Adiós a Carlos Comesaña, el montañista incansable

El Calafate.― El mundo del montañismo se conmocionó en los últimos días con la noticia del fallecimiento de Carlos Evaristo Comesaña, una de las figuras más respetadas y destacadas del deporte, a sus 86 años. Junto a José Luis Fonrouge, fue uno de los primeros dos escaladores argentinos en hacer cumbre en el cerro Fitz Roy, en enero de 1965, a través de la ruta conocida como la Supercanaleta. Nacido en el barrio porteño de Palermo, Comesaña no solo fue un testigo de la historia del montañismo, sino también uno de sus protagonistas más extremos. Y cuando no pudo seguir escalando, eligió el agua para seguir poniendo a prueba su espíritu intrépido. Escaló en la Patagonia argentina, su primer amor, pero también lo hizo en la Antártida, exploró los fiordos chilenos y dirigió la tercera expedición argentina que intentó hacer cumbre en el Everest. “Su legado permanecerá en las cumbres que recorrió, en sus escritos y, por sobre todo, en su familia y en las generaciones de montañistas que encontraron en él un ejemplo de curiosidad, compromiso y amor por la montaña”, escribió en las últimas horas el montañista Rolando Garibotti en su sitio web Patagonia Vertical, que reúne la información más preciada para la actividad de montaña en la Argentina. Dentro del mundo de la escalada, Comesaña era “Pampero”, un apodo que capturaba su esencia: un viento que nunca llegaba para quedarse, siempre moviéndose hacia el próximo desafío, tal como detalla el libro Patagonia Eterna, que recorre sus 60 años de escaladas, exploraciones y vivencias, escrito por Toncek Arko a partir de entrevistas y diálogos con el escalador. Para los expertos, Comesaña y Fonrouge fueron unos adelantados a su tiempo al hacer cumbre en el Fitz Roy en 1965. En una época de expediciones pesadas y lentas, apostaron por el estilo alpino: una cordada de solo dos personas moviéndose a gran velocidad, sin cuerdas fijas ni campamentos intermedios.Según se describe en Patagonia Eterna, la ascensión la realizaron con botas de cuero, mochilas al hombro y apenas 20 clavos; la cordada permaneció 70 horas en la pared. Escalaron gran parte de la canaleta en simultáneo para ganar tiempo, una técnica que hoy es estándar pero que en 1965 fue considerada visionaria.Al alcanzar la cumbre a las 21:00 del 16 de enero, Fonrouge recuperó un mosquetón dejado por la expedición francesa de 1952 de Lionel Terray y Guido Magnone y, en su lugar, dejó una cinta argentina. El descenso, bajo una tormenta feroz y con el equipo al límite, consolidó la gesta como un hito del alpinismo internacional.Más allá de sus cumbres en la Patagonia y Perú, Comesaña fue considerado una leyenda por su integridad y su rol de mentor. Su filosofía despreciaba el “alpinismo de conquista” y promovía el respeto absoluto por la naturaleza. Fue un defensor acérrimo del acceso libre a las montañas y se opuso a la artificialización de las paredes, llegando a ofrecer el pago de un helicóptero para retirar los polémicos clavos de la “Vía del Compresor” en el Cerro Torre. Para él, la montaña no era una estructura física para dominar, sino un espacio de camaradería y ética. Curiosamente, a pesar de sus proezas, no llevaba cámara de fotos para registrar sus hazañas; prefería guardar las imágenes “en el corazón”, según detalló Garibotti, quien logró en su archivo reunir algunas de las pocas fotos de Comesaña y sus proezas que ilustran este artículo.En 1971, Comesaña asumió el rol de jefe de montaña de la tercera Expedición Argentina al Himalaya, una ambiciosa operación que movilizó a 21 integrantes, la mitad de ellos, militares. Aunque originalmente planeaba intentar la cumbre sin oxígeno suplementario junto a José Luis Fonrouge, su designación como líder lo obligó a priorizar el éxito colectivo sobre sus ambiciones personales, según detalla en el libro que reúne sus memorias.Durante la marcha, en plena montaña Comesaña debió soportar huelgas de los porteadores. El asalto final al “techo del mundo” fue frustrado por un invierno prematuro con vientos huracanados y temperaturas de 40 grados bajo cero. El propio Carlos debió ser evacuado tras sufrir los primeros signos de congelamiento en los pies; él le había prestado sus botas dobles a un compañero en los campamentos altos.Aunque la cordada de punta alcanzó los 8.000 metros, una tormenta obligó a la retirada definitiva de la expedición argentina, sellando lo que él calificó como un “fracaso decoroso”, al no haber sufrido bajas y haber mantenido una ética intachable, según recrea el libro que reúne sus memorias.Su vida profesional fue igualmente vertiginosa. Egresado del colegio preuniversitario Carlos Pellegrini y posteriormente graduado como contador público (UBA), desarrolló una carrera jerárquica en el banco JP Morgan, que lo llevó a residir en ciudades como Milán, Nueva York, Santiago de Chile y San Pablo. Entre sus funciones, llegó a desempeñarse como director operativo del Grupo Interatlántico en Brasil.En 1980, un grave accidente automovilístico en Río de Janeiro le dejó secuelas físicas que lo obligaron a abandonar la escalada de dificultad. Fue entonces que Comesaña volcó su espíritu de aventura a la vela de competición y al kayakismo, realizando el primer cruce de los Andes a vela en un pequeño velero Laser.Radicado en Fortaleza, Brasil, durante las últimas cuatro décadas de su vida, Comesaña siguió alentando a los jóvenes a buscar “cumbres vírgenes” y a mantener viva la llama de la exploración clásica. Conformó su familia junto a Jenny Monelos, con quien tuvo cinco hijos: Martín, Pablo, Malena, Carlos y Santiago. A futuro, tienen previsto trasladar sus cenizas a Piedra de Fraile, al pie del cerro Fitz Roy, desde donde partió hace 61 años para conquistar su cumbre.

Fuente: La Nación