“Mi mamá me salvó cuando cambió la cerradura y no me abrió más la puerta”

María Balbastro golpeó la puerta de la casa de su mamá como lo había hecho tantas otras veces. Llevaba días consumiendo cocaína y alcohol y deambulando por las calles de la ciudad de Córdoba. Necesitaba comida. O un lugar donde dormir. Necesitaba entrar.Del otro lado, su mamá escuchó los golpes y lloró en silencio. Pero esta vez no abrió. Unos días antes había cambiado la cerradura y estaba decidida a cumplir la promesa que se había hecho: no volver a dejarla entrar.En ese momento, María tenía 42 años. El consumo la había llevado a pasar por varias internaciones psiquiátricas, había intentado quitarse la vida, perdido el vínculo con sus tres hijos y llevaba casi dos años viviendo en la calle. Suicidio: señales de alerta y dónde pedir ayudaDurante ese tiempo también conoció la violencia más extrema: “Vi a chicas prostituirse y a mujeres entregar a sus hijos por una bolsa de droga. La oscuridad es total”.Su mamá sabía que deambulaba sin rumbo y convivía con el miedo permanente de que, en cualquier momento, alguien golpeara la puerta de su casa para darle la peor noticia.—Ese “no” de mi mamá fue mi “sí” a la vida —dice María, tres años después de aquella puerta cerrada.Hoy comparte esa experiencia con personas con consumos problemáticos y sus familias en el Grupo Esperanza, un espacio anónimo, voluntario y gratuito que funciona en la parroquia San Miguel Arcángel, que les presta el espacio. Es el mismo al que ella llegó cuando sentía que ya no le quedaba nada y que actualmente coordina.Todas las semanas, escucha historias que de distintas maneras le recuerdan a la suya. Madres que no saben cómo ayudar. Hijos que todavía no pueden reconocer que están enfermos. Muchos son adolescentes y jóvenes. “Hay mucho desconocimiento sobre las adicciones y sobre cómo acompañar. Lo primero es animarse a hablar. Esta enfermedad genera mucha vergüenza y mucha culpa. Después hay que buscar ayuda. Por eso es clave contar con estos espacios”, enfatiza María.Consumo adolescente: una guía con herramientas para familias“Al principio seguís funcionando” Según la última Encuesta Nacional sobre Consumos y Prácticas de Cuidado, realizada por Sedronar y el Indec, el 5,1% de la población argentina de entre 16 y 75 años declaró haber consumido cocaína alguna vez en la vida. Entre los adolescentes, el contacto con las sustancias también preocupa. El último estudio de Sedronar entre estudiantes secundarios reveló que, aunque el alcohol continúa siendo la sustancia psicoactiva de mayor consumo —el 72,5% dijo haberlo probado alguna vez en la vida—, el 4,4% también declaró haber consumido cocaína al menos una vez.El primer contacto de María con las drogas llegó en la adolescencia. Ella nació y creció en la ciudad de Córdoba, es la menor de cuatro hermanos y recuerda una infancia “superfeliz”, con una mamá y un papá muy presentes. Lo primero que probó, en la secundaria, fue el alcohol. Después los cigarrillos. Más tarde la marihuana. “Fue el comienzo de todo”, resume. A los 19 años se acercó al ambiente de las fiestas electrónicas. Empezó a frecuentar un circuito donde el éxtasis, los ácidos, el cristal y otras drogas sintéticas circulaban con naturalidad. “No quiero demonizar ese ambiente porque drogas hay en todos lados. Pero es una realidad que muy pocos iban y no consumían nada”, recuerda.Con 22 años conoció al padre de sus tres hijos. Con él llegó también la cocaína. Al principio, el consumo parecía compatible con una vida “normal”. Formaron una familia, abrieron locales de ropa en distintos shoppings de Córdoba y nacieron sus tres hijos. “En los embarazos nunca consumí porque todavía no tenía el nivel de consumo que después me llevó a la calle. Era algo muy social”, cuenta.Los fines de semana, las juntadas de la pareja con amigos, se convirtieron en el escenario habitual del alcohol y la cocaína. “Uno acomoda la enfermedad a la vida que tiene. La cocaína tiene eso: al principio te permite seguir funcionando”. Pero lo que había empezado como un consumo ocasional fue ocupando cada vez más espacio. “La enfermedad progresa y avanza”, asegura María. “La enfermedad tomó el control”María intentaba seguir adelante. Criaba a sus tres hijos y hacía un esfuerzo por mantener cierta rutina. Pero algo empezaba a romperse. “Me sentía mentalmente agotada. Estaba muy irritable y empecé a tener depresiones muy fuertes”, recuerda.A los 30 años llegaron las primeras internaciones psiquiátricas. Primero el diagnóstico fue depresión. Después bipolaridad. Le recetaron distintos medicamentos y pasó años entrando y saliendo de instituciones de salud mental. “Nunca nadie supo ver que el problema de fondo era el consumo”, cuenta María. Ella tampoco podía verlo. “No aceptaba que tenía una enfermedad. Nunca decía: ‘Soy adicta’. Ese es el primer paso para empezar a sanar”. Mientras tanto, la vida empezaba a desmoronarse. La pareja atravesaba cada vez más conflictos y los negocios familiares quebraron. “Los dos teníamos un consumo muy fuerte y todo era un desorden. Llegué a tener un intento de suicidio”, cuenta María. Su mamá y su hermana Agustina fueron un pilar clave. “Gracias a Dios mis hijos siempre estuvieron muy contenidos por la familia. Cuando yo ya no pude sostenerlos, fue mi hermana quien ocupó ese lugar”. “Dormía donde había cocaína”La última internación psiquiátrica marcó un quiebre. A los 42 años, María quedó internada contra su voluntad. Fue la primera vez que su mamá y su hermana escucharon una palabra que hasta entonces nadie había pronunciado con claridad: cocaína.“Ese fue el principio del fin”, recuerda. Cuando recibió el alta, el sanatorio le ofreció continuar el tratamiento en una comunidad terapéutica. Estuvo un mes, abandonó el proceso y ya no volvió a su casa.Fue entonces cuando su mamá empezó a asistir, desesperada, al Grupo Esperanza, un espacio para personas con consumos problemáticos y familiares. Allí escuchó algo que le resultó casi imposible de aceptar: si su hija abandonaba el tratamiento, no debía volver a abrirle la puerta de su casa.Mientras tanto, María seguía en caída libre. Conoció a un hombre que vendía droga y los días dejaron de tener horarios. Perdió la noción del tiempo. Dejó de saber dónde iba a dormir cada noche: “Pensaba que hacía dos meses que no veía a mis hijos y, en realidad, habían pasado seis”.Dormía donde había cocaína. A veces permanecía tres días en una casa. O una semana. Después seguía girando por otro lugar, siempre alrededor del consumo. Para conseguir droga vendía lo que encontraba, empeñaba sus cosas y llegó a robar comida porque no tenía qué comer. “La plata nunca es un obstáculo para un adicto”, dice. “Me había perdido a mí”La ayuda apareció cuando ya no esperaba nada. Un conocido la invitó una tarde de 2023 a acompañarlo a una parroquia. Allí funcionaba el Grupo Esperanza, el espacio al que —María no lo sabía aún— su mamá llevaba meses asistiendo para aprender cómo acompañarla sin seguir sosteniendo su enfermedad.Durante un tiempo eran apenas 10 personas. María era la única que convivía con una adicción. Los demás eran familiares. Además, empezó terapia con una psicóloga especializada en adicciones. Cuando terminaba cada encuentro en el grupo, siempre pasaba lo mismo. Alguien se acercaba a hablar con ella. A veces era una madre. Otras, un hermano. Un tío. Un amigo. O una persona que todavía no encontraba la fuerza para reconocer que tenía una adicción.Entonces entendió que su historia ya no le pertenecía solamente a ella: “Descubrí que en mi enfermedad había encontrado mi propósito de vida: ayudar a otros y mostrar que se puede salir”. Con el tiempo comenzó a formarse en salud mental y adicciones. Empezó a acompañar a Rita, la coordinadora del espacio y más tarde asumió ella misma también ese rol. Hoy, del grupo participan 30 personas, entre quienes sufren adicciones y sus familias. En algunos encuentros, llegan a ser alrededor de 50 y la enorme mayoría son madres: “Muchas llegan rotas, igual o peor que sus hijos. No saben dónde pedir ayuda ni cómo acompañarlos”. En ese contexto, María impulsa actualmente un proyecto ley para que la capacitación sobre adicciones sea obligatoria en el sistema de salud y en el Poder Judicial. Está convencida de que todavía existe un profundo desconocimiento sobre una enfermedad que atraviesa silenciosamente a miles de familias.Además, participa de Vitawork, un emprendimiento que ofrece un servicio integral de nutrición, pausas activas y salud mental para empresas. Todavía, sin embargo, hay heridas que siguen abiertas. El vínculo con sus hijos, que hoy tienen 21, 17 y 15 años, continúa reconstruyéndose: “Confío en que algún día vuelva a darse el encuentro con esta mamá nueva”. Cada vez que alguien le pregunta qué fue lo que la salvó, vuelve, inevitablemente, a aquella puerta que una noche encontró cerrada. “Mi mamá nunca me soltó la mano. Lo que cambió fue que entendió de qué manera me tenía que ayudar. Antes me daba plata o me abría la puerta. En el grupo le enseñaron que eso era sostener mi enfermedad. Ese amor duro, con límites, fue lo que me llevó a entender que necesitaba pedir ayuda”, concluye. Hablemos de TodoEsta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca cuidar y acompañar la salud mental de los niños y adolescentes. El proyecto ofrece herramientas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas.

Fuente: La Nación