Rosalía y el arte por el arte

Shklovski. Eso. Víktor Shklovski. No me salía. Hace días que intento recordar su nombre porque hace días también que pienso en las clases de Teoría Literaria en la facultad. El profesor Jorge Panesi delante del pizarrón en el aula del subsuelo, sus anteojos, su suéter escote en ve verde, los formalistas rusos, los textos de Mijaíl Bajtín, los de Walter Benjamin, el apunte “El arte como artificio” de Shklovski. Por favor, yo no entendía nada. O no entendía que de tanto que leía estaba entendiendo. Se ve que hay cosas que se aprenden así, sin que una se dé cuenta. Me sentía tan tonta en esa aula. Lo recuerdo y me vuelvo a angustiar pero lo recuerdo porque hace días también que pienso en esto del arte, el arte comprometido con la sociedad, el arte como cosa, el arte por el arte y nada más. Si elijo soy de las últimas. Yo no le pido de todo al arte. Sí me puedo enojar con el artista. Pero por un lado un lado, por el otro el otro. Por ejemplo, no voy a dejar de ver las películas de Woody Allen por culpa de Woody Allen. Sé que lo acusan de abuso sexual, sé que se casó con la hija adoptiva de su expareja pero siempre voy a volver a Medianoche en París, Annie Hall, Café Society, la música que elige entre picaresca y perfecta, los diálogos interminables, esa voracidad para hablar, para caminar de aquí para allá. Por ejemplo, no me gustan en particular las canciones de Michael Jackson pero no lo dejaría de escuchar si me gustara. Pese a las denuncias por abuso infantil, pese a los testigos que cuentan que invitaba a niños a su casa hecha parque de diversiones y pasaba los días y las noches con ellos. Yo no cancelo la obra por el responsable porque ¿cómo conocer a las personas? Si Woody es culpable que vaya preso. Pero Manhattan la miro igual. ¿William Shakespare era buen tipo? ¿George Harrison era buen tipo? Noel Gallagher, de Oasis, en los 90 dijo que quería que Damon Albarn, de Blur, contrajera sida y se muriera. Sí, pero compuso “Live Forever”. Por eso me quedé con tantas ganas de ir a ver el recital de Rosalía. Qué tonta. Cuando salieron las entradas dije “en otro momento me ocupo” y cuando me ocupé ya no había disponibles o sí pero muy caras y solo en reventa, y no quise meterme con ese tema porque son temas que no suelen salirme bien. No estoy para arriesgarme. Así que no fui. Pero hubiera ido y me hubiera preocupado nada toda la polémica que se armó antes con ella por haber criticado a la Argentina luego de la final del Mundial. Es cierto, justo nos insulta a días de visitar el país. Es cierto, fue imprudente, injustificado, ¿agresivo tal vez? Pero qué más da. ¿De verdad alguien querría devolver los tickets? A mí me importa Rosalía por lo que hace con la música y no por lo que dice en Instagram. Eso es periferia. Bien podría no tener redes sociales y lo mismo. Yo no la quería ver a ella, yo lo que quería era verla y escucharla cantar “Mio Cristo Piange Diamanti”. Eso. Su arte como artefacto. La voz. El vestido blanco. El manto blanco. El cabello negro y enrulado. El halo de los ángeles desteñido. El sonido que monta. Me quiebro por dentro. Rosalía, la cosa Rosalía, canta en italiano y rompe al aire, el tiempo, la lógica y consigue una nota que no existe en la naturaleza. Agudísima, finísima. Delgada como la hostia de los domingos. Ella dice “¿cuántos golpes te han dado que deberían haber sido abrazos? ¿Y cuántos abrazos has dado que podrían haber sido golpes?” y así mete las manos en el pecho de cualquiera y saca de adentro la sangre, la vida. Ella canta y sacude en su centro a la Tierra. Luego, para terminar, repite “sempre, sempre” y se alza en puntas de pie para alcanzar el límite. El borde de lo desconocido. Para llevarnos hasta allí. Qué decir. Por mí que maldiga a mis padres. A mí no me importa Rosalía, el reposteo de la actriz Mia Khalifa, la perla, las disculpas. A mí me importa Rosalía. La cosa Rosalía.

Fuente: La Nación