“Una madre hace estas cosas”: las historias detrás de la peregrinación a San Cayetano

Todavía siguen encendidas las luces de la calle cuando Liniers empieza a despertar alrededor de la Iglesia de San Cayetano. Son cerca de las 7.30 y el frío se siente: cada vez que alguien habla, el aire se vuelve blanco durante unos segundos frente a su boca. Detrás de las vallas que ordenan el ingreso al santuario, los peregrinos avanzan de a poco. Algunos llevan horas esperando; otros descansan sentados sobre la vereda, rodeados de bolsos y bolsas. La noche todavía se resiste a irse, pero la celebración del patrono del pan y del trabajo ya comenzó.Sobre la calle Cuzco, el paisaje se construye por capas. De un lado están quienes esperan para ingresar al santuario. Del otro, una sucesión de puestos cubiertos con lonas exhibe rosarios, estampitas, imágenes religiosas, medallas y velas. Algunas lámparas todavía iluminan las mesas mientras los vendedores terminan de acomodar la mercadería. Hay puestos que quedaron preparados desde el día anterior y otros que recién empiezan a tomar forma minutos antes de las 7. Entre unos y otros, la gente camina despacio, con las manos escondidas en los bolsillos y los hombros encogidos por el frío: el termómetro a esa hora marca 5°C, con una térmica dos grados menor.Frente al santuario, la espera también tiene sus propios rituales. Un sacerdote camina junto a las vallas con un pequeño recipiente de agua bendita. Se detiene frente a los peregrinos, levanta la mano y los bendice. Algunos inclinan la cabeza; otros se persignan antes de seguir. A pocos metros, otro cura escucha una confesión sentado en plena calle. No hay paredes ni confesionario: apenas dos sillas sobre el asfalto húmedo por el rocío, frente a frente, mientras alrededor continúa el movimiento.Petrona Zeballo tiene 40 años, es ama de casa y espera desde las 4.30. Nunca antes había venido un 7 de agosto. Esta vez tuvo un motivo concreto: su marido está desempleado y en su casa hay cuatro hijos. “Tengo cuatro hijos y mi marido está sin trabajo. Es la primera vez que vengo. Quiero que San Cayetano me escuche, que escuche a los que tenemos hambre”, cuenta a LA NACION.Trabajo, comida y salud son pedidos que se repiten en las conversaciones. Sobre una estructura levantada frente al santuario, una imagen del santo aparece rodeada de flores. Por encima, una bandera celeste lleva el lema elegido para este año: “San Cayetano, aquí tienes a tu pueblo”. Debajo de esas palabras, ese pueblo llega desde distintos puntos del país.Marta Palacios hizo más de 600 kilómetros desde Bahía Blanca. Tiene 60 años y viajó sola. Su hijo tiene 29, es padre de dos chicos y está desempleado después de haber trabajado durante años. Marta vino por él, aunque él no sabe que su madre está esta mañana frente al santuario. En uno de sus bolsillos guarda una fotografía de su hijo y una estampita vieja que la acompaña desde hace años.“Mi hijo no sabe que estoy acá. Me dijo que no viniera porque hacía mucho frío, pero una madre hace estas cosas”, cuenta Marta a LA NACION. Después mira hacia el santuario y explica qué vino a pedir: “Él trabajó toda su vida y ahora lleva meses buscando. Yo no vengo a pedir plata ni milagros imposibles. Vengo a pedir que tenga la oportunidad de volver a ganarse el pan con su trabajo”.La larga noche de la fe: miles de peregrinos esperan para entrar a San CayetanoLa distancia que recorrió durante la noche parece reducirse a ese pedido. Marta sostiene que no busca que el santo resuelva la vida de su hijo, sino una oportunidad. Una sola. Que alguien vuelva a llamarlo, que pueda trabajar y sostener a sus dos chicos. La fotografía que trajo desde Bahía Blanca es también una manera de hacerlo estar allí sin que él lo sepa. “Una madre pide por los hijos toda la vida. Tengan cinco años o tengan 29”, dice.No todos recorrieron tantos kilómetros. Hay fieles que llegaron desde distintos puntos de La Matanza y otros que viajaron mucho más. La familia Ruiz, por ejemplo, vino desde Posadas, Misiones. Leandro tiene 21 años, pero la historia que explica por qué está esta mañana en Liniers comenzó décadas antes de que naciera. Su abuelo, Raúl Ruiz, lleva 50 años viniendo cada 7 de agosto.“Vinimos toda la familia. Para nosotros esto ya es parte de nuestra historia. Mi abuelo viene desde hace 50 años y nosotros crecimos viéndolo creer”, dice Leandro a LA NACION. Este año, agrega, los pedidos vuelven a concentrarse en necesidades básicas: “Venimos a pedir trabajo, salud y comida. Hay mucha gente que está necesitada”.Raúl no habla de esos 50 años como un sacrificio. Los cuenta desde la gratitud. En medio siglo hubo momentos en los que llegó a Liniers para suplicar y otros en los que hizo el mismo recorrido simplemente para agradecer. Pero, asegura, nunca dejó de confiar en San Cayetano.Miles de fieles llegan a San Cayetano con un pedido que se repite: trabajo“Siempre creí en él y siempre sentí que me ayudó. Hubo momentos muy difíciles en mi vida en los que vine a pedirle y otros en los que pude venir solamente a darle las gracias. Para mí eso también es la fe: no acordarse únicamente cuando uno necesita algo”, cuenta Raúl a LA NACION.Ahora, después de medio siglo, mira a su alrededor y ya no está solo. Lo acompañan hijos y nietos. Aquello que comenzó como una devoción individual terminó convirtiéndose en una tradición familiar. “Yo les transmití el amor que siento por San Cayetano. Quiero que sepan agradecer, pero también que sepan que cuando uno está pasando un momento difícil puede venir, pedir, suplicar. Yo lo hice muchas veces. Y siempre sentí que estuvo conmigo”, agrega.A pocos metros, José Monzón acomoda uno de los puestos. Sobre las mesas hay rosarios, cruces, medallas, velas e imágenes religiosas. Algunos carteles escritos a mano anuncian precios y promociones. “Venimos acompañando a la Iglesia desde hace años. Tratamos de poner ofertas porque sabemos que muchos necesitan ayuda y quieren poder llevarse algo que para ellos tenga un significado”, explica a LA NACION.La mañana continúa abriéndose sobre Liniers con los primeros rayos de sol luego de una semana gris en la ciudad de Buenos Aires. Los sacerdotes siguen recorriendo las filas con agua bendita; a un costado de la calle continúan las confesiones y los vendedores terminan de preparar sus puestos. Las luces que dominaron la madrugada empiezan a perder intensidad frente a la claridad del día.Falta poco para las 8, cuando está prevista la tradicional Misa de los Trabajadores, presidida por el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva. Después llegará la bendición de las herramientas de trabajo. Detrás de las vallas, mientras tanto, siguen sumándose peregrinos. La jornada de San Cayetano recién comienza.La palabra de García CuervaPrevio al comienzo de la Misa de los Trabajadores, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, se detuvo unos minutos para hablar con LA NACION. Frente al santuario de San Cayetano, mientras los peregrinos seguían llegando y las filas crecían detrás de las vallas, puso el foco menos en quienes encabezaban la celebración religiosa que en aquellos que habían llegado a Liniers desde la madrugada.“Es el día de la expresión, una vez más, de la fe profunda de nuestro pueblo, que viene a pedir trabajo y también a agradecer”, dijo García Cuerva. Para el arzobispo, sin embargo, la dimensión religiosa de la jornada también permite observar la realidad que atraviesan quienes se acercan al santuario. “En realidad, hoy el que tiene que hablar es nuestra gente. Tienen que preguntarle a la gente, porque creo que ahí está realmente el termómetro social de lo que estamos viviendo”, sostuvo en diálogo con este medio.García Cuerva en su llegada a San CayenatoLa frase adquiere otra dimensión a pocos metros de las filas, donde desde las primeras horas de la mañana LA NACION recogió historias atravesadas por la falta de empleo, las dificultades económicas y los pedidos de comida, pero también por el agradecimiento y las promesas cumplidas. “Escuchen a la gente y van a ver que ahí está el termómetro de lo que está pasando”, insistió García Cuerva antes de la misa.El arzobispo también vinculó ese escenario social con la próxima visita del papa León XIV a la Argentina y anticipó que el pontífice podría abordar algunas de las preocupaciones que atraviesan al país. “El papa León XIV viene a visitar a la Argentina, viene a visitar a nuestro pueblo y seguramente tenga definiciones importantes ligadas a su magisterio y al magisterio de la Iglesia”, señaló.Entre los asuntos que, según García Cuerva, forman parte de esa agenda mencionó especialmente el trabajo, la reconstrucción de los vínculos sociales, la paz y la justicia social. “Plantea el tema del trabajo, plantea el tema de la reconstrucción de los vínculos, plantea el tema de la paz, plantea el tema de la justicia social”, enumeró. Y concluyó: “Creo que tendremos que dejarnos interpelar por el magisterio de la Iglesia, que seguramente el papa León XIV compartirá con nosotros durante su visita”.Minutos después comenzaría la tradicional Misa de los Trabajadores. Afuera, las mismas personas a las que García Cuerva había definido como el “termómetro social” del país seguían sumándose a las filas frente al santuario.García Cuerva en San Cayetano

Fuente: La Nación