El padre que es hijo y el hijo que es padre: ¿y si el mejor es el último Messi?

¿Y si es este? ¿El que abre su corazón destrozado? ¿El que decide mostrarle al mundo que es igual a todos, aunque no sea igual a nadie? ¿El que se saca los botines y se sienta a llorar afuera de la cancha? ¿El que jugó un Mundial, uno más, porque, ahora sabemos, se lo pidió su papá? ¿Y si el mejor Messi, entonces, es el último Messi? ¿El hijo que es padre? ¿El padre que es hijo?Habría que empezar por decirles a los relatores de fútbol que le den una vuelta más a la imaginación y dejen de llamarlo “extraterrestre”. Tentación de cualquier editor también, el adjetivo se transformó en los últimos tiempos en un antónimo. Nada más alejado de ese término que este Messi, un hombre atravesado por las emociones. Sus lágrimas en cada estación de la Copa del Mundo generaron en el público una empatía inigualable. Si en Qatar todos habían sido felices por él, en Estados Unidos todos lloraban con él. De alegría, con gratitud. Y la sensación se multiplicó este miércoles, cuando decidió mostrar en palabras el dolor más humano. El de la muerte, lo irremediable. Lo inadmisible, piensa él ahora, con las tripas abiertas. Terrenal, lo contrario a extraterrestre, es este hombre capaz de hacer lo que acaba de hacer: escribirle a su papá para, de alguna manera, compartir con el mundo su pena inconmensurable. Messi, aquel que era ridículamente señalado porque no cantaba el himno y estupideces así, ahora es unánime. Nadie recuerda aquello en su patria ahora, nadie tampoco se hace cargo de esa injusticia. Justo a él, que se moría por jugar para Argentina, lo acusaban de no ser argentino. La imagen vuelve a la cabeza de este cronista montada al recuerdo de todo lo que hicieron ese hijo y ese papá para cumplir el sueño. Juntos. Solos. Hay otra imagen, más descarnada, que no puede estar afuera de su biografía. Leo tiene 14 años y vive su primer año en Barcelona. Resulta que su mamá y sus hermanos, sobre todo, no habían podido acomodarse a una ciudad donde hasta el modo de hablar era extraño, y habían decidido volver a Rosario. Se hacía difícil la vida, por más que jugar en en el famoso Fútbol Club Barcelona empezara a ser real. La distancia, la falta de amigos, la soledad… Una tarde, en el departamento que el club les alquilaba cerca del Camp Nou, Jorge sencillamente le preguntó: “¿Qué querés hacer?”. Sabía ese papá que su hijo sufría. Sabía que lloraba a escondidas, a veces en el baño. Lo veía ponerse solo las inyecciones que su cuerpo necesitaba para poder crecer. Un día sí y otro también. Era mucho y eran pocos; solo ellos dos. “Me quiero quedar”, le respondió Leo. Y entonces el adulto de la casa, el que también lloraba suponiendo (mal) que su hijo no se daba cuenta, apretó los dientes para seguir. Y siguieron. Vaya si siguieron.“Estuviste al lado mío desde el principio, faltaba tan poquito para el final. ¿Por qué no aguantaste ese poquito más y terminábamos juntos?”, escribe el hijo, desgarrado. Basta darse una vuelta por X, la red social que a veces también puede ser humana, para encontrar voces corales en estas horas. Alguien retoma una reflexión del cineasta Leonardo Favio, precuela de la carta messiánica: “Cuando no tenés a quién dedicarle el asombro, no te morís por tu obra. La obra es a partir de querer deslumbrar a tu mamá, a tu papá, a tu maestro, al ser que amás. Cuando perdiste esa potencia, la obra es nada más que oficio. Yo ya no quiero deslumbrar a nadie”. La empatía vuela: “Fav si todos los que tuvimos terapia hoy hablamos de la carta de Messi”, dice otro. “Descubrimos que Messi vivió el Mundial tal Sherazade, inventando relatos (partidos) para ganar tiempo frente a la muerte”, compara alguien. “No podés no lagrimear leyendo la carta de Messi, y si perdiste a tu mamá o a tu papá directamente es llanto lo que te genera”, bien apunta una más. De eso va el asunto: Messi no busca, seguro, sensibilizar. Sólo quiere aflojarse un poco el pecho. Pero la conexión emocional está en esa línea: hay que tener el corazón encriptado para no hacer propio el sentimiento de pérdida que Messi escupe a cielo abierto. O haber tenido mucha mala suerte en la calesita de la vida cuando a cada cual la sortija le iba dando a su papá y a su mamá. Esta otra línea de la carta: “No sé qué voy a hacer sin vos, no sé cómo seguir.”. Alguien razona, abrazado a lo fáctico, que cómo no va a tener motivos para mirar adelante si sigue siendo padre de Thiago, Ciro y Mateo, esposo de Antonela, hijo de Celia, hermano de Matías, Rodrigo y María Sol, amigo de varios. Es verdad, y seguro que en esos nombres encontrará las nuevas fuerzas. Pero ahora sólo puede ser el hijo que perdió a su papá.La carta tiene otro elemento esclarecedor. Y es la desnudez a la que se arroja Messi al contar episodios que ni en sus entrevistas más confesionales había soltado. Visto con el prisma de hoy, el Mundial que acaba de protagonizar toma otro valor. Superior, incluso, a todo lo que nos había parecido. Porque lo jugó por él, pero también lo jugó sin él. Este tramo: “Era la primera vez que no ibas a estar en un torneo, pero mamá me decía que ibas a estar mejor y que ibas a estar bien para poder viajar. Yo te decía que íbamos a llegar a la final así podías viajar. Cada vez que terminaba un partido esperaba y extrañaba tu mensaje. Ahí me di cuenta de que la situación era fea de verdad”. Y entonces, el llanto después del debut ante Argelia tiene un color todavía más triste. Y las lágrimas post Egipto son distintas, más saladas si cabe. Y la pesadez de la final insulta a todos los que creyeron en las conspiraciones. “Quería ganarla para llevártela y mostrarte una nueva. No pude, las piernas no me daban más”. No pudo. Ya no podía. ¿Volverá a poder? A quién puede importarle eso ahora.

Fuente: La Nación Deportes