A pocos metros de donde Gerardo Cabrera muestra las plantas de banana que todavía mantiene en producción, unos camiones cargan mangos y toronjas. La escena resume buena parte de la historia productiva de Laguna Naineck, en Formosa. Es que donde alguna vez predominó la banana, hoy los productores tienen que buscar otras alternativas para poder sostener sus campos.
Gerardo tiene 88 años y lleva medio siglo dedicado al cultivo. Hoy, junto con su hijo, mantiene 15 hectáreas. Sigue cuidando las plantas, fertilizándolas, combatiendo las enfermedades y esperando que el clima acompañe. Pero también diversifica. Tiene pomelos rosados, mangos, mandioca y algo de ganado.
Gerardo Cabrera es la historia viviente de la producción de bananas en Formosa.
No es una decisión tomada por gusto. Es una cuestión de supervivencia: “Tenemos que diversificar para poder hacer dinero, si es posible, cada mes, como sosteniéndome yo y la gente que trabaja conmigo”, explica a Bichos de Campo mientras recorre uno de sus lotes.
La frase contiene buena parte del problema que atraviesa a la producción bananera formoseña. La banana tiene condiciones naturales para producirse en esta región, tiene una historia de décadas y supo ser una actividad económica de enorme importancia. Pero los costos de producción, la falta de agua, las dificultades de infraestructura y los precios que recibe el productor fueron haciendo cada vez más difícil sostenerla.
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Gerardo lo vio prácticamente todo. De las primeras plantas a un territorio bananero. La historia comenzó antes de que él tomara las riendas de la producción.
“Mi padre y un hermano fueron los que se han inculcado en este cultivo”, cuenta. Los primeros plantines que llegaron a su familia fueron traídos desde la zona de Clorinda. A partir de allí comenzó una historia que se extendería durante décadas.
En aquellos primeros años, la banana encontró en Formosa una combinación favorable de clima y suelo: “Los primeros tiempos del cultivo del banano nos favoreció muchísimo el clima. Fue muy rentable”, recuerda Gerardo.
La rentabilidad hizo que el cultivo creciera. Y mucho. En Laguna Naineck y su zona de influencia llegaron a existir cerca de 8.000 hectáreas implantadas con banana. Era otra dimensión productiva para una región que hoy conserva apenas una pequeña fracción de aquella superficie.
“Por los precios teníamos un problema que era bastante grande, que no teníamos rutas”, recuerda Gerardo. El problema no era solamente producir. También había que sacar la fruta.
Durante buena parte de aquella historia, el camino entre la zona productiva y los principales centros de comercialización era una dificultad permanente. La banana podía crecer. El problema era hacer rentable todo el recorrido desde la planta hasta el consumidor.
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Gerardo también fue protagonista de otra transformación, que es la del paso de una agricultura prácticamente manual a una producción que incorporó maquinaria: “Primeramente era todo manual el cultivo. Nosotros no estábamos mecanizados. Todo, con azada, machete. Así se inició el cultivo”, recuerda.
La mecanización llegó posteriormente a partir de un programa que, según rememora, alcanzó a productores medianos y pequeños de toda la provincia de Formosa. La diferencia estaba en las condiciones financieras. Los préstamos tenían intereses bajos y plazos de cinco y siete años para amortizar las inversiones: “Así fue como empezó la mecanización”, resume.
Hoy buena parte de las tareas siguen teniendo un componente artesanal, pero algunas labores pudieron mecanizarse. La fumigación, por ejemplo, es una de ellas.
En el bananal aparece uno de los problemas sanitarios que exige atención permanente: la llamada Sigatoka amarilla, una enfermedad que afecta las hojas de la planta y que puede intensificarse con determinadas condiciones de humedad y precipitaciones. “Con las lluvias, escasas lluvias y humedad, eso explota”, explica. El tratamiento tiene que repetirse con frecuencia. Gerardo calcula que el producto aplicado tiene aproximadamente 20 días de poder residual, por lo que después hay que volver a entrar al lote.
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La limpieza del suelo también tiene su propio método. Actualmente utiliza una moto guadaña para controlar las malezas, pero aprovecha además una característica natural del cultivo. Después de cosechar una planta, la voltea y deja ese material sobre el suelo. “Me sirve de cobertura y es un abono que estoy agregando a mi suelo”, explica.
La planta que acaba de producir vuelve de alguna manera al suelo parte de los nutrientes que tomó durante su desarrollo.
Y allí aparece uno de los elementos centrales para entender la economía actual de la banana: el fertilizante.
Gerardo habla de la banana como un cultivo exigente. Para producir fruta necesita mantener una planta que demanda nutrientes y agua y que, además, tiene que atravesar las condiciones climáticas de la región. “Es un costo muy elevado en el cuidado de la planta”, dice.
Uno de los números que menciona alcanza para dimensionar el problema. Una bolsa de urea de 25 kilos, explica, cuesta actualmente alrededor de 50.000 pesos. Para fertilizar una hectárea necesita seis bolsas por aplicación. Y realiza tres aplicaciones. Es decir que solamente en urea, cada hectárea requiere un volumen importante de dinero durante el ciclo productivo.
“Y a este precio que estamos vendiendo, no”, responde cuando se le pregunta si la cuenta de los fertilizantes guarda relación con el valor que recibe por la banana.
La dificultad está además en que el precio de la fruta no es constante durante todo el año. Gerardo sabe que hay momentos en los que la banana vale menos y otros en los que puede recuperar valor: “Históricamente, estos meses baja el valor de la producción. Y si sobrepasamos el invierno, llegando ya septiembre, octubre, repunta el precio”, explica.
Por eso no mira solamente el precio de una semana o de un mes. Necesita calcular un promedio de venta que permita absorber los períodos malos.
Pero incluso haciendo esa cuenta, reconoce que la ecuación es cada vez más complicada. “En líneas generales, los costos no dan mucho”, admite.
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Y cuando los números dejan de cerrar, aparece la diversificación. El campo que recorre Gerardo tiene una particularidad que se repite cada vez más en la región. Entre las plantas de banana aparecen otros cultivos. Hay pomelos rosados. Hay mangos. También hay otros productos que podrían funcionar en la zona.
Mientras habla, a pocos metros los camiones cargan parte de esa producción. La postal es casi una radiografía de la transformación productiva de Naineck. “Tenemos que diversificar”, insiste.
No necesariamente porque la banana haya dejado de ser agronómicamente viable. Al contrario. Gerardo sigue convencido de que, cuando el clima acompaña, es un cultivo extraordinariamente productivo.
Pero una explotación necesita generar ingresos durante todo el año.“Tenés que jugarte a tres, cuatro productos, cosa de hacer dinero, si se puede, todos los meses”, explica.
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Por eso él se dedicó al citrus y al mango, además de mantener algo de ganadería.
Otros productores de la zona encontraron alternativas en zapallito, calabaza, zapallo cabuto, mandioca y otros cultivos. La diversificación es, en muchos casos, la manera de permanecer.
Si hay algo que Gerardo repite cuando habla de la banana es el agua. “La planta necesita agua, no quiere barro. Barro no acepta tampoco. Agua necesita, cierta cantidad de agua por mes”, explica.
La región tiene tierras que considera muy buenas. El problema histórico fue otro. “Faltó el agua. Ese fue el cuello de botella”, señala. Y en los últimos años el problema se hizo todavía más severo. Gerardo habla de cinco años de sequía. “Muy malos, malísimos”, recuerda.
Durante ese período siguió poniendo dinero en el campo. Utilizó sus propios ahorros para tratar de mantener las plantas.
“Gasté todo lo que era mi respaldo de dinero, lo volví a invertir jugándome en la planta, y cada vez peor, cada vez peor.” El resultado productivo terminó siendo insuficiente.
Cuenta que llegó a tener 17 hectáreas y que obtenía alrededor de 300 cajas por hectárea. “Ni siquiera el costo me cubre eso”, dice.
La frase aparece en medio de una historia de cinco décadas de trabajo. No habla un productor que recién está empezando y se encontró con una campaña mala. Habla alguien que lleva medio siglo midiendo el comportamiento de un cultivo que conoce prácticamente planta por planta. Y que vio cómo una actividad que había sido rentable se fue achicando.
Donde alguna vez hubo unas 8.000 hectáreas de banana, hoy Gerardo estima que quedan poco más de 200 hectáreas cuidadas en toda la zona: “Quizá hay un poquito más de 200, pero por ahí”, dice.
Él conserva 15. Son las plantas que todavía muestra con orgullo mientras camina por el lote. Porque a pesar de todo, Gerardo sigue defendiendo la banana. “Yo soy muy fanático de este cultivo”, reconoce. No solamente por una cuestión sentimental. También por conocimiento productivo: “De acuerdo a la trayectoria y la época, es el cultivo más rentable: la banana. Siempre que te ayude el clima.”
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Fuente: Bichos de Campo