Borges después de Borges: el infinito, el azar y una foto histórica, tomada por casualidad

A cuatro décadas de su muerte, Jorge Luis Borges sigue apareciendo en los lugares más inesperados: en las preguntas que la física formula sobre la naturaleza, en las matemáticas que intentan medir el infinito o en las teorías que trazan universos que se bifurcan. También, en fotografías que insinúan nuevas revelaciones. Como la que acaba de compartir en exclusiva con LA NACION el físico, escritor y músico argentino Alberto Rojo, que podría ser la imagen del día en que Estela Canto le pidió permiso a Borges para vender el manuscrito de “El Aleph” que le había regalado.Abandonar un libro ya no da vergüenzaLa charla con Rojo (San Miguel de Tucumán, 1960) sucede a raíz de su visita a la ciudad para participar del encuentro organizado este sábado por el Planetario Galileo Galilei, de 18 a 20, en el Centro Cultural 25 de Mayo de Villa Urquiza (Triunvirato 4444), en el mes de su cumpleaños. El científico argentino —catedrático en el departamento de física de la Universidad de Oakland, Michigan— disertará sobre “El infinito y el azar”, junto a Gastón Giribet, doctor en Física y en Filosofía, investigador, escritor y divulgador científico (“Borges y la cuarta dimensión del espacio”), Guillermo Martínez, escritor y doctor en Lógica Matemática, autor del ensayo Borges y la matemática y la escritora Silvia Hopenhayn (“Tiempo de Borges -o cómo y por qué leerlo”). La entrada es libre y gratuita.Durante la entrevista a raíz de su conferencia, salieron a la luz los detalles del día en que conoció al autor argentino, hecho referido en su libro Borges y la física cuántica (Siglo XXI Editores). Pero en la conversación con LA NACION compartió aspectos no incluidos en ese volumen: las fotos que lo retratan como testigo inesperado del que pudo ser el último encuentro entre el autor argentino y su musa.El amor, el tiempo, el olvido El 9 de julio de 1985 es la fecha de esta duda crucial compartida. Es cuando Rojo conoció a Borges. “Era el día después de mi casamiento, antes de partir a nuestra luna de miel. Mi mujer y yo fuimos a saludar a mis padres que se alojaban en el hotel Dorá, en la calle Maipú. Las mesas estaban vacías, salvo una, y ahí estaba Borges, sentado junto Estela Canto, con quien hablaba por momentos en inglés y por momentos en castellano. Llevaba un traje oscuro, una corbata prolija”, recuerda. Su padre lo convenció de acercarse. Borges accedió a conversar y comenzó una charla en la que participaron, además del autor y Canto, los padres de Rojo, su flamante esposa, su hermana, su cuñado. Al término del encuentro, Borges accedió a posar para la cámara. De manera casual, la hermana de Rojo llevaba su Canon, que tenía consigo porque el día anterior había tomado fotos en la boda.Una ya forma parte de la historia e integró la muestra reciente Infinita veneración, infinita lástima: 80 años de El Aleph, en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se trata de la imagen en la que se ve a Borges de pie junto a Estela Canto, tomada de su brazo. Fue registrada por el mismo Rojo ese día. Pero hay otra que acaba de sacar a la luz el científico de su archivo, y es la que comparte en esta nota y hace pensar en que fue el mismo día en que Canto le pidió a Borges autorización para vender el famoso manuscrito, dedicado a ella, y que más tarde el autor le regaló.Rojo explica las razones que conducen a esa posibilidad: en una conversación que mantuvo con la autora María Esther Vázquez, biógrafa de Borges, ésta le compartió una infidencia que el poeta le reveló sobre Estela Canto: el día en que formuló su pedido atroz (“si fuera un caballero, iría al cuarto de caballeros y se oiría un disparo”, se le atribuye a Borges que le contestó), su musa ordenó una botella de vino blanco, que tomó completa ella sola, pues el autor sólo tomó agua.Tiempo después, repasando las fotografías que la hermana de Rojo tomó en aquella sobremesa de 1985 —un año antes de la muerte del escritor—, vieron una botella de vino blanco vacía, que el mozo no había retirado cuando dejó el servicio de té.El manuscrito fue vendido ese mismo año por 19.000 libras. Lo compró el ministerio de Cultura de España en una subasta pública de Sotheby’s en Londres.Un escritor que llegó a los laboratoriosEntre sus muchas excepcionalidades, Borges ostenta un rasgo que quizás ningún otro escritor alcanzó, el de ser “el poeta más citado por los científicos”, cuenta Rojo, doctor en Física por el Instituto Balseiro, investigador posdoctoral en la Universidad de Chicago, que fue profesor de la Universidad de Michigan. La biblioteca de esa ciudad, cuenta, tiene más de quinientos libros sobre Borges.Es, además, “el caso más llamativo de anticipo literario de una idea científica”. En “El jardín de senderos que se bifurcan” (1942) , Borges anticipa una hipótesis vinculada con la física cuántica: la posibilidad de que el universo se bifurque en múltiples realidades. Esa concepción, conocida como Interpretación de los Muchos Mundos, fue formulada por el físico Hugh Everett en 1957. Pero, como lo revela el cuento, Borges imaginó antes esos universos paralelos que se multiplican.Rojo, quien tiene publicaciones en coautoría junto con al premio Nobel Anthony Leggett, lleva décadas explorando el punto de contacto entre ciencia, literatura y música. Para el físico, la separación tajante entre ciencia y arte es una construcción cultural más que una realidad intelectual.“Suele decirse que son dos divinidades contrarias —la ciencia y el arte— cuando en realidad coexisten”, afirma. “Hay desde el Renacimiento para acá una idea de que una sirve a las emociones y otra a la razón, pero hay un territorio común importante que a veces es ignorado: la estética que existe en la ciencia y el rigor que hay en el arte.”En la física, sostiene, la búsqueda no siempre avanza sólo a partir de la explicación de un fenómeno. También intervienen criterios como la simetría, la simplicidad y la elegancia. “La búsqueda de la belleza es la búsqueda de la verdad”, dice. “Y por un motivo extraño aquello que nos resulta bello y elegante y sofisticado termina siendo verdadero”.Borges no trataba a la ciencia como un territorio vedado para la literatura. En “El rigor de la ciencia”, recuerda, incluso se mofó de ella. Esa libertad intelectual le permitía aproximarse a problemas que también ocupaban a matemáticos y físicos: el infinito, el tiempo, las paradojas de la lógica.En “El Aleph”, un punto contiene todos los puntos. En “La biblioteca de Babel”, una biblioteca infinita contiene todas las combinaciones posibles de libros. En “El jardín de senderos que se bifurcan”, el tiempo deja de ser una única línea y se convierte en una estructura de posibilidades. En “El jardín de senderos …” hay una resonancia todavía más perturbadora. “Hay anticipación casi literal” de una interpretación de la física cuántica según la cual, en cada proceso de medición de un fenómeno cuántico, el universo puede ramificarse en tantas copias como alternativas existen”, explica.Rojo no dice que Borges haya previsto la física cuántica. Dice algo más interesante, y es que desde la literatura formuló imágenes capaces de dialogar con teorías desarrolladas después.“Es un poeta tan profundo que en algunos casos llega a soluciones y formulaciones que a los científicos nos resulta muy útil. Porque la poesía es el intento de expresar lo inexpresable”. El ejemplo que propone es el Big Bang, un comienzo que plantea una pregunta casi imposible de formular en términos cotidianos. “El Big Bang es un momento que no tiene antes. ¿Cómo pensamos un instante sin un antes? Necesitamos un poeta”, responde Rojo. Pero en el caso de Borges, una de las formas más persistentes de su presencia contemporánea son las palabras con las que construyó los laberintos para los que la ciencia todavía está buscando la salida.

Fuente: La Nación