profusión de pequeñas flores amarillas similares a las de los aromos y también puede cultivarse en macetas.Otra rareza es Plantago bismarckii, un llantén plateado endémico del sistema serrano de Ventania, en la provincia de Buenos Aires. Su atractivo reside tanto en el follaje como en su adaptación a condiciones extremas, lo que lo convierte en una especie de gran interés para jardines de inspiración natural.Un árbol para los picafloresEntre los árboles, uno de los más llamativos es Ceiba chodatii, el palo borracho de flores blancas. Además de su característico tronco ensanchado, produce flores que resultan especialmente atractivas para picaflores, mariposas y numerosos insectos. Esa combinación de valor ornamental y aporte a la biodiversidad explica por qué cada vez aparece con mayor frecuencia en proyectos de paisajismo.Mucho más que floresAlgunas plantas sostienen relaciones muy específicas con la fauna. Pavonia sepium, por ejemplo, alberga de manera exclusiva a la chinche tricolor, un insecto que luego forma parte de la dieta de distintas aves. Del mismo modo, las flores de Ipheion uniflorum atraen insectos polinizadores que alimentan a aves insectívoras, mientras que las semillas son consumidas por especies granívoras.Un jardín vivo en inviernoDurante años, el invierno fue considerado una estación sin demasiado interés para la jardinería, pero hoy esa mirada cambió. Los jardines más atractivos ya no se diseñan pensando únicamente en la primavera, sino en ofrecer interés durante los 12 meses del año.Incorporar plantas nativas que florecen cuando casi todo lo demás descansa es doblemente beneficioso: por un lado prolonga el color del jardín y, por otro, ayuda a sostener la biodiversidad y a crear espacios más resilientes, donde mariposas, abejas y picaflores siguen encontrando alimento incluso cuando el frío parece haber puesto en pausa la naturaleza.

Fuente: La Nación