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No le confirmaban un tumor cerebral, superó una cirugía despierto y volvió a empezar: “Necesitábamos certezas”
A sus 29 años, Agustín Borda se encontraba en pleno proceso de reconstruir su vida tras haber superado una depresión. Estudiaba la Licenciatura en Psicología y, para sostenerse día a día, no le esquivaba a ningún trabajo: pulía pisos de madera, paseaba perros, vendía artículos de cocina y repostería, pintaba, cortaba el pasto y atendía en una casa de repuestos de autos. En medio de esa rutina vertiginosa, encontraba un refugio vital en el ejercicio físico, la batería y la escritura, una pasión que con el tiempo se convertiría en su auténtica vocación y que hoy lo impulsa a buscar la publicación de su primer libro de poemas y cuentos.Sin embargo, poco a poco, comenzaron a aparecer señales sutiles pero inquietantes: pequeñas dificultades para encontrar las palabras, momentos de desorientación en lugares que conocía de memoria, desmayos, fiebres imprevistas y dolores de cabeza intensos. A eso se le sumaban episodios breves en los que solo alcanzaba a balbucear, además de una fuerte sensibilidad a la luz y contracturas persistentes. Como suele suceder, Agustín buscó explicaciones cotidianas para lo que le pasaba; jamás imaginó que el origen de todo estaba en su cabeza.Una muy mala noticiaLa respuesta llegó de forma drástica el día en que sufrió una convulsión prolongada que lo dejó inconsciente durante casi 50 minutos. Tras ser trasladado de urgencia por su familia a la guardia médica, una serie de estudios neurológicos y una tomografía revelaron finalmente lo que ocurría: la presencia de un oligodendroglioma grado 3, un tumor cerebral maligno.En la Argentina todavía no contamos con un registro nacional específico de tumores del sistema nervioso central (SNC), y ese es uno de los desafíos pendientes. A nivel internacional, los tumores primarios del sistema nervioso central representan menos del 2% de todos los cánceres, por lo que se consideran enfermedades raras. Sin embargo, su impacto es enorme, porque afectan un órgano crítico y suelen generar secuelas neurológicas importantes, además de una alta complejidad diagnóstica y terapéutica. La doctora Alejandra Álvarez Bernardez —oncóloga clínica especializada en tumores del Sistema Nervioso Central (SNC), miembro del Grupo Argentino de Investigación en Neuro-Oncología (GAINO) y coordinadora de la Red de Neuro-oncología del Sistema Público de Salud— fue quien atendió a Agustín.“En el caso de los tumores cerebrales, al ser poco frecuentes, muchas veces no aparecen como la primera sospecha y eso puede retrasar el diagnóstico y la derivación. Además, la baja prevalencia hace que muchos profesionales vean pocos casos a lo largo de su práctica”, expresa. Y agrega: “La principal barrera es que estos tumores suelen comenzar con síntomas muy inespecíficos. Un dolor de cabeza persistente, una convulsión, cambios en la personalidad, alteraciones del lenguaje o de la fuerza pueden atribuirse inicialmente a otras causas, lo que retrasa la sospecha diagnóstica. A eso se suman las demoras para acceder a consultas especializadas y a estudios de alta complejidad, como una resonancia magnética. Cada retraso representa una oportunidad perdida para llegar antes al diagnóstico e iniciar el tratamiento oportunamente”.“Necesitábamos certezas”Para Agustín, ese diagnóstico marcó el inicio de un antes y un después: un camino de seis meses entre estudios profundos, resonancias magnéticas, evaluaciones funcionales y una preparación física y emocional constante hasta llegar al día de la cirugía.“Cuando me confirmaron que había algo en mi cabeza, lo primero que sentí fue una entrega absoluta: pensé que iba a hacer estrictamente todo lo que los especialistas me indicaran. Sin embargo, procesar esa noticia con la familia no es fácil. Al principio, en el primer hospital nos dijeron que no se podía confirmar que fuera un tumor y que tampoco era una urgencia. Pero ni mi mamá, ni mi novia, ni yo nos quedamos tranquilos con esa respuesta. Necesitábamos certezas”, recuerda.“Para mí fue shockeante, nunca me había tocado vivir algo así de primera mano. Con mucha preocupación y angustia, la ansiedad me jugó en contra y hasta forcé para que se hiciera lo antes posible la primera resonancia. Le dije que había que intentar hacer todo lo más rápido posible, ganarle tiempo a lo que fuere”, recuerda Daniela, la novia de Agustín.Ante la duda, la familia decidió no quedarse de brazos cruzados y buscar una segunda opinión en el Hospital Argerich. Allí, aunque los médicos tampoco podían precisar aún la naturaleza exacta de la lesión, coincidieron de inmediato en la urgencia del cuadro: era fundamental actuar sin demoras y todo indicaba que el paso definitivo sería una intervención quirúrgica.“Decidir operarme fue como dar un salto de fe al vacío. El equipo de neurocirugía determinó que la mejor opción era una craneotomía con el paciente despierto. Para no entrar en pánico frente a algo tan complejo, la asistencia del equipo de Salud Mental fue fundamental: me mostraron el quirófano, me explicaron cómo trabajaban, los protocolos y el rol de cada profesional. Desde las enfermeras y los anestesiólogos hasta los fonoaudiólogos, todos me transmitieron una calidez humana y una contención que me dieron una sensación real de seguridad”.¿Cómo fue la intervención?La preparación previa fue clave para afrontar una técnica quirúrgica tan minuciosa como exigente. Al tratarse de un tumor ubicado en una zona elocuente del cerebro, el objetivo principal de mantener a Agustín consciente durante las más de cinco horas de operación era monitorear en tiempo real sus funciones neurológicas, garantizando la protección de las áreas del lenguaje y el movimiento mientras avanzaban en la extracción.“Durante la cirugía viví una descarga enorme de adrenalina. Recuerdo el ambiente coordinado por el equipo, que incluso me dejó elegir la música: pedí escuchar jazz. De a ratos sentía ruidos muy fuertes, como el retumbar del instrumental contra el cráneo, que funcionaba como una verdadera caja acústica cuya vibración me va a quedar grabada para siempre. Debajo de una especie de carpa que me cubría la cabeza, solo veía al neurofisiólogo y al equipo neurológico, quienes me hacían test constantes: completar frases o identificar imágenes incompletas para evaluar mi actividad cerebral mientras operaban”.“Fueron las cinco horas y media más largas de mi vida. La ansiedad y preocupación no se fueron ni por un segundo durante ese tiempo”, expresa Daniela.Su pasión por la lectura y escrituraEl amor de Agustín por las palabras no nació de la nada; fue una semilla plantada en su infancia entre los cuentos que le leía su mamá y el espíritu artesanal y musical de su papá. Sin embargo, su verdadero flechazo con la literatura ocurrió al descubrir la magia de los ciclos de lectura en vivo. Ver a personas compartir sus propios escritos, desnudando su intimidad y encontrando un abrazo colectivo en el respeto y los aplausos de desconocidos, lo fascinó por completo. Inspirado por lecturas de Pizarnik, Cortázar y Galeano, entendió que la escritura no era solo un pasatiempo, sino un refugio donde transformar la propia vulnerabilidad en arte.“Durante el tratamiento de quimioterapia, la literatura se convirtió en mi canal de desahogo y en un espejo sincero. Escribí mucho sobre la frustración y la impotencia que se sienten cuando el cuerpo te limita y perdés esa independencia cotidiana a la que estabas acostumbrado. Pero escribir también me ayudó a sanar por dentro: fue la herramienta que me permitió aflojar las resistencias, procesar lo que me pasaba y aprender a recibir con el corazón abierto el amor, la ayuda y el acompañamiento incondicional de mis seres queridos en los momentos más oscuros”.Nacido en pleno corazón del tratamiento, este escrito brotó no solo como una vía de escape frente al dolor, sino como un abrazo del alma para recordar que, aun en los días más grises, la belleza y la luz logran abrirse paso. Cada verso fue un acto de valentía: la forma en que Agustín decidió transformar el cansancio en arte, la incertidumbre en refugio y el proceso de sanación en una melodía de resiliencia y ganas de vivir. Es el testimonio vivo de un corazón que se negó a apagarse y que encontró en el poder del papel la fuerza para renacer.Soy una moneda de dos carasy una de ellas se llama cáncer.En mi corta vida hubo tormentasque me arrancaron piezas,pero también me enseñaron a flotar.Romper no es perder,romper es abrir grietaspara que entre la luz.Aprendí que la vulnerabilidadno es cosa de débiles,sino la armadura de los valientes.Y aunque para muchos sea una maldición,para mí es la llaveque abrió la puerta de la aceptación:saber que, mientras respire,voy a decirte que te quieroy a celebrar el lazo que nos une.(Fragmento de La otra cara, la poesía)¿Cómo es la vida de Agustín?La doctora Álvarez Bernardez remarca que, hoy en día, el abordaje de este tipo de tumores se define de forma absolutamente personalizada: factores como el perfil molecular, la localización del tumor, la edad y el estado general de cada persona son determinantes para elegir el mejor camino. Por eso, destaca la necesidad imperiosa de que cada paciente sea evaluado desde el primer momento por un equipo transdisciplinario. “El pronóstico no depende únicamente de la biología del tumor, sino de que el paciente no pierda oportunidades. Un diagnóstico oportuno, la discusión entre especialistas y el acceso temprano al tratamiento adecuado pueden marcar, categóricamente, la diferencia entre la vida y la incertidumbre”.Hoy, la vida de Agustín transcurre entre la ilusión de sus proyectos personales y el rigor de los controles médicos periódicos. Las resonancias magnéticas cada cuatro meses son la brújula indispensable para confirmar que la enfermedad permanece estable y sin novedades. A su vez, mantiene un seguimiento constante con un equipo interdisciplinario de oncología, neurocirugía y neurología, enfocado siempre en proteger y potenciar su calidad de vida.Aunque para muchos se ha convertido en un ejemplo de superviv
Fuente: La Nación