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Marta Minujín: “Me siento más estrella de rock que artista”
El olor a palo santo inunda la casa de San Cristóbal, donde su abuelo Salvador fabricaba uniformes de trabajo. Vestida con un overol creado con tela que trajo de Guatemala, Marta Minujín pega tiritas blancas sobre una tela mientras escucha noticias internacionales. “Se va a llamar Paz”, dice sobre esa obra a LA NACION a los 83 años la artista más popular de la Argentina, que mañana será distinguida como Personalidad Emérita de la Cultura de la Nación. Ver para no creer: cuando la fotografía deja de ser una prueba y se convierte en ficción“La edad está en cómo uno se siente, y yo me siento de 25”, aclara mientras trabaja a diario para lograr que sus obras estén presentes en todas las provincias del país y en todos los museos del mundo. Entre sus próximos proyectos se cuentan la presentación de una Pelota de fútbol de dulce de leche durante la Noche de los Museos, la de La Menesunda en el Museo Reina Sofía como parte de su gira europea y una colaboración con Leandro Erlich para que la Estatua de la Libertad regrese a Francia para flotar relajada por el Sena. -Cuando vivías en París y Nueva York casi no tenías dinero para comer y ahora sos la artista más popular de la Argentina. ¿Cuál fue la clave de tu éxito? -Que siempre me interesó la gente.-¿Por qué?-Porque pensé que el arte debería cambiar y no ser tan solemne. La solemnidad de los museos y el “no toque, no se acerque” alejaba al público del arte. Entonces yo declaré la muerte de los museos y quería descongelar a la gente. Todos podían sentirse libres, meterse dentro de la obra. Y adoraron eso. Como hacía Andy Warhol, que convertía a personas muy destruidas en estrellas y a quien le pagué simbólicamente en 1985 la deuda externa argentina con choclos. En La Menesunda, por ejemplo, todo el mundo se siente único.-¿Por qué en algunas de tus obras el público incluso puede comer parte de la obra?-Porque la idea es que ellos hacen la obra de arte. Al comerla, termina mi obra y ya es de ellos. -El año pasado fue un éxito la Torre de Pisa de spaguetti que presentaste en la Noche de los museos. ¿Qué vas a hacer para la de este año?-La Pelota de fútbol de dulce de leche. Una pelota gigante, recubiertas de tarros chiquitos de dulce de leche. La gente va a poder entrar y ver en una pantalla de televisión cómo Messi lanza un gol desde Miami. Como en la Torre de Pisa de Spaguetti, que venía desde Italia. O el Big Ben, que hice por zoom durante la pandemia y volaba por el espacio sideral desde Londres hasta Manchester.-También estás trabajando en otro proyecto con Leandro Erlich, en París. ¿Cómo va a hacer? -Todavía no tengo la seguridad, pero la idea es que la Estatua de la Libertad vaya nadando por el Sena, mirando hacia arriba. Lo vamos a hacer cuando se pueda, porque hay que conseguir un millón de dólares. -Ese es un proyecto de 1981 y tu idea original era hacerlo en el Central Park, donde dormías y tejías bufandas cuando eras hippie. ¿Por qué vas a hacerlo en París?-No puedo hacerlo en Estados Unidos porque me van a prohibir la entrada y me muero sin poder ir a Nueva York. Además, fue un regalo de los franceses a Estados Unidos. Y como con el tema de la inmigración ahora en Estados Unidos es “anti Estatua de la Libertad”, mejor que vuelva a su lugar de origen. Porque ya nadie cree en lo que en lo que hacía Estados Unidos, que era recibir a todos los que emigraron durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. View this post on Instagram -Esa obra pertenece a la serie La caída de los mitos universales ¿Qué buscas con esas obras? -Quiero descolocar a la gente, para que se adapte a una nueva circunstancia, con los monumentos tumbados. Mira todo lo que está pasando, todas las guerras. Es algo inconcebible. Casi estamos llegando a una guerra mundial.-Vos siempre trabajás escuchando las noticias. ¿Cómo se vincula tu obra con la actualidad?-Todo el tiempo. Hice un cuadro que se llama Estrecho de Ormuz, y ahora estoy haciendo otro que se va a llamar Paz.-Te considerás artista desde que tenías cinco años. ¿Cuál considerás que fue tu principal aporte al arte contemporáneo?-Todas las invenciones que hice. Como el arte inmersivo, que lo hice hace muchísimo. El arte de acción, donde el público es artista. Las esculturas inflables y el uso de los colchones, donde la gente pasa la mitad de su vida. -¿Cuál fue tu primera obra de arte inmersivo?-Revuélquese y viva, que ganó el Premio Nacional Di Tella en 1964. Que ahora se está exhibiendo en Corea, como parte de una muestra itinerante de artistas mujeres. -También La Menesunda, que recreaste en el Moderno cuando cumplió medio siglo, está de gira por Europa y va a llegar en noviembre al Museo Reina Sofía.-Sí, después va al Pompidou de Bruselas y a la Tate Liverpool. -¿Cuáles son tus obras preferidas?-Los colchones y los cuadros que hago ahora, que me dan mucha paz interior. Después las esculturas fragmentadas y las inflables y el happening Kidnappening. Me parece extraordinario haber paralizado Nueva York con esos raptos durante tres días, en 1973.-Además te dieron las llaves del MoMA, ¿no? -Sí, para ensayar. Ese happening fue brutal. También el que hice en Uruguay, pero ese fue un poco violento. -En Kidnappening incluso llegaste a secuestrar alguien y a dejarlo en la mitad de un puente, ¿no?-Hubo todo tipo de secuestros. También el de una enfermera de Miami que estaba de paseo en Nueva York. Vio el aviso que salió en los diarios: “Si quiere ser raptado, venga al museo”. Ella fue raptada y enviada al estudio de Anton Perich, el fotógrafo de Andy Warhol. Ahí le sacaron ahí la venda de los ojos y se enamoró de él. Dejó a su marido y a sus hijos y se quedó a vivir en Nueva York. Me mandó una carta, que está por ahí. -Tu primer happening fue en 1963, cuando quemaste en París las obras que habías realizado hasta ese momento. ¿Por qué las destruiste? -Había dos razones: una muy lógica, que tenía que dejar el taller y volver a la Argentina, y no tenía donde poner esas obras. Entonces, pero las expuse primero mi taller y después invité a otros artistas para que las intervinieran. Una pintaba todo de plateado, Christo vino y me envolvió, yo lancé pájaros al aire y conejos. Siempre me interesó el tema de la libertad, de los pájaros que están enjaulados, que no deberían estarlo. -De hecho, cuando hiciste tu primera muestra en Nueva York, El Batacazo incluía moscas y conejos. Y algunos se murieron, ¿no? -Sí la Sociedad Protectora de Animales cerró la muestra a la semana, después de haber gastado un montón.-¿Y el Partenón de libros prohibidos no está entre tus obras preferidas?-Sí, claro, los dos partenones están en el top como obras geniales. El que hice en 1983 en Buenos Aires pero sobre todo el que hice en la Documenta de Kassel en 2017, porque tenía el tamaño real del Partenón de Atenas y libros prohibidos de muchos países. A partir de ahí empecé a ser muy internacional. Mis obras ya están en cuatro museos de Nueva York, en el Pompidou, en el Reina Sofía, en el Guggenheim de Abu Dhabi... Me gustaría que llegue a los museos de todo el mundo.-En los últimos años exhibiste tus esculturas inflables en ciudades como Nueva York, Miami, Roma y Qatar. ¿Por qué decidiste hacer ese tipo de obras?-Porque permiten la participación de la gente. Amplían mis obras: con estas que tengo acá, puede hacer nuevas esculturas inflables. En realidad, son maquetas: esas esculturas podrían ser de cemento, de todos colores. Pero la escultura inflable se puede trasladar por el mundo, muchísimo más fácil que las cosas pesadísimas. Además, ocupan el espacio como una escultura gigante real, y que la gente la atraviesa y escucha cantos pájaros. Como les voy cambiando los pájaros según el lugar donde van, también tienen que ver con el país en que las hago. Me encanta hacer esculturas inflables.-¿Por qué soles decir que tu arte es “imposible”?-Porque es imposible todo lo que hago. Dije: “Voy a hacer un Partenón de libros con 70.000 libros prohibidos de todas partes del mundo en Kassel”. Y de pronto, lo hice. Para hacer el partenón de 1983, el Grupo Macri puso 25.000 dólares y todo lo demás lo conseguí gratis. -¿Cómo conseguís todos los apoyos?-La fe mueve montañas. Es tal mi convicción, que contagio a la gente. Ahora me resulta más fácil que al principio, porque el Obelisco acostado me costó muchísimo.-Tu lema es “vivir en arte” y lo definís como “un grito de guerra”. ¿Podrías ampliar esos conceptos?-Hay que luchar muchísimo para vivir en arte. Mi vida se convirtió en un milagro desde que empecé a vender mis obras, porque puedo seguir haciendo lo que quiero. Cuando hice el Carlos Gardel de fuego en Colombia, en 1981, también expuse la Venus cayendo de bronce y la vendí. Para las instalaciones no me daban un centavo.-¿Por qué empezaste a fragmentar las esculturas?-Porque cuando volví de Estados Unidos, el argentino era un ser fragmentado. Tenía que adaptarse al cambio de gobiernos, de dinero, de sistema social.-Detrás de la obra Pandemia escribiste una suerte de diario. Ahí decís que sobreviviste a un golpe mortal en 2021: la muerte de Bebe, tu compañero de toda la vida y padre de tus dos hijos. ¿Qué te ayudó a atravesar ese duelo?-Hacer ese cuadro. Por eso quiero que quede en el Museo de Bellas Artes, siempre expuesto. No lo voy a vender nunca, prefiero que quede acá.-Podrías haberte quedado en París o Nueva York. ¿Por qué volviste a la Argentina? -Porque amo Buenos Aires y el sur, que es mi lugar en el mundo. En Villarino llegué a ser guía para turistas a caballo, pero ahora no puedo porque está todo lleno de alambrados.-¿Qué te gusta de este país?-Todos los paisajes que tiene; son maravillosos. Y la gente, que es muy espontánea. No podría vivir en otro lugar, me gusta acá. Y me gustaría que mis obras estuvieran en todas las provincias. Acabo de donar una a Salta y estamos conversando con el gobierno de Jujuy para que haya otra en el Centro Cultural Lola Mora. -Entre otros premios, ganaste el Nacional del Instituto Torcuato Di Tella, un Konex de brillante y
Fuente: La Nación