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Algoritmo y obsesión: el rol de las redes sociales en los trastornos alimenticios de las nuevas generaciones
Desde afuera, el gesto parece automatizado: apoyar el dedo sobre la pantalla y deslizar hacia arriba unos segundos después. Una mirada alienada refleja en sus ojos videos que se suceden sin pausa. La luz azul le ilumina la cara y no se da cuenta de que ya pasó una hora. No prestó demasiada atención, pero algo aprendió: que hay que caminar diez mil pasos por día, desayunar agua con limón, activar la chía la noche anterior, bañarse en hielo, eliminar las harinas y comer una manzana verde cuando aparece el hambre.Nunca se sintió del todo conforme con su cuerpo, aunque tampoco recuerda haber tenido una inseguridad particular. Pero, después de compararse con cientos de usuarios y consumir videos de transformaciones físicas en los que se parecía mucho más al “antes” que al “después”, empezó a convencerse de que estaba por fuera de la norma.“Terminé en un círculo vicioso de frustración, ansiedad, comparación y angustia. Cuando empezás a consumir ciertos contenidos, sentís que todo te queda corto: comer poco ya no es suficiente, entonces lo poco que comés tiene que ser saludable, sin ultraprocesados, azúcares ni grasas saturadas. Empezás a leer las tablas nutricionales de todo lo que comprás”, cuenta Gastón, un universitario de 24 años, sobre una etapa de su vida que se enorgullece de haber dejado atrás.La presión sobre los cuerpos no es nueva en una sociedad atravesada por el valor de la imagen, pero las estadísticas muestran que la situación hoy es mucho más alarmante. En la Argentina, el problema tiene incluso una incidencia aún mayor porque se trata del segundo país con más trastornos de la conducta alimentaria (TCA) del mundo, según el Instituto de Psiquiatría del King’s College de Londres. La magnitud de esa cifra se refleja también en otro dato: casi una de cada tres mujeres jóvenes del país padece bulimia o anorexia, de acuerdo con la Sociedad Argentina de Pediatría.“Me acuerdo que, hace dos años, un influencer [Santiago Maratea] promocionó un ‘té mágico’ que te hacía ‘adelgazar en unos meses’ con solo tomarlo todas las noches. ¿Los resultados? Yo estaba feliz porque me sentía más flaco, pero me terminaba despertando a mitad de la madrugada descompuesto. Me explicaron que, al ser digestivo, generaba que tu cuerpo ‘expulse la comida más rápido’... estaba chocho con esa idea”, agrega Gastón.“Quería ignorar los efectos porque me gustaba cómo me veía, pero de repente me mareaba, vivía con la presión baja y me levantaba sin fuerza ni energía. Terminé yendo a un especialista y me explicó que ese té expulsaba los nutrientes de mi cuerpo y me deshidrataba. Decidí seguir tomándolo pese a todo, hasta que mi mamá se dio cuenta de lo que estaba pasando y, cuando salí de casa, lo tiró a la basura. Me enojé mucho en su momento; hoy se lo agradezco”, dice a poco más de un año de haber vuelto a comer como antes.Federico, de 25 años y usuario activo de redes sociales, también describe la influencia de estas plataformas en su forma de percibirse: “Aunque me considero dentro de lo que hoy se define como ‘hegemónico’, intento constantemente perfeccionarlo. Ya tengo el cómo quiero ser, pero al compararme me quedo viendo qué puedo tener mejor. Me preocupo mucho por esas cosas: piel, pelo, estética…”.Para los especialistas, el crecimiento de este fenómeno está estrechamente vinculado con la expansión de las redes sociales y con la lógica de sus algoritmos. Identifican cuatro factores que actúan de manera simultánea: la búsqueda permanente de validación, la imposición de estándares irreales, las cámaras de eco y la disponibilidad constante de contenidos.Validación constante“Creo que me sentiría más segura si no existiesen las redes, porque me compararía con algo real y no con una construcción ideal, que pone la vara mucho más alta”, agrega Valentina, otra joven estudiante de 24 años.La validación es un producto directo de lo que se llaman interacciones —los likes, reacciones, comentarios o follows—. Por más inofensivas o intangibles que puedan parecer, tienen un accionar biológico comprobado. “Se descubrió que cada like libera un shot de dopamina, el neurotransmisor del placer, lo que inhibe la serotonina, más relacionada con la felicidad que con el placer. Esto nos convierte en químicamente adictos a esos estímulos”, explica a LA NACION la psiquiatra especializada María Teresa Calabrese.“Las plataformas proporcionan un circuito de retroalimentación con las interacciones de los usuarios y generan una necesidad de aprobación permanente del entorno”, agrega Ana Clara Benavente, socióloga.Al depender de esa validación externa, muchas personas comienzan a evaluar su propio valor en función de la respuesta que reciben. “Si un video tiene 2.000.000 de likes, el cerebro interpreta que dos millones de personas avalan ese comportamiento. Entonces refuerza positivamente las restricciones que la persona se impone”, analiza la nutricionista Ana Cascú.Las redes introdujeron, además, un cambio decisivo: la aprobación social dejó de ser una percepción difusa para transformarse en una cifra visible. Likes, comentarios, seguidores y reproducciones convirtieron la aceptación en una métrica pública, permanente y fácilmente comparable, tal como describen las investigadoras Annalise Mabe, K. Jean Forney y Pamela Keel en un estudio publicado en International Journal of Eating Disorders.Esta presión tampoco resulta ajena a “lo masculino”, advierten los expertos, que señalan que el estándar de belleza se desplazó hacia un mandato de la musculatura extrema. Referentes de considerable alcance entre jóvenes, como @alexeubank_, @sam_sulek o @liverking, exhiben volúmenes corporales extremos y rutinas de gran exigencia física. En sus contenidos, la “hipertrofia” y la “cultura del sacrificio” permanente se consolidan como ejes rectores.Modelo irreal“Me comparo mucho con cuerpos de gente cuya realidad no conozco. Y siento que esa comparación siempre termina en la misma sensación: que nunca voy a llegar. Por eso trato de entrenar el algoritmo para que me muestre contenido más sano, aunque no siempre es tan fácil”, cuenta Emilia, asesora en comunicación de 27 años.Ana Cascú explica que las redes sociales generan una especie de reality show permanente en el que todo parece auténtico. “En el consultorio se nota claramente el cambio. Antes los pacientes llegaban con ideales lejanos, como modelos o celebridades. Hoy vienen con videos, rutinas y dietas que vieron esa misma semana en TikTok o Instagram”, señala.Rosario, madre de una adolescente de 16 años, observa una transformación similar respecto de su propia juventud. “Las formas mutaron, pero el problema sigue siendo el mismo. Antes el ideal era la mujer extremadamente flaca; hoy es el cuerpo fitness, musculoso, deportivo. En el fondo es lo mismo, expresado de un modo distinto”.Pero lo que circula en las redes nunca es el reflejo de la realidad: cada usuario decide qué mostrar y qué ocultar; se seleccionan escenas, imágenes y relatos para construir una visión determinada de sí mismo. La ensayista e investigadora Paula Sibilia lo explica en su libro La intimidad como espectáculo, donde sostiene que la vida privada dejó de permanecer reservada al ámbito íntimo para convertirse en material de exhibición pública: un “yo” que se construye frente a los demás a través de imágenes, relatos y escenas seleccionadas con una intención en concreto.“Las redes funcionan como una vidriera donde se muestra todo lo que sale bien y se oculta lo demás”, resume la psiquiatra consultada. Esa selección permanente, explica, distorsiona la percepción de la realidad y aumenta la presión sobre la propia imagen.Gastón recuerda cómo ese mecanismo empezó a moldear sus hábitos. “Los cambios que proponen los influencers no siempre son positivos: te muestran fotos de platos donde la mitad tiene que ser verde, un cuarto proteína y un cuarto legumbres o que tenés que hacer 10.000 pasos diarios. Parecen tips ‘copados’ y de buena onda, pero el trasfondo es que sentís que tenés que llegar a ese cuerpo ideal”, repasa.Federico describe un proceso parecido. “Ves a alguien que luce de cierta forma y pensás que vos también podés, entonces empezás a hacer todo lo posible para eso: implementar el ayuno intermitente o tomar ocho vasos de agua por día, solo para calmar esa ansiedad”, dice.En este mismo contexto, Valentina tomó la decisión opuesta. “Dejé de seguir a casi todos los influencers que aparecían en mi feed porque el efecto que me generaban era muy negativo. Solo conseguían que me comparara y deseara una vida que, en realidad, ni siquiera quiero tener”, indica. A esta corriente se suman cuentas como @thefoodbabe, que afirma categóricamente que gran parte de los alimentos de supermercado son “veneno”, o creadoras como @marillewellyn, con una propuesta que orienta a la compra de suplementos de su propia marca.En una línea similar de control riguroso sobre el organismo, figuras como @bryanjohnson_muestran un hiperseguimiento de su rutina diaria con el objetivo de “aumentar su longevidad”, transformando el bienestar en una disciplina de monitoreo constante.“Cámaras de eco”“A veces siento que el algoritmo me encierra en un tipo de contenido determinado y no me deja de aparecer, por eso, cuando creo que algo puede ser nocivo, le pongo el botón de ‘no me interesa’ e intento que el algoritmo no perciba que me llama la atención”, reflexiona Martina sobre su experiencia con TikTok.Ese fenómeno fue documentado por un estudio de la Universidad de Melbourne, que siguió durante un mes la actividad en TikTok de 42 personas con trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y de otros 49 usuarios sin diagnóstico. Al terminar, se evaluó aquello que les aparecía como contenido sugerido.Los resultados marcaron una diferencia contundente. A las personas con trastornos alimenticios, TikTok les mostró un 146% más de videos sobre apariencia, un 335% más de contenidos sobre dietas, un 142% más de ejercicio y un 4343% más de “videos tóxicos vinculados a trastornos alimentarios”.Y e
Fuente: La Nación