¿Qué le dirías a tu yo de veintipico que estaba esperando el avión en Ezeiza? “Que tenga paciencia, que las cosas a veces no salen como uno las planea, pero que se terminan dando, que tenga confianza en él mismo y sus decisiones”, confiesa al otro lado del océano, en Bélgica, Jorge Jaef, ingeniero agrónomo y rugbier, que desde hace 5 años trabaja para una empresa naviera alemana en la parte logística. Alguna vez leí la frase “estar preparados para lo peor, esperando lo mejor”. Creo por ahí va un poco la línea de esta historia en la que, “lo peor” no es algo decididamente malo sino el cambio de planes, a los que hay que aggiornarse y animarse.
Jaef nació en Rosario, jugó al rugby en el club Old Resian, estudió Agronomía, trabajó un año en Basf -en el área de investigación y desarrollo de protección de cultivos- y a sus 25 años decidió irse a jugar afuera, nada más ni nada menos que a la tierra de los “All Blacks”, el poderoso seleccionado de rugby neozelandés.
Su historia fuera del país comienza en Nueva Zelanda en donde, a los pocos meses de haber llegado, se disparó la pandemia por el Covid. “Como había varios agricultores y productores me dieron una mano para conseguir trabajo en un criadero avícola con 11 galpones de pollos”, contó.
A finales de 2020 se fue para Alemania y allí, después de algunos tropiezos para conseguir trabajos vinculados al campo -porque el 95% pedía hablar alemán fluido- consiguió un puesto en una naviera de ese país, en el que aún hoy continúa. Pero ojo, no abandonó su pasión por las plantas, porque en 2021 comenzó una maestría en mejoramiento vegetal en la emblemática Universidad de Wageningen, ubicada en Países Bajos, de la que se graduó 4 años después. Desde febrero de 2025 vive en Bruselas, y en estas líneas contamos parte de su camino.
-¿Dónde naciste y te criaste? ¿Tenías ya vínculo con el campo y la ruralidad?
-Me crié en Rosario, con poco y nada de vínculo con el campo. Algo por parte de la familia de mi mamá, pero no muy directo.
-¿Por qué elegiste agronomía? ¿Qué querías ser o hacer?
-En la escuela me gustaba la biología, también economía y matemática, y de ahí salía que podría haber sido ingeniero industrial. Pero después primó el vínculo con la naturaleza, los animales y las plantas, y ganó agronomía.
-Hablemos de rugby porque tuvo bastante que ver con tu salida al mundo. ¿Qué es el deporte en tu vida?
-Yo juego desde que tengo cinco años, en Old Resian, un club que surge de la asociación de ex alumnos del Colegio San Bartolomé, al que yo fui. Jugué en varias posiciones pero terminé de centro.
-¿Cómo llega la oportunidad de irte afuera?
-Cuando tenía 18 años me había ido a jugar a Irlanda por tres meses y me había encantado la experiencia. Pero por lesiones, y porque me había enganchado mucho con la carrera, el rugby quedó en segundo plano en la etapa universitaria. Cuando me recibí, en febrero de 2019, me dieron ganas de irme afuera de nuevo, quizás para estudiar una maestría o por el lado del deporte. Y al final me fui a jugar al rugby a Inglewood, una localidad que está en la región de Taranaki, en la isla norte de Nueva Zelanda.
-¿Te acordás de ese día que estabas en el aeropuerto para emprender ese viaje? ¿Qué sensaciones se te cruzaban por la cabeza? ¿Miedos? ¿Incertidumbre? ¿Entusiasmo?
-Desde que decidí irme hasta que realmente me fui, pasó casi un año, entonces lo pude ir procesando. Ese vuelo a Nueva Zelanda lo hice con un amigo, y cuando estábamos por despegar me emocioné, me conmoví. No me ponía mal irme pero sí me daba un poco de tristeza no saber cuándo iba a volver.
-¿Y la agronomía?
-Cuando me fui lo hice pensando en el rugby, tenía 25 años, estaba a full, y entre los países para ir me entusiasmó Nueva Zelanda porque era el mejor lugar para ir a jugar rugby amateur y también porque está muy vinculado con el campo. La idea era jugar, pero también ver qué pasaba si podía hacer algo en lo rural.
-¿Te acordás algo de cuando llegaste? ¿Te esperaba alguien? ¿Dónde caíste?
-En el 2019 había sido el mundial juvenil M-20 en Rosario, y yo había estado como enlace o intermediario del equipo de Nueva Zelanda, los “Baby Blacks”. Entonces generé el contacto para después. Pero cuando llegué no había ningún conocido, y hubo cosas que pensé iban a ser de una manera y fueron de otra. Pero bueno, es un poco a lo que vas, a lo desconocido.
-¿Cómo te cambió los planes la pandemia?
-Yo llegué para mitad de enero, hicimos pretemporada, amistosos y empezó el torneo. Jugamos un partido y se paró todo. Si bien en Nueva Zelanda se habían cerrado las actividades deportivas, los bares, esos lugares públicos, no estábamos encerrados como en Argentina. Se suspendió el rugby por dos meses, pero seguía entrenando. Luego retomó y pude volver a jugar.
-No quiero dejar de preguntarte por el rugby y Nueva Zelanda, ¿es parecido el entrenamiento, las tácticas, el equipo?
-Creo que en Nueva Zelanda, en el ámbito amateur que fue donde jugué, lo viven como un espacio de ocio, recreativo. En Argentina hacemos más hincapié en el sacrificio y todo eso, y se pierde eso de que es amateur y para divertirse.
-Después vino tu etapa en Alemania. ¿Cómo fue esa época? ¿Qué hacías ahí?
-Estando en Nueva Zelanda me mantuve algo vinculado con el campo porque cuando llegué al club dije que era agrónomo y me vincularon con otra gente del club que hacía producción avícola y pude hacer unas changas. Y cuando fui a Alemania intenté buscar trabajo de mi profesión, pero el tema es que en 9 de cada 10 trabajos te pedían alemán excluyente. Y en los trabajos donde el alemán no era excluyente había muchísima competencia.
-¿Y entonces?
-Me vinculé con el rugby otra vez, pensando en lo social. Y la novia de uno de los chicos estaba buscando alguien para trabajar en una naviera y gracias a eso conseguí trabajo en logística y comercio.
-Después de eso te anotaste en una maestría, en la famosa universidad de Wageningen, de Países Bajos, y comenzó otra etapa…
-Yo tenía ganas de estudiar todavía. A pesar de estar ya trabajando en la naviera, no quería dejar de capacitarme en el campo. Entonces pensé en hacer una maestría, busqué la mejor universidad en temas agronómicos de Europa, y surgió Wageningen. Encontré un programa que me encantó, en ciencias de mejoramiento vegetal. La modalidad era on-line los primeros dos años, entonces pude seguir viviendo en Alemania. Iba periódicamente, para exámenes y algunas clases en particular. La terminé en 2025.
-¿Qué hacés hoy en Bélgica?
-Para terminarla estuve viviendo un año en Holanda. Pero a mi novia le ofrecieron un trabajo en Bélgica y nos vinimos para Bruselas. Yo siempre seguí trabajando para la naviera salvo unos meses que me tomé de licencia para hacer las prácticas de la maestría en una empresa de mejoramiento de quinoa.
-¡Qué raid! ¿Cuánto tiempo estuviste en cada lugar?
-Un año en Nueva Zelanda, tres años en Alemania, un año en Holanda, 5 meses en Gran Canaria para las prácticas de la maestría, y ya más de un año en Bélgica.
AgroExportados: Sofía Bengoa cuenta las vicisitudes de una investigadora argentina en una de las universidades más importantes del mundo para el agro
-¿Volverías a laburar en el campo?
-La vida te va llevando. A mí me gusta mucho la parte de genética y mejoramiento vegetal, y siempre estoy al tanto de lo que va pasando. Y volvería si es por algo que realmente me seduzca. No volvería por volver, porque en la empresa naviera estoy bien.
-¿Qué extrañás de tu vida en Argentina?
-La familia, los amigos. Lo social, el club. El día a día. En Argentina se vive mucho en sociedad.
-¿Pudieron hacer grupo o comunidad en Bélgica?
-Si, fuimos conociendo gente. Mi idea al principio era intentar que no sean argentinos, para enriquecernos culturalmente, pero obvio vemos otros argentinos que están acá.
-¿Qué no extrañás de Argentina?
-Los horarios. En los países del norte la vida pasa todo más temprano, te juntás a cenar a las 7 u 8 de la noche y no a las 10 como en Argentina. Te juntás para un asado y te acostás a la 1 de la mañana y al otro día hay que trabajar.
-¿Cómo es tu horario de laburo?
-Se trabaja de 9 a 17, con pausas cortitas al mediodía. Y trabajar después de las 17-17:30 es raro… Como que vos deberías hacer todo bien para que después de esa hora ya no tengas que trabajar. Obvio, salvo que surja un imprevisto.
-¿Qué comidas extrañas?
-Los asados, obvio. Y para las fechas patrias extraño mucho el locro.
-¿Pueden replicar algún corte de carne? ¿Hacen milanesas?
-Milanesas seguro, empanadas cada tanto porque es más trabajo. Y con la carne tengo una anécdota. Nosotros vivimos en un departamento con un balconcito. Compramos una parrilla pero después nos enteramos que hay una ley en Bélgica que no se puede hacer asados en balcones con carbón. Asique tuvimos que volver a la parrilla eléctrica y cortes magros.
-¿Qué comidas incorporaste?
-Mucho pescado, que es accesible. En Alemania se comía pescado crudo, en Holanda pescado frito.
-Algunos me han dicho que extrañan la parte de panificación y los helados…
-En Bélgica y Alemania tienen muy buena panificación. Por ahí no tiene lo mismo que nosotros en Argentina, pero hay cosas muy ricas. Pero helado como el de Argentina no hay. ¡Menos como en Rosario, que es la capital nacional del helado! (N de la R: desde el 13 de febrero de 1999 Rosario es oficialmente la capital Nacional del Helado Artesanal, hay unas 200 heladerías).
-De lo que has conocido en Bélgica, ¿qué lugar le recomendarías a alguien para que conozca?
-Además de los típicos, recomiendo Dinant, Mons, Namur, que son ciudades de la región de Valonia, que es la parte francófona. Son muy lindos. Es muy verde, mucha vegetación.
-¿Cómo te rinde la plata allá?
-En el norte de Europa, si sos profesional, estudiaste y trabajás bien, el poder adquisitivo rinde mucho. Tenes un tercio de costos en alquiler, electricidad, wifi; otro tercio en transporte y comida; y un tercio para ahorrar o hacer lo que quieras. La inflación no es algo por lo que estés pr
Agro & Campo
AgroExportados: El agrónomo Jorge Jaef se fue a Nueva Zelanda para jugar al rugby, pasó por una de las universidades más competitivas para el agro y se reinventó
Fuente: Bichos de Campo