La dimensión mitológica de Don Segundo Sombra

En el año del centenario de Don Segundo Sombra, ícono de nuestra literatura, repetiré lo que siempre se dijo: de los tipos rurales de la campaña, Güiraldes encarnó para siempre al resero. Sin embargo, al decir encarnó para siempre, resalta la primera cualidad del libro que nos ocupa: la de ser un clásico. Es decir, un texto que jamás perderá vigencia, más allá de que, camiones y pavimentos mediante, poco queda del más macho de los oficios, al decir de Don Ricardo. Además, como corresponde a un clásico, otra cualidad ha de aflorar siempre. Me refiero a que, en su relectura, hemos de encontrar algo nuevo, un matiz, alguna evidencia que no supimos advertir con anterioridad. Diré cuál fue para mí, en esta tercera visita a sus páginas: los diálogos, del primero al último. Son de una verosimilitud y un vuelo superlativos. Tengo la seguridad de que no erró en ninguno. La mención de clasicismos retrotrae a la antigua Grecia. Hay en su mitología unas personalidades que vienen a cuento, por ser Don Segundo de su estirpe. Me refiero a los héroes, esos seres mitad humanos, mitad dioses: Hércules, Aquiles, Odiseo… Pues bien: ¿alguien duda que Don Segundo Sombra lo es? ¿Qué misterio trae desde su origen, ignorado hasta por Güiraldes? ¿De dónde surge Don Segundo, más allá de haber nacido en San Pedro? ¿Qué deidad telúrica contribuyó a su molde y existencia? ¿Es por eso -lo dice el autor- que termina siendo más una idea que un hombre? Fabio Cáceres, el afortunado discípulo, lo irá sugiriendo a lo largo de la trama... Esa tranquilidad con que debía tomar las cosas... como si le quedaran chicas… Porque lo hecho por Don Segundo bien hecho debía estar… Cuando todos estaban de ida hacia la muerte, él venía de vuelta… Y hasta para divertirme tuve en él a un maestro…Incluso en asuntos del trasmundo revela Don Segundo su condición mitológica. Y su parentesco con Martín Fierro en no espantarse ante fantasmas ni bultos que se menean. Así, en aquel rancho del Tuyú, cuando el dueño de casa, premoniciones mediante, protagoniza un espeluznante episodio nocturno en su pieza ante un Fabio aterrorizado, nuestro personaje sabrá desempeñarse:Por fin la luz de la luna fue interceptada. Comprendí que mi padrino estaba allí. Escuché su voz tranquila: “Nómbrese a Dios”.Hay también en el libro una reivindicación de La Sombra en sí, comúnmente asociada a lo tenebroso o ambiguo, más cercana al vicio que a la virtud. Güiraldes la reivindica. Toma -se me antoja- la 5ª acepción que trae el Diccionario de la Real Academia Española: “Asilo, favor, defensa.” ¿Y qué fue, sino eso, Don Segundo para Fabio Cáceres? Además, en su reivindicación de La Sombra, Güiraldes se suma a una tradición que canta a las copas de ombúes y talas, a abrevaderos bajo frondas que mitigaron el andar del hombre rural. Curiosamente, Fabio Cáceres se desplaza entre sombras que le son propicias. Pasa de la primera sombra usual a la segunda, la de su padrino, a cuyo cobijo ha de enderezar su vida: Como de costumbre, había yo venido a esconderme bajo la sombra fresca de la piedra…Porque Fabio Cáceres, el guacho, el mocito abandonado, rescatado por el resero para que él se abroje a sus ejemplos, estaba llamado a convertirse en un vivillo o truhan, un personaje a integrar la larga saga de buscones y picarescos tan bien descriptos en la literatura universal. El mismo se confiesa: Mi reputación de dicharachero y audaz iba mezclada con otros comentarios que yo ignoraba. Decía la gente que era un perdidito y que concluiría, cuando fuera hombre, viviendo de malos recursos… Bien, vayamos a lo profundo. La espuma -entrañable, por cierto- es la baquía en oficios y menesteres del campo. Con respecto a la hondura, digámoslo de una vez: Don Segundo, en un plano alado, metafísico, asciende sobre el gaucho-resero y configura otro arquetipo: representa La Rectitud, La Conducta. Es eso y no desempeñarse en oficios -aunque esto haga a la redondez del personaje- lo que termina haciendo de Fabio Cáceres un hombre de bien. Y todo bajo el trasfondo de la llanura, ese paisaje de espejismos, que antoja protagonizar un sueño a puro cielo. Y cuyo centro, paradojalmente, es la lejanía, ese horizonte siempre a mano, siempre lejos, siempre moldeando a sus trashumantes: Tenían alma de reseros, que es tener alma de horizonte… Se movían como captados por una idea fija: caminar, caminar, caminar…Y estos varones trajinan, entre rodeos, boliches y enseres de trabajo, una pampa novedosa para las letras gauchescas, sin indiadas ni desiertos sin límites. Unas extensiones con escenarios establecidos, incorporados a modos de producción modernos que Güiraldes señala entre exquisitas comparaciones: Los gajos verdes de nuestra leña silbaban, para reventar como lejanas bombas de romerías… Las toscas costeras exhalaban como un resplandor de metal…Y de repente, tras una suma de disfavores para Fabio Cáceres, sucede algo que pinta el alma gaucha. Porque habrá que recorrer mundo para hallar tipos humanos que se violenten al mejorar fortuna. Y eso le sucede al joven: por herencias de un padre del cual poca noticia quedaba, se transforma de repente en hombre rico, termina estanciero. El desasosiego, el perder su condición, lo desquicia. Mira al campo de otra manera. Disgustado con el mensaje, reta a duelo al mensajero. Y una vez más interviene su padrino, a partir de allí “su tata”:Empezá por no enojarte ni andar atropellando, que más bien necesitás de tu tranquilidá…Bien pudo Güiraldes, en símiles con Hernández, soltar un yo sé el corazón que tiene/ el que con gusto me lee… Le cabe con exactitud.

Fuente: La Nación