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“Están a punto de ver otra primicia”: la desesperada decisión de una periodista y un disparo en vivo que conmovió a la audiencia
Christine Chubbuck estaba deprimida, tenía problemas en su vida social y laboral; aunque se transmitió su muerte en el Canal 40, solo existe una grabación del hecho que quedó al resguardo de un bufete de abogados
“De acuerdo a la política del Canal 40 de brindarles lo último en sangre y entrañas a todo color, están a punto de ver otra primicia”, anunció en vivo la presentadora del matutino Suncoast Digest, Christine Chubbuck, a sus televidentes. Era la mañana del lunes 15 de julio de 1974, un día que para la mayoría no se diferenciaba de otros. Pero Christine, una periodista de 29 años, había hecho planes que alterarían esa supuesta normalidad. No solo iba a dar una primicia, sino que se iba a convertir en la protagonista de una historia que terminaría por marcar un antes y un después en la televisión. Nada en el tono de su voz ni en su apariencia anticipaba lo que estaba por ocurrir, y sin embargo ese anuncio se convirtió en sus últimas palabras y, su caso, en el primer suicidio televisado de la historia.Otra primiciaLa nota de Quinn en The Washington Post reconstruyó, a los pocos meses del hecho, los minutos previos al disparo. Describió la escena: Christine se apartó el cabello de la cara, tragó saliva, torció apenas los labios y giró con la mano izquierda la página del guion que tenía sobre el escritorio. Leyó: “Para continuar con la política de Canal 40…”, pero se interrumpió, levantó la vista y miró directo a cámara, con una sonrisa vacilante. Su voz adoptó un tono irónico cuando enfatizó las palabras “sangre” y “entrañas”. Entonces continuó: “Están a punto de ver otra primicia. Un intento de suicidio”. En ese momento, sacó de debajo del escritorio un revólver calibre .38, lo apoyó en la cabeza y apretó el gatillo.“Se escuchó un fuerte ruido. El humo salía de la pistola y el cabello le voló sobre la cara como si una ráfaga de viento lo hubiese agitado. El rostro adoptó una expresión feroz y contorsionada, la boca se torció hacia abajo, la cabeza se sacudió. Después, su cuerpo cayó hacia adelante con un fuerte golpe contra el escritorio y se deslizó lentamente fuera de la pantalla”, narraba la cronista.Unas horas más tarde, Christine murió en el hospital.“Qué humor tan enfermo”Había planeado todo detalle a detalle. Esa mañana llegó al Canal 40 con un nuevo bronceado, pulcra, con un vestido blanco y negro, un “ánimo extraordinariamente bueno”. Conducía el segmento matutino que daba noticias locales. Aunque no solía hacerlo, ese día se dirigió a la máquina de escribir y empezó a tipear lo que todos creyeron que era un guion. Cuando terminó, se sentó frente a la cámara y pidió que grabaran la emisión. Puso las hojas sobre el escritorio y, debajo de la mesada, una bolsa grande para sus títeres. La tenía porque, a veces, hacía pequeños actos en un hospital para niños. Pero esa vez dentro de la bolsa estaba el revólver. La camarógrafa Jean Reed recordó ese momento en su conversación con Quinn: “Cuando pasó a leer lo de la sangre y tripas pensé ‘qué humor tan enfermo’. Y después, cuando se disparó, me enojé y corrí al escritorio, pensé que la iba a encontrar tirada en el suelo doblada de risa, que era una broma de mal gusto. Pero la vi ahí, con la sangre saliéndole de la nariz y la boca, el cuerpo contorsionado. Dije: ‘Dios mío, lo hizo, se disparó’”. “Pensé que sería una gran idea”El de Christine se convirtió en el primer suicidio televisado en vivo. Hasta ese momento, el público había sido testigo de hechos violentos en pantalla, como el asesinato de Lee Harvey Oswald (el asesino de John F. Kennedy) en 1963 o el ataque contra George Wallace (candidato presidencial estadounidense que en 1972 fue víctima de un ataque a tiros en el contexto de su campaña), pero nunca de algo así. En los días previos, Chubbuck había dado señales ambiguas que solo cobrarían sentido después. Una semana antes le contó a un editor que se había comprado un arma y, ante la pregunta de para qué, respondió: “Bueno, pensé que sería una gran idea si saliera al aire y simplemente me volara la cabeza”. Luego se rio. También le había dicho a su hermano que estaba considerando suicidarse, pero evitó profundizar cuando él intentó hablar del tema.Para sus compañeros la sorpresa fue mayor porque, una semana antes había organizado una fiesta en su casa, parecía feliz, había sido, por un rato, el centro de atención. Sin embargo, el momento más llamativo, que tomó relevancia tras su muerte, fue cuando propuso a su director —y este aceptó— hacer un informe sobre el suicidio. Su plan se estaba gestando: contactó al departamento de policía y habló con un oficial. Preguntó sobre métodos, armas y cuál era “la mejor manera” de llevarlo a cabo y conseguir una muerte segura. “Si sangra, manda”“Estaba terriblemente, terriblemente, deprimida. Tenía un trabajo que amaba pero no tenía nada más en su vida social. No tenía amigos cercanos, relaciones románticas o proyectos de ninguna índole”, repetía su madre ante los medios. En una época en la que la salud mental no se discutía abiertamente, las explicaciones fueron múltiples y, en muchos casos, simplificadoras. Un artículo de The New Yorker señala: “Chubbuck era ambiciosa, trabajadora e inteligente, pero luchaba con una enfermedad mental en una época en la que no existía el lenguaje para describir lo que sufría —ni las formas de ayudarla—”. Su dificultad para vincularse, sumada a un entorno poco comprensivo, profundizaba ese aislamiento.A todo esto se sumó que hacía pocos meses le habían extirpado un ovario, y el cirujano le advirtió que si no tenía hijos dentro de los próximos dos o tres años, probablemente nunca podría tenerlos. Dicen que eso la quebró por dentro. Por fuera era estoica. Pero estaba sumamente preocupada: ese 24 de agosto hubiese cumplido 30 años, y todavía era virgen. Las perspectivas de quedar embarazada en un futuro próximo no eran muy prometedoras. En la investigación que hizo Quinn, su familia reconoció que a Christine le costó toda su vida hacer amigos, tener novios, citas, mantener relaciones sanas y estables. Lo deseaba, pero no sabía cómo conseguirlo, y si alguien se acercaba lo suficiente, ella terminaba por mostrarse fría, generar rechazo. Su mamá dio detalles de su vida: dijo que nunca había tenido un novio, ni una relación incipiente con nadie. De hecho, consideró: “Su suicidio fue simplemente porque su vida personal no era suficiente”Sin embargo, en paralelo, su trabajo tampoco le ofrecía un espacio de contención. La estación atravesaba dificultades (económicas, de rating) y apostaba por un enfoque cada vez más sensacionalista, resumido en la máxima “if it bleeds, it leads”: si sangra, manda. Christine rechazaba esa lógica, prefería historias que consideraba más relevantes, pero sus propuestas eran desplazadas.“Se quejaba a menudo de lo que veía como historias de mal gusto y violentas al aire, sobre la estación que complacía, en su opinión, a sus anunciantes, sobre la falta de pago”. Por esto, muchos de los periodistas que la conocían interpretaron su acto final como una crítica extrema a ese modelo de medios que privilegiaba el impacto por sobre el contenido.“Miren, mundo, estuve acá todo este tiempo”Lo cierto es que Chubbuck terminó dándole a los televidentes eso que ella misma cuestionaba: la sangre. Hoy, en una época en donde todo puede encontrarse en internet, los curiosos y adictos al morbo buscan el video, la grabación. Pero no lo encuentran.Hay dos circunstancias que justifican esa imposibilidad: en 1974, las videocaseteras no eran de uso masivo, lo que reducía las posibilidades de que alguien hubiera registrado la emisión desde su casa. Pero además, dentro del canal la grabación quedó bajo un estricto control.Décadas más tarde, el documental Kate Plays Christine, de 2016, recuperó testimonios de empleados de la estación. Steve Newman, uno de ellos, aseguró: “Existe una sola copia de ese video”. Sobre el enigma de una posible grabación, la revista Vulture analizó: “Parece haber tenido al menos una espectadora mientras todavía estaba en la sede de la estación: [Sally] Quinn, que escribió la nota para el [Washington] Post, y recuerda haber visto una grabación en WXLT ‘muchas veces’ mientras escribía su artículo”. Mollie Nelson, la viuda Robert Nelson, dueño del canal, se comunicó con la revista a los pocos meses de esa nota y confirmó que la cinta había quedado al cuidado de su marido y que, tras su fallecimiento, ella decidió enviarla a un estudio de abogados para que la resguardaran. La duda que queda, junto con el video, es por qué Christine decidió hacerlo en vivo. Su madre ensayó una respuesta en el mismo diálogo con Quinn: “Creo que ella estaba diciendo: ‘Miren, mundo, estuve acá todo este tiempo. ¿Qué tal una cita el sábado por la noche?’”.