Economía
Crecieron un 70%: una provincia ya tiene 51.000 hectáreas de tres cultivos que van más allá de una moda
ROSARIO.- El margen bruto de la carinata puede llegar a triplicar el del trigo. Ese fue uno de los ejemplos que presentó el productor y asesor entrerriano Adrián Moriconi para explicar por qué las crucíferas empiezan a ganar lugar en los planteos agrícolas. Según contó, el año pasado una carinata con un rendimiento de 2000 kilos por hectárea dejó un margen bruto de US$300 por hectárea. En el mismo ambiente, un trigo de 4000 kilos —un rendimiento equivalente— generó unos US$100.“Triplicamos el margen bruto”, resumió. Y agregó que ese resultado explica buena parte del crecimiento que vienen mostrando estos cultivos. Solo en Entre Ríos, aseguró, la superficie sembrada con carinata, colza y camelina pasó de 31.000 a 51.000 hectáreas este año, un aumento cercano al 70%.A sala llena: una experta de Estados Unidos presentó en el país una metodología para medir la salud del sueloEl planteo surgió durante un panel realizado en el Congreso de Aapresid, que se hace con Expoagro, donde productores, asesores e investigadores analizaron por qué cultivos como la carinata, la colza y la camelina empiezan a ganar espacio en los sistemas productivos. Coincidieron en que la rentabilidad explica parte de ese crecimiento, pero también los beneficios agronómicos que aportan a las rotaciones.Leonardo Coll, investigador del INTA Paraná, sostuvo que el principal aporte de las crucíferas es que permiten diversificar los sistemas agrícolas. “Hace años que venimos hablando de la intensificación agrícola y eso ya se ve en el campo. Pero, además de intensificar, necesitamos diversificar las rotaciones”, afirmó. Según explicó, incorporar estas especies mejora la eficiencia en el uso del nitrógeno, modifica las comunidades de malezas, ayuda a cortar ciclos de enfermedades y contribuye a estabilizar los rendimientos.El especialista señaló que otro beneficio es que estos cultivos liberan antes el lote, lo que facilita sembrar dentro de la ventana óptima la soja de segunda. “Es mucho más fácil sembrar dentro de la ventana óptima si antes hubo una brasicácea que si hubo un trigo”, explicó. También destacó que son “muy buenos antecesores para maíces de segunda”.Sobre el agua, Coll también buscó despejar una de las principales dudas sobre estos cultivos. “Muchas veces se dice que consumen más agua en invierno. Después eso se compensa con un mejor aprovechamiento de las lluvias de primavera”, explicó. Según los ensayos que mostró, cuando llega el momento de sembrar los cultivos de verano, el suelo termina con un nivel de agua similar.Para el investigador, el análisis ya no debe hacerse cultivo por cultivo, sino sobre toda la secuencia. “Tenemos que empezar a analizar la rentabilidad general de la secuencia más que la del cultivo particular”, sostuvo. En ese sentido, señaló que las crucíferas no solo aportan una buena rentabilidad, sino que también reducen riesgos, mejoran el desempeño de los cultivos de segunda, favorecen la implantación, disminuyen la inmovilización de nutrientes y aumentan la infiltración del agua.Moriconi contó que, cuando comenzaron a proponer estos cultivos, muchos productores los miraban con desconfianza. Sin embargo, aseguró que esa resistencia empezó a cambiar cuando aparecieron los resultados económicos. “La atención del productor entra por el bolsillo”, afirmó. Según explicó, una vez que comprueban la rentabilidad, empiezan a valorar el resto de los beneficios agronómicos.El productor explicó que la planificación comienza varios meses antes de la siembra. Recomendó implantar estos cultivos entre el 10 de abril y el 15 de mayo, sobre lotes limpios y con la menor cobertura posible. “Una vez que el cultivo se implantó, no tiene mayores inconvenientes. Hay muy pocos problemas de malezas y pocas plagas”, dijo. El momento más delicado llega en la cosecha. “Hay que estar ahí con la cosechadora, viendo el clima, si va a llover o no. La cosecha es lenta, a tres o cuatro kilómetros por hora. Pero todo ese esfuerzo se justifica por la rentabilidad que te otorga y los beneficios agronómicos”, afirmó.Esa adopción también se reflejó en la experiencia de César Martins Mogo, productor y contratista de Marcos Juárez, Córdoba. Contó que comenzó probando camelina en una pequeña superficie y, a medida que fue viendo los resultados, fue ampliando el área sembrada. Como productor pasó de 20 a 130 hectáreas, mientras que como contratista pasó de sembrar unas 20 hectáreas en los primeros años a alrededor de 1200 hectáreas en la última campaña. Además, aseguró que observó mejoras en sectores del lote con problemas de compactación. “No soy un técnico, soy un productor, pero les puedo contar lo que veo. Los ojuelos se achicaron, desaparecieron”, relató.Para Coll, justamente ese es el desafío. “Es un cultivo como cualquier otro. El problema es que la gente se anime a incorporarlo y a probarlo”, afirmó.
Fuente: La Nación