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Pablo Stefanoni: “La derecha radical gana porque se come los votos de la centroderecha”
De personajes exóticos, folklóricos o “anómalos” a líderes que gobiernan o disputan el poder y redefinen agendas, adversarios y lenguajes. De fenómenos sorpresivos, marginales o pasajeros a fuerzas que ganan o pierden elecciones, pero están en el centro de la escena. Son las nuevas derechas o derechas radicales. Son una marca de época. Son la nueva normalidad.Ese ha sido el campo de estudio del ensayista y periodista Pablo Stefanoni. En 2021, publicó ¿La rebeldía se volvió de derecha? (Siglo XXI Editores), un texto fundamental para entender las nuevas derechas que ya estaban presentes en Europa y en los Estados Unidos. Aunque en ese momento Javier Milei ni siquiera era candidato, aquel ensayo fue premonitorio de los cambios políticos que llegaron a la mayoría de los países de la región en estos últimos años, incluida la Argentina.No había en Stefanoni una pretensión de anticipar, denunciar o descalificar, cuenta. Fue, simplemente, una intuición y una atracción: un intento por entender ese submundo de personajes que eran sintomáticos, pero a la vez, excéntricos.“Cuando les contaba a los amigos que estaba escribiendo ese libro me miraban como diciendo: ‘estás estudiando una tribu aislada, una tribu urbana que es interesante en sí misma, pero que no tiene proyección´. Yo mismo tenía muchas dudas sobre si eso era un fenómeno suficientemente denso o si estaba yo tratando de volverlo importante para justificar mi libro. Trump venía de perder, Bolsonaro ya había perdido y se podía pensar que podía ser un ciclo que amenazaba pero pasaba de largo”, explica Stefanoni, doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires y jefe de redacción de la revista latinoamericana Nueva Sociedad.Cinco años después, cuando esas derechas radicales -diferentes en sus orígenes y repertorios, con líderes que pueden ser o no outsiders- pasaron a ocupar el centro de la escena en distintos países, Stefanoni publica Un fantasma recorre el mundo (Siglo XXI Editores), un ensayo que analiza cómo funcionan las nuevas derechas y aborda los debates de estos tiempos: si son o no fascismo; el papel del wokismo y el antiwokismo de izquierda, y la relación entre extrema derecha, Israel, el anti-antisemitismo y la islamofobia.Para explicar la velocidad con la que estos fenómenos se aceleraron y transformaron el sentido común, Stefanoni cree que, además de interpretar el malestar, esas nuevas fuerzas lograron absorber el electorado de las centroderechas tradicionales y liberales conservadores que, convertidas en statu quo, al igual que las izquierdas, perdieron toda capacidad de interpelación. “La derecha tradicional deja de contener y empieza a haber una derecha radical que hace el sorpasso. En realidad, la derecha gana porque se traspasan votos, sobre todo de la derecha más convencional”, señala.Con respecto a los gobiernos de izquierda que gobernaron en algunos países de América Latina, Stefanoni considera que ese bloque está agotado. “Todos sus líderes están en presos o exiliados. Discursos que hace 20 años interpelaban multitudes, hoy no interpelan nada o muy poco. El progresismo no tiene ni banderas de movilización ni líderes. Y me parece que se agotó porque las refundaciones no pasaron, y muchos de los discursos más épicos no ocurrieron”.-En ¿La rebeldía se volvió de derecha? analizabas el fenómeno de las nuevas derechas en Estados Unidos y en Europa. Ese ensayo anticipó lo que luego sucedería en América Latina y en la Argentina. Pasaron 5 años, esas derechas gobiernan o disputan poder. Esos líderes exóticos pasaron a ocupar el centro de la escena. ¿Cómo ves ese proceso?-Aunque mi libro tenía ese título provocativo y era una pregunta, buscaba captar el hecho de que las nuevas derechas se habían vuelto más trasgresoras y disruptivas que los viejos neoconservadores, y que eso estaba transformando la forma en la que se estructuraban los campos políticos y se canalizaban el inconformismo, el enojo social e incluso la ira. Y cuando les contaba a los amigos que estaba escribiendo ese libro, me miraban como diciendo: “Estás estudiando una tribu aislada, una tribu urbana que es interesante en sí misma, pero que no tiene proyección”. Yo mismo tampoco estaba seguro de qué iba a pasar. Trump venía de perder, Bolsonaro ya había perdido y se podía pensar que finalmente podía ser un ciclo que amenazaba pero pasaba de largo. Después viene el intento de toma del Capitolio, que le da la forma perfecta de la rebeldía de derecha. Y también en el plano internacional aparecían figuras como Curtis Yarvin, por ejemplo, que era un neoreaccionario muy marginal, pero que, de pronto, empieza también a tener más repercusión, y hoy puede ser leído por JD Vance, el vicepresidente de Estados Unidos. Esos personajes medio grotescos, exóticos, medio chiflados, quizás siguieron siendo chiflados, pero pasaron de los márgenes al centro de la política. Y en la Argentina veía que había muchos jóvenes, muy jóvenes, casi pos adolescentes, que estaban siguiendo fenómenos como el de Milei que, efectivamente, no era candidato, pero que ya era una figura pública: aparecía en la televisión, podía romper libros de Keynes, insultar y hablar mucho de economía. Y lo hacía introduciendo en la Argentina un discurso novedoso, que era el anarcocapitalismo y nombres como Murray Rothbard, que eran absolutamente desconocidos. Esa forma de libertarismo llevaba adelante algo novedoso en la Argentina, una defensa muy épica del capitalismo.-Igualmente, en ese momento, la Argentina parecía estar al margen de esos fenómenos.-Sí, se decía: “Acá no hay lugar para un outsider porque hay dos grandes coaliciones, peronismo y antiperonismo articulado en torno al macrismo; hay cordón sanitario, la Argentina tiene anticuerpos”. Parecía no haber condiciones para la emergencia de Milei, porque además había como ciertas leyes de hierro: que no podés ganar si no tenés territorio, gobernadores, intendentes. Y ahí viene la sorpresa. Me parece que Milei, con sus propias características, porque cada país tiene su derecha, expresó casi de manera radical la idea del libro: un rockstar de derecha que viene y se lleva puesto al sistema. Y cinco años después, lo que vemos es que eso, que era marginal o medio folclórico, que no hubiera sorprendido si perdía (“ganó Massa porque enfrente tenía un loco”) se normalizó, y esas sorpresas dejaron de ser sorpresa. Primero fue la sorpresa del Brexit, después, la de que volviera Trump y de que ganara Bolsonaro, y hoy no nos sorprendemos si gana De la Espriella o Kast o cualquiera, ¿no?-Es interesante: la Argentina, que siempre se ha pensado a sí misma en términos excepcionales, pero siempre funcionó acorde a los vientos de época y la región: la ola democratizadora de los años ochenta, el Consenso de Washington en los noventa, el progresismo de los 2000 y ahora, Milei. La Argentina no es especial: es normal.-Por distintas razones, muchos países pensaron tener anticuerpos con la extrema derecha. Con el tema del peronismo y el sistema bicoalicional, siempre estaba en la Argentina esa idea de excepcionalidad o por lo menos, de inmunidad. En España también se decía que había una excepcionalidad, porque el Partido Popular ya contenía la derecha más clásica y también, un ala más dura que venía del franquismo. Pero aparece VOX. Portugal siempre decía que tenía una cultura política mucho más moderada y aparece Chega. Alemania tenía una política de la memoria y toda una cultura cívica pos Holocausto y ahora Alternativa para Alemania es de los más radicales de Europa. El caso argentino tiene una particularidad: Milei es un outsider con un discurso que ni existía en Argentina, más allá de que lo aplique o no y salió de la nada misma. De la Espriella podría ser otro outsider. En los años noventa, en América Latina también había outsiders, pero eran más neoliberales y eran países en donde el sistema político se había roto: Perú, por ejemplo. Lo que es interesante de la Argentina es que Milei llega sin que el sistema político se hubiera roto del todo. Podría decirse que estaba debilitado, que estaba crujiendo por muchos sentidos, pero el peronismo seguía ahí; y el Pro, también. En Perú desaparecieron los partidos.-¿Qué cosas pasaron o cambiaron para que estos políticos, cuyas prédicas, propuestas, estilos y lenguajes no hubieran tenido lugar en otro momento, hoy gobiernen y se hayan integrado a la escena política electoral?-Las razones por las que gana la extrema derecha en cada país son súper diferentes. Por ejemplo, en España, Vox crece al comienzo por el independentismo catalán, con el líder de una España que se estaba dividiendo, partiendo. Marine Le Pen crece por la inmigración, sobre todo. Trump habla mucho de la desindustrialización, de los problemas de la globalización. Milei gana por la inflación. Kast gana por la inmigración venezolana, que es distinta a la europea, donde está el tema del islam. Lo interesante es que, pese a todo, en distintos países, por distintas razones y distintos malestares, la opción, en muchos lugares, parece ser la derecha. Algunos lo anclan en 2008, un momento de crisis global. Creo que hay un fenómeno de reacción antiprogresista y hay algo que ya se veía venir: que la derecha tradicional deja de contener, y empieza a haber una derecha radical que hace el sorpasso. En realidad, la derecha gana porque se traspasan votos, sobre todo de la derecha más convencional.-Se diluye el centroderecha y se corre todo a la derecha.-Donde gana la derecha radical es porque le comió los votos a la centroderecha. No hay ningún caso donde gane la derecha radical sin que la derecha caiga: pasó con Milei, que se comió al Pro, y con Kast, que se comió al piñerismo. Ahora con De la Espriella, que se come al uribismo. Y, de hecho, donde la derecha tradicional no cae, como el PP en España, a la extrema derecha le cuesta. En términos generales, me parece que hay una voluntad de patear el tablero y que ese malestar hace que la gente incluso quiera patearlo más allá de saber exactamente dónde
Fuente: La Nación