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Dioses, mitos y tótems de la longevidad en caída libre
“Estuve pensando y me pregunto si no llevé este tema de la longevidad demasiado lejos”, posteó en la red social X, hace unos días, el empresario tecnológico Brian Johnson, famoso por sus excentricidades en tratamientos y terapias para permanecer joven, que le cuestan dos millones de dólares al año. Entre sus últimas decisiones habían figurado transfusiones de sangre de su hijo adolescente y el anuncio de que pensaba clonarse a sí mismo como bebé para poder “cosechar” órganos más adelante y usarlos él mismo para no morirse. Lo de “demasiado lejos” parece ser literal, y, por lo menos, lo reconoce.La agenda de la “longevidad extrema” estalló en los últimos tiempos, en una montaña rusa que en las subidas muestra avances de ciencia ficción en el campo de la salud y el bienestar general, pero que en las bajadas se lleva puestos a tótems y personajes icónicos que, de un día para el otro, pierden todo su prestigio y credibilidad.José Antonio Marina. El filósofo español revela cuál es el mayor error en la educación de las nuevas generacionesEl caso de Johnson no es el único. Uno de los principales divulgadores de la temática de longevidad en el mundo, el médico Peter Attia, vivió una debacle tres meses atrás, cuando el Departamento de Justicia estadounidense liberó un nuevo lote de documentos del caso Jeffrey Epstein. Su nombre aparece más de 1700 veces en esos registros, que incluyen intercambios de mails de tono amistoso y subido de tono con Epstein entre 2015 y 2016. La filtración le costó caro: renunció como colaborador de CBS News, dejó su cargo de jefe científico en David Protein (marca de barras proteicas) y la empresa de suplementos AG1 también lo descartó como asesor. Hasta el momento, el autor de Outlive no fue acusado de ningún delito, pero el caso golpeó fuerte su credibilidad como referente de la ciencia de la longevidad.Dos libros nuevos, publicados en inglés, se pusieron a indagar en “el lado B” de la agenda de longevidad. En Morbid: Debunking Modern Longevity Science, del biólogo australiano Saul Justin Newman (ganador de un Ig Nobel en 2024), sostiene que gran parte de los registros de superlongevidad (como las famosas “zonas azules” de Cerdeña, Okinawa, Nicoya e Icaria) están contaminados por errores administrativos, destrucción de registros civiles en guerras y desastres, y directamente fraude previsional (personas que ocultan la muerte de un familiar para seguir cobrando su pensión). El segundo libro es Eat Your Ice Cream: Six Simple Rules for a Long and Healthy Life (Comé tu helado), de Ezekiel Emanuel. En vez de perseguir suplementos, biomarcadores o rutinas extremas, el autor propone reglas simples y sostenibles (dieta razonable, ejercicio moderado, sueño, vínculos sociales) y advierte contra la obsesión por métricas de optimización, incluyendo el permiso de “comerse el helado” sin culpa. Khullar usa ambos libros para argumentar que la ciencia de la longevidad moderna combina mala metodología, incentivos comerciales (la industria del bienestar y las “zonas azules” convertidas en marca de cientos de millones de dólares) y una cultura de biohacking que promete más certeza de la que los datos permiten, concluyendo que el camino más confiable hacia una vida larga sigue siendo “aburridamente simple”."Los neuroaromas". Qué dice la neurociencia sobre los efectos del perfume en el cerebroLas caídas en desgracia de 2026 no se limitan a personas, gurús o zonas geográficas, sino que también hay terapias de moda que pasaron a ser ampliamente cuestionadas. Es el caso del NAD+, uno de los suplementos antienvejecimiento más promocionados de los últimos años, respaldado por celebridades como Gwyneth Paltrow, Kendall Jenner, Hailey Bieber y por influencers de la longevidad como Andrew Huberman, Bryan Johnson o Peter Attia. La premisa que sostenía su venta era que los niveles de esta molécula, clave para el metabolismo celular, caen con la edad, y que suplementarla ayudaría a envejecer mejor. Pero dos estudios recientes —uno publicado este año en Nature Metabolism y otro como preprint en bioRxiv, ambos sobre muestras de sangre de más de 300 personas de distintas edades y condiciones físicas— no hallaron evidencia de que los niveles sanguíneos de NAD+ disminuyan con la edad. Científicos como Matt Kaeberlein (Universidad de Washington) y Riekelt Houtkooper (quien dirigió uno de los estudios), señalan que la idea del declive del NAD+ con la edad surgió hace 20 años de estudios en levaduras, gusanos y ratones, y que “superó a los datos reales” antes de que hubiera evidencia sólida en humanos: apenas entró al mercado de suplementos, dicen, “la necesidad de datos se esfumó y todo se convirtió en un ejercicio de marketing”.
Fuente: La Nación