“Viví un infierno”. A los 13 años, perdió la visión de un ojo por el bullying que sufría y hoy inspira un proyecto de ley

Cuando vio que la compañera que la hostigaba desde hacía meses se acercaba a la puerta del aula, Florencia Merino hizo un movimiento casi automático: dio unos pasos hacia atrás para dejarla pasar. Tenía 13 años y ya había aprendido que mantener distancia era la mejor manera de evitar problemas.Pero aquella tarde del jueves 1° de agosto de 2013 la distancia no alcanzó.La adolescente levantó un transportador de plástico y lo lanzó como si fuera un búmeran. El útil escolar fue directo al ojo derecho de Florencia.—Me tiraste algo en el ojo.—No.—Te vi —alcanzó a decir Florencia.Fueron las únicas palabras que intercambiaron antes de que el desconcierto reemplazara al dolor. Florencia caminó hasta la dirección de la escuela cubriéndose el ojo con una mano. Sentía un líquido que le corría por la cara y le empapaba la manga de la campera azul, pero no entendía qué estaba pasando.La ambulancia tardó casi una hora. Cuando llegó, la enfermera la examinó y pronunció una frase que Florencia todavía recuerda:—Me ha superado el daño.En la clínica confirmaron que el golpe le había provocado un corte de 13 milímetros en el globo ocular y dañado el nervio óptico: “El objeto tiene que haber sido lanzado con mucha violencia”, le dijeron los médicos. La operaron de urgencia. Nunca recuperó la visión.“Hoy llevo la mitad de mi vida viendo con un solo ojo”, cuenta Florencia, que tiene 26 años, vive en San Juan y está terminando la carrera de Abogacía.Ley FlorenciaAquel episodio fue el desenlace de meses de bullying que esa escuela privada no había logrado detener. Florencia había soportado humillaciones y agresiones por parte de esa compañera, mientras otros alumnos se plegaban a las burlas o miraban en silencio y los adultos no intervenían.El ataque tampoco puso fin al hostigamiento. Apenas lo trasladó a otro escenario: el digital.“Ella fue mi acosadora directa, pero después tuve ocho mil acosadores anónimos”, recuerda. Le llegaban mensajes en los que la llamaban “tuerta de mierda” y la acusaban de haber “manchado” el nombre de la institución por hacer público el caso.Trece años después, su historia inspiró un proyecto presentado en el Congreso para crear un Sistema Nacional para la Prevención, Detección Temprana y Abordaje Integral del Bullying, el Ciberbullying y las Violencias Digitales contra niños, niñas y adolescentes. La iniciativa, impulsada por el diputado nacional Cristian Andino, lleva su nombre: Ley Florencia.Entre otros puntos, propone que las escuelas cuenten con protocolos de actuación ante situaciones de acoso y violencia digital y que docentes y directivos reciban capacitación.“La escuela no hizo nada”Cuando Florencia llegó al colegio donde ocurrió todo, a mitad de primer año de la secundaria, la adaptación fue buena. Tenía 12 años y sus compañeros la recibieron bien. El problema empezó al año siguiente, cuando una docente decidió sentarla en la clase de Computación junto a una alumna con la que casi no tenía relación.Un día la trataba bien; al siguiente, se burlaba de ella delante de los demás. Los comentarios apuntaban a su aspecto físico y a situaciones cotidianas, como que sus padres no la dejaran quedarse hasta la madrugada en los cumpleaños. “Teníamos apenas 13 años”, recuerda Florencia.Con el correr de los meses, la violencia pasó de verbal a física. En una clase de Formación Ética, su compañera le pegó un papel con corrector en la frente. Florencia se levantó y le pidió permiso al profesor para ir al baño. Ese docente era, además, el rector de la escuela y psicólogo.“Le dije: ‘Rector, ¿puedo ir a lavarme la cara?’. Era evidente que alguien me había hecho eso, pero no me preguntó qué había pasado. Me dijo solamente: ‘Vaya’”.Florencia se lavó la cara. Cuando salió del baño, encontró a su agresora observándola por la cerradura.En otra oportunidad, mientras estaba sentada de espaldas en clase, la chica le cortó un mechón de pelo sin que se diera cuenta.—Mirá —le dijo, mientras se lo mostraba.Otra vez la empujó con fuerza por una escalera. Florencia alcanzó a sujetarse antes de caer. Años después encontró aquel episodio escrito en un diario íntimo: “Había cosas que ya ni recordaba. Uno bloquea lo malo”.Cuando Florencia pudo contarle a sus papás lo que estaba viviendo, su familia pidió una reunión con los padres de la otra alumna en la escuela. Esperaban que la intervención de los adultos frenara una situación que llevaba meses escalando. No pasó.“No hubo ningún cambio. La escuela no hacía nada. Te venden que tienen un gabinete psicológico que te acompaña, pero no se involucran. No importaba lo que les pasaba a los estudiantes”, sostiene.“No vino nadie a verme” Aquel día de agosto, la operación que le hicieron a Florencia terminó entrada la madrugada. Las primeras semanas transcurrieron entre controles médicos, reposo y una recuperación difícil. La presión ocular le impedía levantarse de la cama. “No se acercó nadie de la escuela a ver cómo estaba”, recuerda.Cuando estuvo en condiciones de volver a clases, creyó que lo peor había pasado: “Extrañaba ir al colegio, a hockey, a inglés, a danza. Quería recuperar algo de mi rutina”.Se equivocó. “La escuela no quería que volviera. Querían que repitiera el año. No hubo ningún acompañamiento. Mis padres se convirtieron en los padres conflictivos porque reclamaban. Era como si los agresores fuéramos nosotros”, detalla.La familia insistió para que la compañera que la había agredido fuera cambiada de establecimiento. La escuela proponía sancionarla y pasarla a otro curso, lo que implicaba que Florencia siguiera cruzándola en los recreos. Recién después de la intervención del Ministerio de Educación lograron que fuera derivada a otra institución.Pero el regreso de Florencia tampoco fue el que imaginaba. Un día, durante un recreo, alguien le tiró fiambre en el pelo. Llamó a su mamá, que se acercó al colegio. Minutos después, una docente hizo un comentario delante de todo el curso:—Chicos, si se lastiman una uñita también llaman a sus papás.“Me sentí muy chiquita. Le pedí permiso para ir al baño y me fui a llorar”, reconstruye la joven. Terminó cambiándose de colegio. Tampoco allí encontró alivio: muchos de sus nuevos compañeros conocían a alumnos de la escuela anterior y el hostigamiento continuó.“Fue el infierno”, resume.Volvió a cambiarse de institución y recién entonces pudo terminar la secundaria en un ambiente diferente. Sin embargo, las agresiones siguieron en el celular. Durante años recibió insultos, mensajes anónimos y amenazas. Recién en 2018 dejaron de llegar.Durante mucho tiempo quiso estudiar Medicina y convertirse en oftalmóloga. Pero el juicio por lo ocurrido, que terminó sin las respuestas que su familia esperaba, la llevó por otro camino: “Me di cuenta de que no habíamos tenido Justicia. Ahí descubrí que quería estudiar Derecho para ayudar a quienes necesitan ser ayudados”.Su historia llegó hasta Cristian Andino, diputado nacional por San Juan, durante una reunión barrial a la que asistió Fernando, su papá. “Muchas de las propuestas del proyecto surgen de la experiencia de Florencia y Ferando. La agresión que terminó con la pérdida de la visión ocurrió un día en particular, pero antes habían pasado muchas cosas que nadie abordó. Por eso los docentes tienen que estar formados y las escuelas necesitan protocolos claros para intervenir antes de que sea tarde”, explica Andino.Para Florencia, que una ley lleve su nombre tiene un valor que trasciende lo personal.“Si pudiera decirle algo a un chico que está sufriendo bullying, le diría que no tenga miedo de hablar. No todos tienen la suerte de tener padres que los acompañen, pero siempre hay un adulto al que recurrir: un docente, un directivo, un portero. Lo importante es no quedarse solo. Hay más escuelas, hay más amigos. Lo primero es cuidar la salud mental y física”.Desde hace algunos años Florencia decidió contar su historia públicamente. La historia de una chica que durante mucho tiempo creyó que debía correrse para evitar que la lastimaran y que ahora le da nombre a una ley que busca que ningún otro chico tenga que hacerlo.Hablemos de TodoEsta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca cuidar y acompañar la salud mental de los niños y adolescentes. El proyecto ofrece herramientas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas.

Fuente: La Nación