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Más allá de los falsos dilemas: un consenso para transformar el potencial productivo en desarrollo
Escrito sobre la base de un artículo para el Boletín Informativo TechintA pesar de más de una década de volatilidad macroeconómica, estancamiento económico, y pérdida de participación en los mercados internacionales; el país conserva una estructura productiva compleja y diversificada. Cuenta con empresas con décadas de aprendizaje acumulado, recursos humanos calificados, instituciones científicas y tecnológicas relevantes y capacidades industriales como pocos países en desarrollo. El gran desafío para la etapa que viene es poner en valor esos activos productivos para generar un proceso sostenido de crecimiento. La estabilidad macroeconómica es una condición necesaria pero no suficiente: el desarrollo requiere además construir un entorno que permita a esas capacidades desplegarse, escalar y multiplicarse. La economía argentina tiene fortalezas significativas. La industria manufacturera representa cerca del 19% del valor agregado bruto y del empleo formal, genera más de la mitad del gasto privado en investigación y desarrollo, y sostiene una amplia red de proveedores y servicios asociados, multiplicando empleo y producción en otros sectores. Existen capacidades importantes en sectores tradicionales como alimentos, metalmecánica, siderurgia, química y automotriz, pero también en áreas de frontera como biotecnología, industria farmacéutica, energía nuclear, tecnología satelital y servicios basados en el conocimiento. Estas capacidades constituyen una plataforma concreta para volver a crecer. Sin embargo, durante décadas la discusión económica argentina estuvo atravesada por falsos dilemas: recursos naturales o industria; mercado interno o exportaciones; Estado o mercado; grandes empresas o PyMEs. La experiencia internacional demuestra que los países que lograron desarrollarse combinaron y complementaron cada una de sus ventajas comparativas en lugar de excluirlas. Por caso, pusieron en valor los recursos naturales con conocimiento, innovación, inversión y capacidades productivas. En el mundo actual, este debate se vuelve aún más relevante. Durante las últimas décadas, las cadenas globales de valor se organizaron bajo la lógica del “just in time”: producir donde resultara más eficiente, reducir inventarios y profundizar la especialización internacional. La pandemia, las tensiones geopolíticas y la rivalidad entre Estados Unidos y China impulsaron el paso hacia el “just in case”: cadenas más resilientes, diversificadas y localizadas en países considerados confiables. En este escenario aparece el denominado “China Shock 2.0”. China ya no compite únicamente por bajos costos laborales, sino también por escala, tecnología, infraestructura, financiamiento y subsidios. Según un estudio reciente de la OCDE, el 22% de las ganancias de participación en el mercado global de sus empresas se explica por los apoyos estatales recibidos. En el caso de las grandes empresas chinas, esa proporción se acerca al 60%. Estos instrumentos permiten reducir artificialmente los precios y desplazar a competidores más eficientes, sin necesariamente mejorar la productividad o la rentabilidad real. Frente a este nuevo paradigma, las principales economías desarrolladas volvieron a implementar políticas industriales activas y eficientes, junto con instrumentos de política comercial transparentes y ágiles frente a subsidios, excesos de capacidad y nuevas formas de competencia desleal. La Argentina debe interpretar este nuevo escenario y actuar con una política externa inteligente: abierta al mundo, sobre la base de un mercado interno robusto y buscando ganar nuevos mercados, pero consciente de que la competencia global se desarrolla en condiciones reales (y a veces desleales) más que ideales. La reorganización de las cadenas de valor abre oportunidades para países confiables que puedan aportar recursos, talento y capacidades productivas. El gas y el petróleo de Vaca Muerta; el litio y el cobre de la Cordillera; el agro y la bioeconomía ofrecen una oportunidad excepcional para integrar aquello que durante décadas fue presentado como una contradicción. Estos recursos pueden funcionar como plataformas para desarrollar capacidades industriales. La energía debe impulsar proveedores y bienes de capital; la minería, ingeniería y fabricación de equipos; y el agro, nuevas oportunidades en biotecnología, alimentos sofisticados y biomateriales. El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) reconoce que ciertos proyectos de gran escala requieren previsibilidad y condiciones especiales para concretarse. Es clave que se concreten. Pero el siguiente desafío, aún más importante, es evitar que esas inversiones funcionen como islas y generar, en cambio, condiciones para el desarrollo de proveedores locales, transferencia tecnológica, creación de empleo calificado y la puesta en valor de nuevas capacidades para el conjunto del entramado productivo. La Argentina debe superar la elección binaria entre recursos naturales e industria. El desafío consiste precisamente en combinarlos: exportar más, pero también exportar mejor. Aprovechar la energía, los minerales, los alimentos, la ciencia y el talento para generar innovación, empleo formal, nuevas empresas y capacidades integradas a los mercados globales. La oportunidad existe; la tarea es lograr un consenso productivo que convierta las potencialidades que el país ya posee en una estrategia capaz de sostener el crecimiento en el largo plazo.
Fuente: La Nación