Caen los inscriptos para adoptar y se prolonga el drama de chicos que quieren una familia

“Si yo pudiera, adoptaría”. Nicolás cuenta que eso le repetía su madre desde que él era pequeño. “Es cambiarles la vida a esos nenes que pasaron andá a saber qué tristezas”, decía. Él la miraba con orgullo. “Quería repartir amor, el mismo que me daba todos los días a mí”, afirma.Nicolás asegura que esa fue la semilla de una ilusión que vivió con él, “aunque en algún momento tuviera hijos biológicos”. Está en pareja desde hace 12 años con Majo y desde enero, él con 42 y ella con 46, están a la espera de que sus perfiles coincidan con lo que necesite un niño o niña que crece en un hogar a la espera de una familia.“Con el paso de los años vimos que se hacía difícil y riesgoso un embarazo. Como los dos coincidíamos en que en algún momento queríamos adoptar, esa pasó a ser nuestra ilusión primordial”, suma Majo en una videollamada y sonríe junto a su pareja desde el living de su casa en un barrio porteño.En la Argentina, la cantidad de personas que, como Nicolás y Majo, quieren adoptar se desplomó en la última década. Hoy, en todo el país hay solo 1107 personas o parejas inscriptas y habilitadas para adoptar. En 2017 eran 5500. Es decir, la disponibilidad bajó un 80%, según un informe hecho en exclusiva para LA NACION por la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (Dnrua).La principal consecuencia de ese descenso es que se agrava un problema que ya era dramático: muchos chicos permanecen en hogares varios años. “No hay información actualizada, pero los datos de 2020 marcan que en promedio pueden estar entre 5 y 6 años”, explica Dana Borzese, directora de Doncel, organización que trabaja para garantizar que los chicos puedan crecer en un entorno familiar. La frase de Borzese hace referencia a historias como la de Ángel, un adolescente correntino que tiene 16 años, desde hace 11 vive en un hogar y espera ser adoptado. El último relevamiento, hecho en 2020 por la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (Senaf) con apoyo de Unicef, contabilizó 9154 chicos viviendo en hogares y en familias de abrigo. De ellos, 2199 tenían declarada la adoptabilidad, es decir, la Justicia había determinado que podían ser adoptados.
De la economía a nuevos proyectos de vidaLa cantidad de legajos disponibles, es decir de aspirantes que superaron las entrevistas de psicólogos y asistentes sociales, “bajó brutalmente y se da por múltiples factores”, explica Juan Menéndez Lambert, director nacional del Dnrua.Aunque no existe un estudio oficial que documente las razones de esta caída, varios especialistas y Menéndez Lambert sostienen algunas hipótesis. Por un lado, a partir de 2017 –apunta el funcionario– se trabajó en la depuración del registro, y por el otro, aparecen causas económicas, sociales y culturales. Una de esas causas es el mayor acceso a técnicas de reproducción asistida, algo que hizo que “la adopción dejara de ser el primer camino para algunas personas con dificultades para tener hijos biológicos”, menciona Menéndez Lambert y enseguida agrega un fenómeno más amplio: la maternidad y la paternidad dejaron de ocupar un lugar central en los proyectos de vida de muchas personas. Es una tendencia que se refleja en la caída de la natalidad tanto en la Argentina como en otros países. Y completa con otro análisis: “Muchas personas y parejas prefieren adoptar mascotas. Para muchas de ellas, ocupan el lugar de hijos”.La incertidumbre financiera es otro factor relevante. “Los vaivenes económicos determinan que muchos posterguen la decisión de ser padres”, sostiene Menéndez Lambert. Las organizaciones que trabajan para promover la adopción coinciden en varios de los motivos. “En la pandemia hubo gente que se dio de baja del registro porque perdió el trabajo o su economía se resintió”, explica Laura Salvador, presidenta de Ser Familia por Adopción.Desde Adopten Niñes Grandes agregan un elemento al exponer que algunas provincias elevaron las exigencias a la hora de aprobar como viables los legajos de postulantes y creen que eso puede impactar en este fenómeno: “A partir de las situaciones de fracaso en las adopciones, las mal llamadas devoluciones, algunas jurisdicciones se han puesto más exigentes para filtrar candidatos”, dice Agustín Ciampagna, referente de esa organización.A estos causantes se suman obstáculos históricos, explica Natalia Florido, directora de la Red Argentina por la Adopción: “Hay un desconocimiento sobre cómo funciona el sistema y siguen presentes algunos mitos, como la idea de que los procesos para anotarse son excesivamente largos. Por eso, es fundamental crear más campañas de información y sensibilización”.“Una decisión consciente”Iván y Sebastián viven en Córdoba y hace seis meses están a la espera de que el juzgado que lleva adelante su legajo los contacte para ser la familia de un niño o una niña de hasta 3 años, que fue el rango de edad que ofrecieron como flexibilidad. Ellos tienen 38, estudiaron carreras científicas en diferentes universidades, se conocieron a sus 23 por amigos en común y conviven desde 2020. “Un día nos dijimos ‘qué lindo sería compartir la vida con un hijo’”, cuenta Iván y explica: “Creo que seguimos como un caminito: terminamos la facultad, conseguimos trabajo en nuestras especialidades, viajamos, hice una pasantía en el extranjero. Querer adoptar surgió después”.Ambos creen que es normal que antes de pensar en tener un hijo, las personas prioricen su desarrollo personal. “Es una cuestión de compromiso y responsabilidad, porque adoptar es darle una familia a un niño al que los adultos ya le fallaron”, dice Iván. Su pareja suma: “Además, ya no pesa como antes el mandato social de ser padres; la gente es más libre y no está mal”.Nicolás y Majo relatan que decidieron cumplir su sueño de adoptar después de unos años. “Priorizamos nuestras carreras, lograr una estabilidad económica y fue pasando el tiempo”, comenta él. Creen que en los últimos años el ser padres “se convirtió en una decisión que se toma de manera ‘consciente’, ser o no serlo, y en qué momento”.Ella trabajaba en relación de dependencia y renunció para ser consultora externa de empresas. “Ahora tengo una calidad de vida que nunca antes tuve y que nos va a ayudar cuando seamos una familia de tres”, dice Majo, que se postuló junto con Nicolás para un nene o una nena de 3 a 6 años.Salvador considera que quienes sí quieren adoptar analizan mejor sus posibilidades. “La situación económica influye, se preguntan cómo podrán darle al niño todo lo que necesita, además de amor”, describe.Además, reconoce: “Y, como pasa en todo el mundo, muchos jóvenes no quieren tener hijos, tengan una buena situación económica o no. Simplemente no está en su plan de vida y es algo con lo que deberemos lidiar quienes trabajamos en adopción”.La familia “ideal” “Señora, ¿cuándo nos va a poner a mí y a mi hermano el apellido de papá?”, le preguntó el niño de 8 años a la jueza que evaluaba cómo marchaba la convivencia entre ellos y la pareja que deseaba adoptarlos. La jueza le sonrió: “Falta poquito”.Hace ya un año, Lorena Castro es la mamá de esos mellizos y cuenta esa anécdota con orgullo. Ella y Sergio se casaron en 1998 y durante años fueron una familia de dos. “En la pandemia nos dimos cuenta de que estábamos muy solos y nos ilusionamos con adoptar”, relata. Se inscribieron en el registro porteño “con la fantasía de tener una familia de hasta cuatro chicos, de 7 a 12 años”. Pero luego de varias entrevistas, los rechazaron. Para ellos fue un golpe duro, pero admite que “los bajó a tierra”. “Hicieron bien, querían evitar una posible vinculación fallida, algo que destroza a los nenes porque ya pasaron por abandonos”, expresa.Su ilusión continuó y buscaron apoyo en la Red Argentina por la Adopción. Allí aprendieron que los chicos tienen una historia previa y que su deber es ayudarlos a crecer. Al tiempo, su legajo fue aprobado: se postularon para dos hermanos.La persistencia de Lorena y Sergio, que supieron buscar asesoramiento a tiempo, permitió que el deseo de adoptar no se derrumbara. Eso es lo que ocurre con muchas personas o parejas que idealizan la adopción y luego, ante la primera dificultad, desisten, aseguran algunos especialistas. “La romantización de la adopción es uno de los mitos que puede obstaculizar el acercamiento de aspirantes porque instala expectativas sobre ‘la familia ideal’. Por ejemplo, muchos llegan con la intención de adoptar bebés y se encuentran con que la mayoría de los niños que esperan una familia son adolescentes”, explica Natalia Florido. “A veces, la falta de información a tiempo es la razón por la que los legajos no se aprueban y desalienta a quienes tienen interés real en adoptar”, suma Ciampagna, de Adopten Niñes Grandes.A través de la adopción, insisten las organizaciones, el Estado le busca una familia a un chico cuyo derecho de vivir en ese entorno fue vulnerado. Es decir, no le busca un hijo al adulto. Esa definición es la que se repite en cada charla y taller sobre el tema. “Es lo primero que decimos y a la gente enseguida le cambia la cara, se pone en el lugar del niño y considera lo que quizás atravesó y lo que necesita”, explica Ciampagna.“No lo dudé”Marilina Loiacono le dice a su hija de 4 años que va a hablar por teléfono un rato, que se va a sentar junto a ella y sus chiches, que después jugarán. La niña le pide una lupa, insiste con que la mire y le cuenta que la perra Margarita le acaba de lamer la cara.La pequeña y ella se conocieron hace 10 meses, después de que Marilina se anotara en el registro de adoptantes de Córdoba, donde vive. Se había postulado para adoptar a un niño o niña de entre 6 y 12 años. Al momento de registrarse consignó que tenía flexibilidad adoptiva, algo que el sistema cordobés ofrece y que significa que considera adoptar chicos que “pocos quieren”, como exponen las organizaciones: de más edad, con problemas de salud o grupos de hermanos.“Soy psicóloga y siempre trabajé en escuelas con chicos en situación de vulnerabilidad, lo que me

Fuente: La Nación