Tenían 15 y 10, se conocieron al enfrentar enfermedades complejas y se reencontraron hace poco: “Son amistades que te llenan el alma”

A los 15 años Valentina Rodríguez, que vivía en la ciudad de Santa Fe, era una adolescente muy activa que realizaba mucha actividad física. Hacía baile, iba a inglés y se juntaba con sus amigas, en lo que parecía una vida normal como cualquier chica de su edad.Una tarde notó que su pierna derecha se empezó a inflamar y a poner muy caliente, situación que le provocaba mucho dolor. “En ese momento hacía baile. Entonces, no es que me caí, no me golpeé, sino que fue de un momento para el otro que la pierna se inflamó mucho y yo sentía que me latía”, recuerda Valentina.Fue al traumatólogo, que le indicó una radiografía sin hallazgos; luego le realizaron una resonancia y le recomendaron comenzar kinesiología. A pesar de eso, el dolor persistía, por lo que el especialista concluyó que se trataba de una lesión poco habitual y la derivó al Hospital Italiano de Buenos Aires para estudios más exhaustivos.Un latido disparejo del corazónLa infancia de Catalina Pardo en Pinamar era el retrato de la normalidad. Hasta los 10 años, sus días se dividían entre el colegio, un gran grupo de amigas, la música de la orquesta y las clases de danza.Todo empezó de manera imprevista en un control con su pediatra, quien, al notar un latido disparejo, sugirió consultar con una cardióloga en su ciudad. Allí confirmaron que algo no andaba del todo bien y la derivaron a Mar del Plata para un ecodoppler. Fue en el Hospital de Niños de esa ciudad donde el cardiólogo pediatra les dio el diagnóstico: una miocardiopatía dilatada. Les explicó que el ventrículo izquierdo estaba agrandado, pero les transmitió tranquilidad: en teoría, con la medicación adecuada, todo se solucionaría.“Comenzamos con ese tratamiento, pero poco después nos derivaron con la doctora Villa, especialista del Hospital Garrahan. La consultamos de forma privada y el diagnóstico cambió por completo: no era una miocardiopatía dilatada, sino restrictiva. Nos explicó que la enfermedad era progresiva, degenerativa e irreversible, y que la única salida era un trasplante de corazón. Así de cruda y literal fue la noticia. Con el corazón en la mano, ese mismo momento empezamos los estudios en el Hospital Italiano”, rememora Catalina.El mundo de Valentina se vino abajoCuando Valentina entró por primera vez a la sala de oncología pediátrica, ni siquiera sabía qué significaba esa palabra. Todo le resultaba ajeno y extraño: a su alrededor veía chicos sin pelo o en sillas de ruedas, mientras ella llegaba bronceada por el sol del verano y con su pelo largo intacto; jamás se le cruzó por la cabeza la posibilidad del cáncer. Después de la biopsia, la oncóloga le preguntó qué creía ella que tenía. Valentina le respondió con inocencia que era solo “una lesión rara”. Fue entonces cuando la médica le explicó con suavidad, pero con claridad: “Bueno, no. Esa lesión rara es un tumor, y los tumores pueden ser benignos o malignos. El tuyo es maligno y se llama sarcoma de Ewing”.“Hasta ahí yo estaba con mi mamá y mi papá. No reaccioné, sino que, bueno, me la quedé mirando a la oncóloga como si me estuviese hablando en chino, hasta que empezó a decirme todo el tratamiento que tenía que atravesar (la quimioterapia) y todos los efectos secundarios. Me explicaba que iba a tener los glóbulos rojos bajos, que podía tener los glóbulos blancos, también, bajos y agarrarme infecciones; que podía tener vómitos y también me dijo que se me iba a caer el pelo. Fue ahí que me di cuenta de que tenía que atravesar un cáncer, y por como la sociedad lo muestra, el prototipo del paciente con cáncer es pálido, es ojeroso, sin cejas, flaco, pelado, con un pañuelo, etc”, expresa Valentina.“La enfermedad se me volvía dolorosamente real”Fue al comprender la gravedad de su diagnóstico cuando el mundo de Valentina se vino abajo. Le tocaba enfrentar al cáncer en plena adolescencia, una etapa crucial de la vida donde la imagen externa y el pelo largo forman una parte sagrada de la identidad. El miedo a morir la desbordó por completo, enfrentándola a una realidad para la que nadie está preparado a esa edad.“La enfermedad se volvía dolorosamente real cada vez que veía partir a amigos del hospital; chicos de mí misma edad que atravesaban la misma lucha y que, de pronto, ya no estaban. Verlos morir me hacía pensar: ´Si a ellos les pasa, a mí también me puede pasar´. Esas pérdidas me derrumbaban, pero decidí no aferrarme a la palabra cáncer, sino llamarlo por su nombre: sarcoma de Ewing. Me dijeron que era un caso en un millón, pero me prometí que conmigo no iba a poder. Mi motor fue aferrarme al futuro. Tenía toda una vida por delante: quería terminar la escuela, estudiar, casarme y tener hijos. Esos planes se convirtieron en mi fuerza para pelear”.Los primeros días de Catalina tras mudarse a Buenos Aires estuvieron marcados por la tristeza y la confusión. Dejar su Pinamar natal para enfrentarse a la gran ciudad no fue fácil; como a cualquier chica de su edad, le asustaba que le sacaran sangre o tener que hablar constantemente con los médicos. Eran momentos difíciles y poco placenteros, pero con el tiempo y una enorme valentía, se fue acostumbrando a esa nueva rutina hospitalaria, comprendiendo que cada paso era necesario para su bienestar.Valentina y Catalina se conocenEn los caminos del destino, Valentina y Catalina se vieron por primera vez en Casa Ronald, una organización sin fines de lucro que brinda alojamiento y contención emocional a familias que deben trasladarse lejos de sus hogares para que sus hijos reciban tratamientos médicos por enfermedades de alta complejidad.Se encontraron una tarde y, sin medir la edad ni el diagnóstico, empezaron a conocerse como si fueran amigas de toda la vida. Entre guardias, tratamientos y silencios que pesan, convirtieron los pasillos en patio, las esperas en juegos y las charlas en una ternura que sostuvo sus días más frágiles. Lo que llegó con miedo y dolor se hizo compañía y risa: dos voces que se hacen fuerza, dos manos que aprenden a transformar el sufrimiento en pequeñas certezas de esperanza.Ese acompañamiento incondicional fue un ancla no solo para Valentina y Catalina, sino también para sus madres: en cada decisión médica, en cada noche de incertidumbre y en los momentos en los que el diagnóstico parecía demasiado duro para dos chicas, la amistad entre ellas ofreció un alivio tangible. Verlas reír, jugar o simplemente sentarse juntas permitió a las madres encontrar respiro, compartir miradas cómplices y sostener la esperanza con menos miedo. La compañía mutua alivianó la carga emocional de la familia, transformó consultas y hospitalizaciones en instantes menos solitarios y les recordó que, aun en lo más difícil, la ternura y la solidaridad pueden ser el mejor tratamiento.“Era mi amiguita menor”“Cata era más chica que yo, pero nos llevábamos excelente y pegamos una onda hermosa desde el principio. Ella era súper extrovertida, se la pasaba dando vueltas por las mesas cuando comíamos y se convirtió en mi amiguita menor. Compartíamos los talleres del hospital y muchísimas salidas; éramos un equipo de cuatro junto a su mamá, Jemi, y la mía. Nos ayudamos un montón. Que nuestras madres se hicieran tan amigas fue un pilar fundamental: cuando alguna de las dos estaba internada, ellas se cuidaban mutuamente, se hacían mandados en la casita y se acompañaban en todo”.“Como siempre estuve rodeada de adultos, llegar a la Casa Ronald y encontrarme con chicos que tenían la edad de mis primos, entre 15 y 17 años, fue hermoso. Valen era uno de ellos. Nos la pasábamos tomando mates o jugando a las cartas; a veces hablábamos de temas médicos, pero la verdad es que usábamos esos momentos para olvidarnos del hospital y darnos ánimos mutuamente. De ahí nació una amistad divina. Siempre me acuerdo de una tarde en la que nos tentamos con comer chipá: conseguimos los ingredientes y nos pusimos a cocinarlos entre todos. Es uno de los recuerdos más lindos que guardo de nuestra banda en la Casa”.¿Cómo siguió la salud de Valentina?El camino de Valentina contra la enfermedad avanzó con un escenario sumamente alentador gracias a la excelente respuesta de su cuerpo a la quimioterapia. El tratamiento inicial logró reducir de manera drástica el tamaño del tumor, lo que permitió programar un trasplante óseo con mayor seguridad. El momento clave llegó cuando los médicos le extrajeron la tibia para realizar el implante: el análisis clínico reveló que el cien por ciento de las células cancerígenas del hueso habían muerto. Aun así, para no dejar nada al azar, Valentina continuó con quimioterapias de mantenimiento para erradicar cualquier posible rastro de la enfermedad.“La realidad es que todo esto fue un aprendizaje minuto a minuto, poniendo el cuerpo en cada internación. Aunque el trasplante asustaba, saber que estaba planificado para cuando el tumor se achicara me daba tranquilidad”.El teléfono sonó con la noticia más esperadaEl trasplante era la única opción para Catalina: su corazón había crecido a tal nivel que le aplastaba los pulmones y ya le costaba mucho respirar. Tras dos años de espera, el milagro llegó una noche mientras estaba en el supermercado con su mamá y un amigo, comprando cosas para un asado. De pronto, el teléfono sonó con la noticia más esperada: el cardiólogo avisaba que había un órgano para ella. Entre la incredulidad y la emoción absoluta, la familia se preparó para el momento que les cambiaría la vida.Aunque Catalina entró al quirófano en un estado de shock, la cirugía fue un éxito rotundo y duró apenas cuatro horas, mucho menos de lo habitual. A las 24 horas ya se había despertado y mostraba una evolución excelente. Pronto la pasaron a una habitación común, donde empezó a caminar otra vez; avanzaba lento pero seguro, aprendiendo a mover su cuerpo con cuidado mientras asimilaba que lo más difícil ya había quedado atrás.“Anímicamente, yo estaba feliz y todavía no podía creer lo que estaba viviendo. Me parecía una locura que todo hubiera salido tan bien. Los días siguientes fueron un proceso de adap

Fuente: La Nación