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¿Dos conflictos o una “megaguerra”? Ucrania e Irán, dos escenarios cada vez más entrelazados
Vladimir Putin y Donald Trump tienen varias cosas en común, pero la que tuvo efectos más desconcertantes para el mundo es que ambos lanzaron guerras que pensaban que serían un breve paseo por el parque y terminaron atrapados en pantanos estratégicos. Mientras que el jefe del Kremlin preveía una “operación militar especial” de pocos días en Ucrania hace más de cuatro años, Trump lanzó su “pequeña excursión” contra Irán el 28 de febrero con la promesa de que duraría apenas cinco semanas. Los dos conflictos no solo continúan, sino que ya están entrelazados de tal forma que no pueden analizarse por separado. Las guerras en Irán y Ucrania se cruzan de manera constante en los planos militar, diplomático, estratégico y energético, y recientemente un ataque en el Caspio hizo temer que confluyan en un mismo conflicto.“Bienvenidos a la megaguerra”, fue el título catástrofe que eligió un columnista de la revista Fortune para graficar este nuevo escenario en el que cada vez más mares, del Rojo al Negro, y cada vez más países, de Egipto a Alemania, pueden ser escenarios de ataques inéditos.Las guerras se tocanEl punto de fricción más directo de esta convergencia ocurrió recientemente en las aguas del Mar Caspio, considerado hasta ahora un refugio seguro para el comercio entre Teherán y Moscú. Allí, hace dos semanas, drones ucranianos de largo alcance atacaron el carguero iraní Anna, que, según Kiev, transportaba componentes para los mismos drones y misiles que Rusia usa desde hace cuatro años contra ciudades ucranianas. Teherán denunció una “aventura peligrosa” y Ucrania respondió que estaba interrumpiendo una cadena logística militar. Irán estaba preparado para lanzar ataques contra tres objetivos en Ucrania antes de cancelar la operación tras una “disculpa” de Kiev, según declaró el lunes pasado un alto asesor militar del líder supremo iraní.Convertido en una arteria logística entre el puerto ruso de Astracán y el iraní de Anzali, el Caspio ofrece una ventaja estratégica tanto para el Kremlin como para Teherán. Por ser un mar cerrado, queda fuera del alcance de la vigilancia naval occidental. Por allí circulan equipos, componentes y tecnología militar que alimentan una alianza cada vez más profunda entre ambos regímenes.Más allá de los choques directos, ambos países comparten estrategias de guerra asimétrica contra grandes potencias. Tanto Ucrania como Irán demostraron que tecnologías relativamente baratas, como los drones y municiones guiadas, pueden desafiar a ejércitos convencionales superiores. Este “laboratorio militar” compartido permite que las innovaciones probadas en el frente ucraniano sean rápidamente adaptadas y desplegadas en el Golfo Pérsico y viceversa.Putin pesca en río revueltoPara Witold Rodkiewicz, investigador del Centro de Estudios Orientales (OSW) de Varsovia y uno de los especialistas que mejor conoce la política exterior rusa, para Vladimir Putin la guerra en Irán se convirtió en una oportunidad estratégica en un momento en que su campaña en Ucrania se estanca y enfrenta una creciente presión dentro de Rusia.“Desde una perspectiva rusocéntrica, este conflicto ofrece a Rusia beneficios fundamentales”, explica Rodkiewicz a LA NACION. Las ventajas se potencian entre sí. La guerra eleva el precio del petróleo y aumenta la demanda de hidrocarburos rusos, obliga a Estados Unidos a desviar atención y recursos militares y reduce la disponibilidad de armamento para Ucrania. También deteriora la relación de Washington con varios de sus aliados y vuelve a Moscú un socio todavía más valioso para China e Irán.La consecuencia más importante es militar. “Hay menos armas disponibles para Ucrania. Y si Rusia decide escalar en Europa, las fuerzas estadounidenses ya estarán comprometidas en Medio Oriente”, resume el analista.La convergencia entre las dos guerras se refleja en el campo de batalla desde hace tiempo. Los drones iraníes Shahed-136, que Rusia comenzó comprando al régimen como una solución de emergencia, hoy son coproducidos en masa en la planta de Alabuga, en el Tartaristán ruso. El intercambio creó un circuito de retroalimentación militar. Después de miles de misiones sobre Ucrania, Moscú ahora devuelve a Irán versiones mejoradas de esas armas, perfeccionadas por su uso en una guerra de alta intensidad.Para Rodkiewicz, además, la cooperación va más allá de la fabricación de armamento. “Estoy seguro de que Moscú ayuda a Irán de formas que pueden negarse oficialmente: inteligencia, selección de objetivos y guerra electrónica”, afirma. En otras palabras, una alianza suficientemente profunda como para influir en el desarrollo de la guerra, pero lo suficientemente opaca como para evitar una confrontación abierta con Occidente.Este último punto es vital para los intereses de Putin, que sabe jugar al límite para enviar mensajes y al mismo tiempo evitar una confrontación directa con la OTAN. “Moscú sigue interesado en evitar una confrontación directa con Washington. Todavía mantiene —aunque cada vez menos— la esperanza de poder manipular a Trump para obligar a Kiev a capitular ante las demandas rusas”, sostiene el investigador polaco. Esa lógica ayuda a entender los reportes que circularon en los primeros días de la guerra de Irán que apuntaban a que enviados del Kremlin le ofrecieron a Washington la posibilidad de limitar la cooperación de inteligencia con Teherán a cambio de una reducción del apoyo norteamericano a Ucrania.¿Dónde están los misiles?Ucrania no permanece pasiva ante este escenario. En lugar de limitarse a defender sus fronteras, el gobierno de Kiev busca involucrarse activamente en Medio Oriente, ofreciéndose como un proveedor estratégico de know how en defensa contra drones para las monarquías del Golfo Pérsico, como Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos. El presidente Volodimir Zelensky hizo giras diplomáticas para posicionar a Ucrania como un socio tecnológico indispensable que enfrenta al mismo “eje” que amenaza a esos países árabes.Pero mientras Ucrania exporta la experiencia adquirida a sangre y fuego en los campos de batalla, enfrenta simultáneamente una demanda crítica de misiles antiaéreos para sostener su propia infraestructura ante los ataques rusos.Un problema que empieza a ser compartido también por Estados Unidos, la mayor potencia mundial, que siente el desgaste del combate en dos frentes. El faltante de misiles y sistemas de defensa se ha convertido en una pesadilla estratégica. Las reservas de interceptores Patriot y THAAD se han reducido drásticamente (se estima que los Patriot cayeron de 2300 unidades antes de la guerra con Irán a apenas unas 800). Según reveló The Washington Post esta semana, esta situación provocó un fuerte choque de Trump con su secretario de Defensa, Pete Hegseth, en Camp David, desmentido oportunamente por la Casa Blanca.Trump puso paños fríos en los últimos días a los desesperados pedidos de Zelensky para que lo ayude a reforzar sus defensas. “Nosotros también queremos misiles”, le respondió este jueves Trump, que volvió a culpar a la administración de Joe Biden por haber drenado las reservas norteamericanas al dar municiones a Ucrania. En una columna publicada esta semana en The Washington Post, John Bolton, que fue asesor de Seguridad Nacional en el primer mandato de Trump, advierte que el problema es más profundo que una disputa por el reparto de misiles. “No sorprende que los conflictos de Ucrania e Irán hayan estado siempre entrelazados, con complejas conexiones que existían mucho antes de las últimas semanas”, escribió.El vínculo, según Bolton, se apoya fundamentalmente en la cooperación militar entre Teherán y Moscú: Irán lleva años suministrando drones y otras capacidades militares a Rusia, mientras el Kremlin ha respondido con inteligencia militar y otro tipo de asistencia. A esa trama se suman China, que también proporciona inteligencia a Rusia, y Corea del Norte, que aporta tropas y armamento. Según Bolton, todos estos vínculos deben entenderse dentro de una estructura mayor, marcada por el acercamiento entre Xi Jinping y Putin y por una red de países que incluye a Irán, Bielorrusia y Corea del Norte.“Minimizar las interconexiones, un recurso habitual de Trump, no hace que desaparezcan ni reduce su importancia para la estrategia estadounidense”, escribió Bolton. En su opinión, la llamada “guerra más amplia” no es una amenaza futura sino una realidad que ya está en marcha y que obligará a Washington a decidir cómo distribuye sus recursos entre los distintos frentes.Vulnerabilidad europeaFinalmente, para Europa la convergencia entre las dos guerras tiene además una dimensión energética crítica. Si la invasión rusa de Ucrania en 2022 obligó al continente a transformar a toda velocidad su matriz energética y reducir su dependencia del gas ruso, la guerra con Irán abrió un nuevo frente de vulnerabilidad por el petróleo y el gas que llegan desde el Golfo.Europa no enfrenta por ahora el riesgo de quedarse sin gas, sino el de tener que pagar cada vez más caro para asegurarse el abastecimiento del próximo invierno.Según reveló The New York Times, las reservas de gas de la Unión Europea están apenas 54% llenas, el segundo nivel más bajo para esta época del año desde 2011 y el menor registrado en julio desde 2021, cuando Rusia comenzó a restringir deliberadamente el suministro al continente. La guerra con Irán agravó el problema al dificultar el tránsito de los barcos por el Estrecho de Ormuz, por donde antes del conflicto circulaba aproximadamente una quinta parte del GNL mundial, principalmente proveniente de Qatar.El impacto ya se siente en los mercados. El precio mayorista del gas europeo llegó en junio a su nivel más alto desde el comienzo de la guerra con Irán. Con el tránsito por Ormuz todavía comprometido y los daños sufridos por la infraestructura energética de Qatar, Europa enfrenta más dificultades para reponer sus reservas justo durante los meses en que debería estar acumulándolas para pasar el invierno.
Fuente: La Nación