El jardín que viene: menos césped, menos agua y más biodiversidad

Un manto verde, perfectamente cortado y uniforme fue, durante décadas, sinónimo de orden, cuidado y buen gusto en el jardín. Pero ese modelo empezó a perder terreno. El aumento de las temperaturas, las restricciones de agua, el costo de mantenimiento y una nueva manera de entender el paisaje impulsan un cambio de paradigma: cada vez más jardines reducen la superficie de césped para dar lugar a composiciones más diversas, resilientes y ya no tan homogéneas.La pregunta no es si un jardín necesita césped, sino cuánto. Y, en muchos casos, la respuesta es: mucho menos de lo que imaginábamos.No se trata de eliminarlo por completo, porque el césped sigue siendo una excelente opción en espacios destinados al juego, al descanso o al tránsito frecuente. El cambio consiste en dejar de utilizarlo como una alfombra obligatoria que cubre cada rincón del terreno.Los paisajistas actuales reservan el césped para los sectores donde realmente cumple una función y reemplazan el resto por especies que aportan textura, flores, refugio para la fauna y un mantenimiento considerablemente menor. El resultado son jardines mucho más dinámicos, donde cada estación ofrece una escena distinta.Menos trabajo, más diversidadLos cubresuelos son una de las alternativas que más espacio ganaron en los últimos años. Se expanden rápidamente, cubren el sustrato, reducen la aparición de malezas y ayudan a conservar la humedad. Además, muchos ofrecen floraciones prolongadas que atraen abejas, mariposas y otros polinizadores.Entre las especies más utilizadas en nuestro país aparecen Dichondra repens, que forma una alfombra verde muy suave; Phyla nodiflora, una nativa que tolera el pisoteo moderado y florece durante buena parte del año; Hedera canariensis, una hiedra que crece tanto a pleno sol como a la sombra (conviene controlarla porque puede ser invasora); Hypericum calycinum, una rastrera con hojas perennes y hermosas flores amarillas en verano; Vinca major, un caballito de batalla muy resistente que aporta flores lilas y follaje verde lustroso pero puede ser invasor; Salvia procurrens, una nativa que presenta flores azules al principio de la primavera, o el pasto inglés (Ophiopogon japonicus), un pastito con forma de peluca, de color verde oscuro, muy decorativo.El mantenimiento de grandes superficies de césped demanda tiempo, agua y recursosEl regreso de las praderasInspiradas en los paisajes naturales, las praderas naturalistas son una de las grandes tendencias del paisajismo internacional. En lugar de canteros rígidos, combinan gramíneas ornamentales con herbáceas perennes y especies nativas que cambian de aspecto a lo largo de las estaciones.El objetivo no es lograr un jardín perfectamente prolijo, sino uno que evolucione con el tiempo, ofrezca alimento para insectos y aves y reduzca al mínimo las tareas de mantenimiento.Gramíneas como Paspalum quadrifarium, Nassella tenuissima o Panicum virgatum, junto con especies florales como Verbena bonariensis, Salvia guaranitica, Gaura lindheimeri o Eryngium pandanifolium, aportan movimiento incluso en invierno, cuando las flores dejan paso a semillas y espigas doradas.Belleza con muy poca aguaOtra tendencia que gana espacio son los jardines de grava. Popularizados por paisajistas europeos, consisten en utilizar una cobertura mineral —grava o piedra partida— donde crecen plantas adaptadas a condiciones secas. Además de reducir drásticamente el consumo de agua, la grava limita el crecimiento de malezas, mejora el drenaje y genera composiciones de aspecto contemporáneo.Lavandas, romeros, santolinas, gauras, salvias y numerosas especies nativas encuentran allí un ambiente muy favorable para desarrollarse.Los jardines empiezan a parecerse más a los ecosistemas naturales: mezclan especies, aceptan la espontaneidad y privilegian la diversidad Un jardín pensado para el clima que vieneMás que una moda, estas propuestas responden a una realidad. Los períodos de sequía son cada vez más frecuentes, las lluvias se concentran en eventos intensos y el mantenimiento de grandes superficies de césped demanda tiempo, agua y recursos.Frente a ese escenario, los jardines empiezan a parecerse más a los ecosistemas naturales: mezclan especies, aceptan cierta espontaneidad y privilegian la diversidad sobre la uniformidad.Reducir el césped también significa abrir espacio para la biodiversidad. Las flores ofrecen néctar a polinizadores, las gramíneas sirven de refugio para insectos beneficiosos y las plantas nativas producen semillas y frutos que alimentan a las aves. Incluso la estructura del jardín cambia: aparecen distintas alturas, colores, texturas y movimientos que enriquecen la experiencia de recorrerlo.Paradójicamente, cuanto menos se intenta controlar cada centímetro del paisaje, más vivo se vuelve el jardínEl nuevo desafío consiste en diseñar espacios capaces de evolucionar con las estaciones, dialogar con el clima y convertirse en pequeños refugios para la naturaleza sin renunciar a la belleza.

Fuente: La Nación