SIBO e IMO: qué son, cuáles son sus síntomas y por qué cada vez más personas creen tenerlos

La distensión empieza casi siempre después de comer, aunque no haya sido mucho ni pesado. A veces es progresiva y se desarrolla a lo largo del día; otras, aparece de golpe, 10 minutos después del primer bocado. Los gases son constantes y el ritmo del baño cambia sin lógica aparente: diarrea, luego varios días sin nada, luego diarrea de nuevo. Después de meses —o años— de síntomas, dietas variadas sin resultados tangibles y análisis médicos que no terminan de determinar un “problema” concreto, muchos pacientes llegan a los consultorios con una hipótesis ya formada: SIBO, o su pariente cercano y menos popular, el IMO. El SIBO —del inglés Small Intestinal Bacterial Overgrowth— es un trastorno digestivo que ocurre cuando bacterias que deberían estar en el colon migran y se instalan en el intestino delgado, donde no deberían estar en esa cantidad. El resultado es una fermentación prematura: las bacterias procesan el alimento antes de que el organismo pueda absorberlo bien, y eso genera gas, inflamación y síntomas variados. 12 preguntas sencillas para hacer una vez en la vida con los padresEl IMO —Intestinal Methanogen Overgrowth, o sobrecrecimiento intestinal metanógeno— es una condición similar pero con una diferencia clave: los microorganismos involucrados no son bacterias sino arqueas, organismos de otro dominio biológico, que producen metano en lugar de hidrógeno. Esa distinción no es menor: determina qué síntomas predominan y cómo se trata. Facundo Pereyra, médico gastroenterólogo, resume la diferencia entre ambos diagnósticos de la siguiente manera: "El SIBO es de predominio diarrea, porque estas bacterias producen gas hidrógeno en la fermentación, y ese hidrógeno irrita y da diarrea. En cambio, el gas metano que producen las arqueas del IMO produce más tendencia a la constipación". En casos más avanzados o sostenidos en el tiempo, estudios han expuesto que pueden aparecer deficiencias nutricionales: ferropeniaanemia o déficit de vitaminas liposolubles y B12. En esta línea, Florencia Raele, médica funcional especializada en medicina preventiva, agrega que cuando el cuadro se prolonga sin tratamiento, las consecuencias pueden ir más allá del sistema digestivo: “Puede relacionarse con irritación en la piel, alergias, infecciones urinarias a repetición, infecciones vaginales, cándida. Si se deja estar mucho tiempo, también puede haber deficiencias nutricionales que alteren los ejes hormonales y tiroideo”. Estas asociaciones, vale aclarar, están reconocidas en la práctica clínica, pero por ahora su evidencia es más preliminar que los síntomas digestivos clásicos. La confusión con el intestino irritable Una de las razones por las que el SIBO y el IMO tardaron tanto en tener nombre propio es que sus síntomas se superponen con los del síndrome de intestino irritable. Durante años, cualquier combinación de dolor abdominal, cambios en el ritmo evacuatorio y distensión entraba automáticamente en esa categoría. “Durante mucho tiempo se abarcaron todas las patologías digestivas bajo el paraguas del intestino irritable", explica Raele. De manera que una persona que tenía SIBO podía entrar perfectamente en esa categoría, pero ese diagnóstico no te decía cuál era la causa raíz.Pereyra matiza que la relación entre ambas condiciones es compleja: “A veces hay un mal diagnóstico de colon irritable y en realidad es SIBO o IMO que, al tratarse, desaparece. Pero la mayor parte de las veces coexisten: hay un colon sensible con paso de bacterias hacia arriba, entonces el paciente empeora sus síntomas y mejora muchas veces medianamente con el antibiótico porque no se corrige la patología de base". Quiénes están más expuestos No cualquiera desarrolla estas condiciones. Pereyra enumera los grupos con mayor predisposición: “Los diabéticos, los pacientes que toman omeprazol, los constipados, quienes tuvieron cirugías abdominales, los hipotiroideos, la gente con mucho estrés y los trastornos de motilidad del intestino”. Raele amplía el panorama e incluye factores que pueden instalarse desde la infancia: “Si no recibiste lactancia materna, si naciste por cesárea, si te dieron muchos antibióticos y nunca probióticos para restablecer la flora, después se suman factores como constipación, estrés, la misma edad que va bajando la diversidad microbiana”. Los estudios lo llaman el alimento ignorado: qué es el “oro blanco” y por qué mejora tu digestión en díasCómo se diagnostica La herramienta más usada es el test de aliento: el paciente ingiere una solución de glucosa o lactulosa y se miden los gases que exhala. Un resultado de hidrógeno igual o superior a 20 partes por millón antes de los 90 minutos sugiere SIBO; si solo hay metano igual o superior a 10 partes por millón, el cuadro apunta al IMO. Raele advierte sobre la importancia de medir ambos gases: “Para hacer un diagnóstico completo hay que hacer un test que mida hidrógeno y metano. Si no se mide el metano, puede dar un falso negativo, porque las bacterias que producen metano se comen el gas hidrógeno“, sostiene. El test es accesible y no invasivo, pero tiene limitaciones: ”Hay un 30 o 40% de falsos positivos. Mucha gente se hace el test, le dicen que tiene SIBO o IMO y en realidad no lo tiene", advierte Pereyra. Según él, lo importante es acompañar la evolución individual del paciente, en lugar de guiarse ciegamente por el resultado de un test. Cómo se trata El eje del tratamiento son los antibióticos. La rifaximina es la opción de elección: actúa localmente en el intestino con mínima absorción sistémica. Para el IMO, se combina con neomicina, otro antibiótico que también actúa en la luz intestinal. Así y todo, tanto Pereyra como Raele coinciden en que el antibiótico solo no alcanza. En este sentido, Raele describe el enfoque por fases: “El tratamiento ideal consiste en tomar antibióticos específicos que van por el lumen del intestino sin afectar sistémicamente, que ayudan a hacer un reseteo gastrointestinal; hay un período de eliminar, uno de reponer con bacterias benéficas, y uno de reparar la pared intestinal. Pero si un paciente tiene muy malos hábitos, no duerme bien, come ultraprocesados, quizá primero hay que ordenar las bases". Pereyra lo complementa desde su práctica: “Muchos casos vienen por estrés o intolerancias alimentarias al gluten, a los lácteos o al azúcar que no se detectan. Por eso recomendamos acompañar el tratamiento con cambios en la alimentación. Solo si el paciente no mejora hacia el día 10 indicamos el antibiótico“. En cuanto a la dieta, la más recomendada es la baja en FODMAP —carbohidratos fermentables presentes en alimentos como el ajo, la cebolla, el trigo, ciertas frutas y lácteos—, que reduce la fermentación y alivia los síntomas. Este tipo de alimentación, sin embargo, no cura el SIBO ni el IMO, y por ser muy restrictiva, puede tener consecuencias indeseables a largo plazo sobre el estado nutricional y la microbiota, por lo que se desaconseja su uso prolongado. Las recaídas son frecuentes. "El 50% vuelve si no cuida el estrés y vuelve a comer mal“, advierte Raele. Pereyra coincide: ”A veces hay que volver a dar antibiótico, y a veces hay que sumar procinéticos, prebióticos o probióticos". El mensaje final de ambos es el mismo: sospechar SIBO o IMO no habilita a automedicarse ni a seguir protocolos de internet. "Hay mucha falacia en las redes sociales de que uno se puede sanar con tal cosa o tal dieta”, dice Raele. “Muchas veces son experiencias de una persona que no son replicables en otra”, agrega. Pereyra lo resume así: ”Primero la alimentación y el estrés, después consultar al médico. Nunca tomar el antibiótico por cuenta propia".
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