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60 años de Revolver, el clásico vanguardista de los Beatles
¿Por dónde se empieza a hablar de un suceso tan genial, tan trascendente y con tantas aristas como el que aquí se trata? Los 35 cargadísimos minutos que dura Revolver, el séptimo disco de The Beatles, el que partió en dos su inmaculada trayectoria, son solo el comienzo de esta historia. O el final: los meses previos a la publicación de Revolver -un día como hoy, hace seis décadas- encontraron a los Beatles atravesando todo tipo de situaciones. La cancelación de un nuevo proyecto cinematográfico con la banda como protagonista generó un bache inédito en su agenda, que ocuparon pasando más tiempo que nunca metidos en los estudios Abbey Road. Esas sesiones, iniciadas el 6 de abril de 1966, irían dando forma entre pruebas y errores afortunados a los 14 temas que conforman el LP. Al cierre de su grabación le siguió una nueva gira mundial, iniciada en junio de ese mismo año y que resultaría inolvidable…por las peores razones.Japón recibió a los oriundos de Liverpool con el ya habitual furor de la beatlemanía al igual que con muestras públicas de descontento, gracias a la designación del Nippon Budōkan de Tokio como el recinto en el que se llevarían a cabo los cinco conciertos del grupo. Construido para los juegos olímpicos que la tierra del sol naciente hospedó dos años antes, el estadio “se suponía que era un salón espiritual especial, reservado únicamente para las artes marciales”, recordaría George Harrison en el maravilloso documental de la BBC The Beatles Anthology. Debido al control que la policía de la ciudad ejercía sobre el público asistente, dichos conciertos fueron los primeros en mucho tiempo en los que los músicos pudieron realmente escucharse tocando, ya acostumbrados al griterío ensordecedor de los fanáticos. Ese inusual silencio no hizo más que exponer, durante el primero de sus shows, los errores de su cada vez más compleja performance.La siguiente parada fue en la ciudad de Manila, capital de Filipinas, donde la experiencia fue tan traumática que John, Paul, Ringo y George prometieron jamás volver a pisar las islas. El país asiático se encontraba bajo la dictadura de Ferdinand Marcos, quien junto a su esposa, Imelda, mantenía a la nación en una especie de autocracia. Son tantos los hechos ocurridos durante la breve estadía de los Beatles allí que merecen una nota aparte. Lo importante: regresando a Gran Bretaña, la crucial decisión de dejar de tocar en vivo ya estaba tomada. Sólo hubo lugar para un último cruce del Atlántico -pocos días después del lanzamiento de Revolver- en lo que sería la tercera presentación del grupo en los Estados Unidos. Una porción de la gira tan tensa como las anteriores, si no más, debido al resentimiento que generó en el Bible Belt norteamericano la publicación de una entrevista a Lennon en la que, descontextualización mediante, el inglés aseguraba que su banda “ya era más famosa que Jesús”.Esta breve enmarcación nos permite volver a lo importante. ¿Qué hace a Revolver un disco tan especial? Sin duda el talento individual y grupal de sus autores, capaces gracias a él de revolucionar cada lugar del mundo por el que pasaban. Para este momento, las composiciones de Paul y John y sus letras habían madurado muchísimo desde los no tan lejanos días de “She Loves You” y “I Wanna Hold Your Hand”, mientras que George ya comenzaba a hacerse un lugar cada vez mayor con las canciones de su autoría. La extensa duración del proceso de grabación del álbum -por encima de las 220 horas de estudio-, algo novedoso para ellos mismos y para cualquier conjunto de la época, le permitió al siempre curioso cuarteto revestir la base rítmica y melódica de sus temas con todo tipo de experimentaciones, como ya puede notarse en el single doble con “Paperback Writer” y “Rain”, que anticipó a la publicación del disco. La última de estas dos canciones, el lado B del vinilo, es en palabras del crítico musical Simon Reynolds “su primera pista abiertamente psicodélica” tanto lírica como sonoramente. También se trata, según el propio Lennon, de la primera en tener música en reversa. Esta sed por experimentar de los Beatles trascendía el plano musical, siendo también este el momento donde el consumo de drogas ingresó en la banda y en una buena porción de los artistas contemporáneos, plasmando las vivencias de esos trips en sus propias creaciones.Revolver, cuyo nombre remite en inglés al movimiento circular del vinilo sobre el plato del tocadiscos (gira, “it revolves”, en palabras de McCartney), sugiere el advenimiento de tiempos psicodélicos desde su epidermis, la tapa. Ganadora de un premio Grammy, la combinación de fotomontaje y dibujo a tinta diseñado por el alemán Klaus Voormann representa un salto significativo en relación a las portadas anteriores del grupo. El efecto que estira la foto de los jóvenes melenudos en la de Rubber Soul, el álbum inmediatamente anterior, ya insinuaba una dirección distinta en el aspecto visual de los británicos. Ese mismo proyecto inició otro proceso que se profundiza en Revolver: la noción del disco como algo más que un conjunto de sencillos. Los Beatles, capaces de sacar hits de sus bolsillos, empiezan a concebir obras -como ocurría en simultáneo del otro lado del charco, con los Beach Boys y su Pet Sounds-. Y vaya que esta obra está bien concebida. El “one, two, three, four” y una tos anteceden al shock de groove con el que “Taxman” abre el álbum. Una canción denunciatoria en la que George, con humor inglés, reclama indignado cómo los impuestos se quedan con una buena parte de sus regalías. El relampagueante solo de guitarra es obra de Paul, sorprendentemente. Suyo es también el tema siguiente, “Eleanor Rigby”. Una genialidad, una pieza con un empuje impresionante. La inconfundible voz de Macca y un doble cuarteto de cuerdas, orquestado por el ángel de la guarda que fue George Martin, musicalizan una canción pop sobre la soledad, temática que no abundaba en las radios por aquel entonces. La crudeza de su instrumentación está inspirada en lo hecho por Bernard Herrmann para la banda sonora de Psicosis, el famosísimo film de Hitchcock. Así empieza el disco, y es muy difícil no detenerse en cada uno de los doce temas restantes. Sin superar los tres minutos, ninguno de ellos es una idea que no termina de desarrollarse. Cada uno aporta algo: la refinadísima dulzura beatle en canciones como “Here, There and Everywhere”, la cuota de música india -que Harrison ya había introducido con su sitar durante “Norwegian Wood”- en “Love You To”, las guitarras completamente visionarias de “She Said She Said” y “And Your Bird Can Sing”, el himno para todas las edades cantado por Ringo que es “Yellow Submarine”...Todo para llegar hasta “Tomorrow Never Knows”, quizás la mayor proeza técnica de este compendio de proezas técnicas. Una canción casi mántrica, inspirada en las lecturas recientes de Lennon como el Libro tibetano de los muertos. Su título no es más que otro de los ocurrentes malapropismos de Ringo, quien ya le había dado nombre de ese modo a “A Hard Day’s Night”. Sin moverse del acorde de Do, el tema da cierre a Revolver con John instruyendo al oyente hacia la “muerte del ego”, un proceso independiente de la muerte física (“It is not dying”, se concluye en la primera estrofa). Su voz, la primera en pasar por el sistema de double tracking -un paneo vocal en estéreo- tenía la misión de sonar como “cien monjes cantando”. Para ello, el joven y desprejuiciado ingeniero de sonido Geoff Emerick empleó un amplificador Leslie, habitualmente utilizado para alterar el sonido original de un instrumento pero nunca antes aplicado sobre un cantante. El resultado, una emisión trascendental y engrandecida que, sin embargo, no puede más que compartir el protagonismo con todos los otros eventos que acontecen durante la pieza: el hipnotizante e inusual loop de batería, los solos de guitarra a la inversa -ya presentes en “I’m Only Sleeping”- y los innumerables bucles de sonidos inspirados en la música concreta, como el falso graznar de unas gaviotas. Solo quienes levantaron la púa del vinilo tras terminar el disco por primera vez durante esos días de agosto de 1966 pueden decir que oyeron sonar al futuro.Tan poco como ¡diez meses! después de Revolver llegaría el quizás incluso más celebrado Sgt. Pepper’s, ya con el viento de cola de un álbum que, como el propio viento, viejo y todo sigue soplando. Hace sesenta años que el panorama del pop-rock ya no es el mismo y es gracias a cuatro scousers mediando la veintena, quienes nunca dejaron de ver a la música como una oportunidad de jugar. Y a los habilidosos hay que dejarlos jugar.
Fuente: La Nación