“Termino de tomar este café y me voy; seré un desempleado más”, dice emocionado Sergio Mosquera mientras observa las gotas que bajan por el ventanal del salón hasta desaparecer en el mármol. Llueve en Barracas y el barrio queda huérfano de colores. Después de 133 años, el bar notable “Los Laureles” cierra sus puertas. Mosquera, quien lo reabrió en 2021, deja de ser el custodio de esta esquina tanguera donde la bohemia tuvo un templo.“He dejado el corazón en estas paredes. Uno jamás está detrás de estos sueños por plata”, dice. En septiembre de 2021, aún en pandemia, este vecino de Barracas que se define como “barriólogo” decidió embarcarse junto a un socio en un berretín quijotesco: reabrir el bar donde transcurrió la historia grande de Barracas, uno de los barrios más antiguos de la ciudad. Cuatro años después, el destino teje un jaque mate en la querida esquina de avenida Iriarte y Gonçalves Díaz. En los últimos días de julio, la noticia del cierre sacudió la estantería emocional del barrio y a los milongueros que todos los fines de semana acuden en nostálgica procesión a las tertulias arrabaleras. Con una agenda nutrida, auspiciosa y dedicada no solo al tango, sino a la cultura en general, fue un espacio donde los vecinos podían presentar sus libros, oír música y recrear el encantador misterio porteño: tomar un café, con la ñata contra el vidrio.“Siento mucho dolor; cuesta dejar todo esto. Existe una relación sentimental con las mesas”, sostiene Mosquera. La realidad es la que manda, y no tiene corazón ni sangre que corra por sus venas. Los dueños de la esquina la pusieron a la venta; el contrato de alquiler terminó y, dada la situación actual del bar, no será renovado. View this post on Instagram A post shared by Carlos Cantini (@cafecontado)
“Hemos perdido las fuerzas”, confiesa Mosquera. La vieja esquina se resiente con sus 133 años de historia e historias. El turismo internacional que llega a la ciudad en busca de experiencias genuinas y del tango más clásico siempre tuvo en “Los Laurales” una parada obligada. “Ha bajado el movimiento al mediodía y, sobre todo, el turismo: no hay turistas en Buenos Aires”, afirma el administrador del bar. El que se mantiene fiel, afirma, es el público local. “El que sale de noche, sigue saliendo. El tanguero es muy fiel”, asegura. Una esquina con historiaEn “Los Laureles” se respira historia. Sus enormes ventanales fileteados producen un filtro natural; los rayos del sol entibian el piso damero, lustrado por la romántica consumación de más de un siglo de milongas. El salón, de grandes dimensiones y techo alto, conserva su aura patrimonial: un mostrador aplomado; el escenario; las fotos de un Gardel sonriente y eterno y de las glorias del boxeo que tuvieron su refugio aquí, y una hilera de pizarrones donde se expone el menú: pastas, milanesas, revuelto gramajo, omelettes, merluza a la romana, lenguado al roquefort y tortillas. “Fue pulpería”, cuenta Mosquera. “Los Laureles” abrió en 1893. Hasta la epidemia de la fiebre amarilla, ocurrida en 1871, el progreso nacía y se irradiaba desde el sur hacia el norte de la ciudad. El puerto de La Boca concentraba toda la actividad naviera, principal medio en el que se transportaban los productos argentinos. Fue la entrada y salida del país durante mucho tiempo. Pero la epidemia asoló el sur porteño: las principales familias se trasladaron al norte, a los actuales barrios de Recoleta y Retiro.Barracas pasó a ser un barrio obrero; se instalaron grandes fábricas y curtiembres. “Los Laureles” acompañó ese proceso. “Por esta esquina pasaron Pedro de Mendoza y William Beresford”, cuenta Mosquera. Historiadores del barrio estiman que el adelantado español pudo haber desembarcado en una playa natural llamada Elisita, que está sobre la costa del Riachuelo, en Barracas. También por esa zona habrían entrado a Buenos Aires los ingleses en la primera de sus dos invasiones. Beresford fue el general británico que lideró la campaña.“La única vía de acceso era por la calle Iriarte”, dice Mosquera, la misma que cruza sobre el bar. “Acá se celebró el centenario del gol olímpico”, cuenta. Se refiere al partido que disputaron la selección nacional y la uruguaya en la antigua cancha de Sportivo Barracas, a cuatro cuadras de “Los Laureles”, el 2 de octubre de 1924. La cancha ya no está, pero permanece viva en el recuerdo colectivo. Cuando se disputó el partido, Uruguay venía de ganar los Juegos Olímpicos y estrenaba su título de campeón.El destino le iba a jugar en contra al equipo charrúa. El partido debió suspenderse porque llegaron 50.000 personas a una cancha para 15.000 (era la más grande de Buenos Aires). Se jugó una semana después con un vallado metálico. En el minuto 15, el jugador de Huracán Cesáreo Onzari hizo la hazaña. Ejecutó de un modo perfecto un corner que, con una comba celestial, entró en el ángulo del arco uruguayo. “Ese día se hizo el primer gol olímpico del mundo, también nació el alambrado olímpico y se transmitió por primera vez un partido por radio”, cuenta Mosquera.El origen del nombre del bar es un misterio, pero existen dos historias, y una refiere a ese partido. De acuerdo con esa versión, después de que el equipo argentino le ganara al uruguayo, los jugadores fueron a festejar al bar y recibieron laureles. La otra teoría relaciona el nombre del bar con los grandes boxeadores que frecuentaban la esquina. Ninguno de ellos fue campeón mundial. Según este relato, un antiguo encargado, durante una noche en que pasó por una mesa de pugilistas, halló una manera de homenajearlos. “Les dijo: ‘Ustedes son los unidos laureados’”, afirma Mosquera. La verdad solo la conocen las paredes y los curiosos rostros que la humedad dibuja en ellas.El cierre“Hay decisiones que imaginamos no tener que tomar. Esta es una de ellas. Con un profundo dolor, queremos contarles que Bar Notable Los Laureles cerrará sus puertas”, se leyó el 23 de julio en una publicación en la cuenta de Facebook de la Junta de Estudios Históricos de Barracas. Desde entonces, la vieja esquina fue el epicentro de la atención barrial.“Las razones que nos llevan a tomar esta decisión son diversas y profundamente dolorosas. No ha sido una elección sencilla. Pero sí queremos que sepan que, hasta el último día, pusimos todo nuestro esfuerzo para sostener este proyecto con la dignidad y el respeto que un lugar tan emblemático merece”, completa el texto que se viralizó en las cuentas más nodales del barrio.“Cuando cierra un bar histórico, aparece un hueco en la vida de muchas personas que encontraron en ese territorio puntual un lugar donde ser y estar con otros. Son como pequeñas patrias cotidianas”, reflexiona Martina Alfuso, licenciada en Letras y creadora de “Bar de Viejes”, un proyecto cultural que trascendió hasta convertirse en una comunidad y que fue declarado de Interés Cultural por la Legislatura porteña en 2024. Su principal objetivo es volver a poner en el radar a los viejos bares de la ciudad.
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El último adiós de “Los Laureles”: el bar notable de 133 años que marcó la vida de Barracas y mantenía su histórica milonga
Fuente: La Nación