¿Te animás a una pared o un piso con figuras geométricas? Ideas para sumar diseño y personalidad

Si alguna vez te detuviste frente a un piso calcáreo antiguo o admiraste una pared revestida con dibujos geométricos, seguramente pensaste lo mismo: “Me encanta, pero no sé si me animaría en mi casa”. Hicimos una selección de ambientes que demuestran que las figuras geométricas pueden funcionar de muchas maneras. Algunas se convierten en protagonistas absolutas y otras aparecen más discretamente, aportando profundidad, movimiento o simplemente un detalle inesperado. No hace falta intervenir toda la casa Quizás el mayor prejuicio que existe en torno a los patrones geométricos es creer que obligan a hacer una apuesta radical. Pero muchas veces alcanza con un sector puntual: una pared detrás de la cama, el frente de una chimenea, una galería, un baño o un pequeño hall.Lo interesante es que, cuando están bien utilizadas, estas superficies dejan de actuar como un mero revestimiento. Se vuelven parte esencial de la decoración, casi como si se tratara de una gran obra de arte integrada a la arquitectura. Cuando el piso es la estrella Hay ambientes en los que el piso concentra toda la atención. Los hexágonos, rombos y composiciones tridimensionales generan efectos visuales que cambian según desde dónde se los mire y aportan una riqueza que no necesita demasiados complementos.Paredes que parecen obras de arte En otros casos, el dibujo se traslada a las paredes. Los patrones repetidos, las combinaciones de color y las formas geométricas crean superficies que podrían confundirse con enormes murales o instalaciones artísticas.El secreto: encontrar la dosis justa Como ocurre con cualquier recurso potente, el éxito suele estar en el equilibrio. Un patrón bien elegido puede transformar un ambiente común en un espacio memorable. Y justamente por eso no siempre hace falta usarlo en todos lados.Aunque no encabecen los rankings de tendencias, las figuras geométricas tienen algo que pocas soluciones decorativas consiguen: personalidad.

Fuente: La Nación