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Pipo Pescador, Oscar Panno y Horacio Marín: diálogo imaginario sobre dos Argentinas
Un talentoso artista de variedades, un gran campeón de ajedrez y un profesional de excelencia que conduce la empresa más importante del país construyen, sin proponérselo, un mapa sobre los desafíos cruciales de la Argentina. ¿Cómo es eso?Tres entrevistas publicadas en LA NACION con varias semanas de distancia ofrecen, si hiciéramos el ejercicio de conectarlas y leerlas como un diálogo, retazos del enorme potencial que tenemos, pero, a la vez, del ancla que condiciona nuestro futuro. Nos hablan de una Argentina que puede soñar con una etapa de desarrollo, pero también de aquella que retrocede ante la indiferencia y la desidia del Estado.Las entrevistas fueron a Pipo Pescador –aquel músico entrañable que fue la banda sonora de la infancia de varias generaciones–; a Oscar Panno, el primer ajedrecista argentino que se consagró campeón del mundo, y a Horacio Marín, el presidente de YPF.Marín habla un lenguaje de futuro. Cuenta con pasión, pero también con hechos, el fenomenal proceso de expansión en el que está embarcada YPF, que proyecta –en una década– pasar del puesto 70 a estar entre las primeras 20 petroleras del mundo. Es un ejecutivo que simboliza la ambición y el potencial de la Argentina en un campo tan prometedor como el de la energía. Su propia historia condensa los mejores valores de nuestra sociedad: es hijo de la cultura del esfuerzo, del mérito, de la superación, pero sobre todo, de la educación pública. Reivindica las enseñanzas de su abuela, una inmigrante italiana que llegó sin nada a la Argentina, y de su madre, que a los 11 años fue a trabajar a una peluquería para que en su casa pudieran tener un inodoro. De aquella historia nació un ingeniero químico que se graduó en la universidad pública con un promedio de 9,47, pero también un tenista profesional que llegó a jugar en Wimbledon y que hoy lidera el gran desarrollo de Vaca Muerta.La entrevista a Marín que le hizo el domingo pasado María Eugenia Estenssoro –una brillante periodista que además es hija de José Estenssoro, el hombre que transformó YPF en la década del 90– aporta el retrato de una Argentina con ambición, con potencial, en la que el desarrollo científico y tecnológico promete una revolución. Es, también, un recordatorio de lo que se puede hacer desde el Estado cuando se gestiona con profesionalismo, con seriedad y también con equilibrio. Marín fue designado en YPF por el actual presidente, pero habla con un tono de moderación y de humildad que parece ajeno al que sintoniza el poder.Si rebobinamos unas semanas y releemos una entrevista al genial Pipo Pescador, nos encontraremos, sin embargo, con el registro de otro país. El artista, que hoy tiene 80 años y vive en Alemania, ha trabajado toda su vida con el público infantil y cuenta, de un modo casi anecdótico, algo desolador: “Hace poco, en mi último viaje a la Argentina, recibí cartitas y notitas de niños de 9 o 10 años y no se puede entender lo que quisieron escribir. Las faltas de ortografía son apabullantes. Si las comparás con las cartas que los niños me enviaban en los setenta, [el declive] es horroroso”.Es, por supuesto, un recorte, apenas una pincelada impresionista que no alcanza estatus estadístico. Pero tiene el valor de la observación aguda de alguien que recibe cartas de niños argentinos desde hace más de cincuenta años y que mira a la infancia con un ojo atento y una sensibilidad especial. Hace juego, además, con datos de Argentinos por la Educación: el 46% de los alumnos de tercer grado de primaria no alcanzan el nivel mínimo de lectura y no comprenden lo que leen. En los sectores vulnerables, la falta de comprensión lectora supera el 60 por ciento.¿Hay una preocupación del Estado por este flagelo? ¿Hay espacio para proponer soluciones y ayudar a mejorar y fortalecer la escuela desde la sociedad civil?Una respuesta aparece en la entrevista que le hizo Cristian Grosso a Oscar Panno, gran maestro de ajedrez; una figura icónica de ese deporte, que también es ingeniero.Con el solo interés de contribuir a mejorar la educación, Panno promueve desde hace años la enseñanza escolar del ajedrez. “Es la mejor herramienta para desarrollar la inteligencia natural”, explica. Estimula, además, el pensamiento lógico, la concentración y las habilidades de “lectura” e interpretación a través del juego. Su iniciativa, sin embargo, ha chocado sistemáticamente contra un muro de indiferencia estatal. Él lo explica así: “Todos los proyectos de ley para hacer obligatorio el ajedrez escolar tropiezan con que no hay presupuesto. Entonces desarrollamos un sistema, a través de la web, para que los maestros de grado puedan ser los agentes motivadores y lograr esa alfabetización ajedrecística. Pero salvo algún intento en San Luis, no hemos podido hacer nada. [El Estado] es un paquidermo tan grande que no se logra avanzar entre tanta burocracia. Quisimos hacer acciones a través de la Secretaría de Deportes, pero no hubo caso. Nos derivaron a gente de segundas y terceras líneas, pero nunca avanza. Nos dijeron que iban a hacer una prueba piloto, pero acá estamos: nada de nada”.El diálogo, entonces, se arma solo: Marín nos cuenta que hay una Argentina que se está asomando al futuro con enormes expectativas, que puede generar desarrollo y muy buenas oportunidades. Es cierto. Pero Pipo Pescador avisa que una gran cantidad de chicos de escuela primaria no saben ni siquiera escribir y que a ese futuro, entonces, le faltará capital humano. Panno no quiere ser pesimista (de hecho, no baja los brazos a los 91 años), pero aporta su experiencia: “Es muy difícil ayudar”. Las propuestas para mejorar la educación naufragan en un mar de burocracia e indolencia estatal.¿Cómo hacemos para que ese diálogo no sea un mero ejercicio imaginario, sino un hecho real y constructivo? En esas tres entrevistas asoma también el retrato de una gestión de gobierno: hay un foco puesto en el desarrollo de áreas estratégicas, y eso es muy alentador, pero no se habla prácticamente de educación. Hay un relato sobre el reformismo y la eficiencia, pero el Estado exhibe en muchos aspectos niveles muy altos de inoperancia que hacen que muchas iniciativas no puedan progresar.Vaca Muerta promete otra Argentina, pero cuando necesite ocupar más puestos de trabajo llegarán esos chicos a los que la escuela ni siquiera les da herramientas para escribirle una carta legible a Pipo Pescador.Si leemos esas tres entrevistas como partes de un todo, veremos un país que camina rengo: por un lado se mete en el futuro, pero por otro parece resignarse al retroceso; habla de “revolución energética”, pero ni siquiera intenta una revolución educativa; promueve una nueva matriz productiva, pero es incapaz de sentarse con las universidades a discutir los recursos que hacen falta para esa economía emergente.Si Pipo Pescador volviera a componer canciones, tal vez tendría el título de una mucho menos divertida que sus clásicos entrañables: “El futuro no tiene quien le escriba”. Sería una triste melodía, pero podría funcionar como un llamado de atención.
Fuente: La Nación