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Milei vs. Cristina: la pelea internacional
En el año 2001 se desató una tormenta como consecuencia de una larga crisis ligada a una recesión importante que hubo en la Argentina. Aquella tormenta derivó en una gran crisis de representación, en un desencuentro entre la ciudadanía y sus representantes.La dirigencia política, a lo largo de los años, tuvo la capacidad de resolver aquella desconexión. Dentro del peronismo, se inventó un sujeto nuevo: el kirchnerismo. Tuvo una gran hegemonía dentro del movimiento. El no peronismo, que había estado dominado centralmente por el radicalismo por más de 100 años, se reorganizó alrededor de Pro. Ese partido era una organización nueva que terminó convirtiéndose en el centro de la coalición llamada Cambiemos. En las elecciones primarias de 2019, ambos sujetos cosecharon el 90% de los votos, logrando por medio de la polarización, esa especie de juego de solteros contra casados, recomponer el vínculo con la gente.Milei vs. Cristina: la pelea internacional; el editorial de Carlos Pagni en Odisea Argentina (03/08)A partir de allí se abrió otra crisis, alimentada por la pandemia. Esas dos fuerzas políticas, que habían cambiado de nombre, vieron reducida su convocatoria a solo el 50% de los votos, es decir, perdieron 40 puntos, en los comicios de 2021. Ese mismo proceso de deterioro condujo a Javier Milei, quien fue la expresión de un momento de mucho desencanto de la sociedad con la política. Daría la impresión sin embargo de que, pese a la irrupción de La Libertad Avanza como nueva fuerza y a la luz de lo ocurrido en años anteriores, no se produjo una reconciliación entre la ciudadanía y sus representantes.No solo se verifica a través de las encuestas que miden la intención de voto o el nivel de adhesión que reciben los principales líderes. Hay un detalle más inasible y menos cuantificable que lo refleja aún más claro: el estado de ánimo. Lo que llevó a Milei al poder fue un clima emocional de mucho desasosiego que vivía la Argentina. El último estudio elaborado por Hugo Haime, con base en la percepción del estado de ánimo de la población, muestra que ese ambiente se mantiene. El 42% de los encuestados dice sentirse triste y desanimado. Asimismo, un 34% de la muestra confiesa tener bronca. Solo el 20% de los participantes del sondeo se encuentra contento y esperanzado. Esta atmósfera no es más que el reflejo de una demanda insatisfecha de los argentinos respecto de la política. Dentro de este clima, sobresale un factor principal, que suele dominar la escena política: el poder adquisitivo del salario. Las subas y bajas de ese poder adquisitivo se traducen en incremento o caída de la imagen de los gobiernos. En la misma encuesta de Haime, y por primera vez en el año, la baja en los salarios le gana como preocupación principal de la gente a la corrupción. El estado de ánimo negativo y la preocupación por un sueldo que no alcanza hacen juego con un tercer dato importante: la necesidad de un cambio. El 65% de los entrevistados coincide en que lo mejor para el país es un cambio total o parcial del modelo económico. Es este el telón de fondo sobre el que se mueven los actores políticos, ya sean del oficialismo o de la oposición. Hasta ahora, sin embargo, esta vocación por cambiar, que coincide con índices de desaprobación al Gobierno cada vez más elevados, no encuentra todavía un vehículo político o una forma de organizarse en términos electorales. Podría cambiar aun así durante el año electoral, con nombres y apellidos propuestos en las boletas.Este fenómeno se convierte en una gran ventaja para el Presidente, que mantiene una minoría homogénea frente a la mayoría desorganizada de la oposición. Esa clase política profesional, tradicional y humillada por el triunfo y la llegada de Milei todavía no se levantó de la lona. Sigue nocaut. Todavía no aparecen personajes que atraigan, ni ideas que organicen el estado de malestar que se expresa en las encuestas.Milei conoce este estado. Lo inquieta, como queda demostrado en su nivel de nerviosismo actual. En una entrevista con Luis Majul para LN+, se lo vio peleando contra los fantasmas de este panorama. Una de las salidas que parece encontrar, como tantos otros líderes políticos cuando el electorado muestra un rostro antipático, es el desplazamiento de la discusión hacia el terreno internacional. Es la ruta que decidió tomar el Gobierno, con gestos quizás exagerados y cuyo rédito no termina de entenderse del todo. Esa orientación tiene un rasgo principal: en muchos planos, pareciera que la política de Donald Trump es la que dicta o determina lo que el Gobierno debe hacer.Milei redobló sus críticas contra Lula da Silva y acentúo las tensiones con BrasilRespecto del conflicto con Lula da Silva, y en contra del esfuerzo que hizo el canciller Pablo Quirno, que dijo distinguir lo ideológico de lo institucional e hizo hincapié en la amistad entre ambos países, Milei volvió a calificar a Lula de “ladrón” y “presidiario”. Pero no se detuvo allí. Dijo que Lula había puesto US$1000 millones en la campaña de Sergio Massa, información que le habría llegado a través de Bolsonaro. Como economista, el Presidente no puede ignorar la magnitud de esa cifra. La escasa verosimilitud de la acusación abre, además, interrogantes sobre la calidad de la información que recibe.Esta es una estrategia que proyecta la visión de Washington sobre la región, que supone volver a la teoría de las zonas de influencia y una “América para los americanos”. Es un objetivo que sólo puede alcanzarse razonablemente de haber un gobierno aliado a los Estados Unidos en Brasil. Esta disputa global tuvo una manifestación muy llamativa por parte de China, cuando Xi Jinping dijo que los brasileños tenían derecho a que no hubieran intromisiones externas en las elecciones locales.Hay otro aspecto del discurso oficial que sintoniza con el de Trump. Durante su charla con Majul, Milei habló de una política gramsciana. Dijo que Antonio Gramsci pretendía que su ideología tome los medios de comunicación, las universidades y las escuelas, y acusó a Cristina Kirchner de haber llevado adelante un modelo similar. Una vez más, no se detuvo allí. Denunció la introducción de periodistas terroristas, científicos terroristas y profesionales de la economía terroristas, a quienes podría haber catalogado así simplemente por la disidencia ideológica o las críticas a su gestión. Es también un calco de la política estadounidense. En la que va del año, las últimas acciones de Marco Rubio, secretario de Estado de EE.UU, exhiben un énfasis en asociar al terrorismo con el llamado “comunismo”. En la misma línea, el Gobierno anunció que impedirá el ingreso de extranjeros que promuevan mensajes de odio contra la Argentina. Es un indicio de que el Ejecutivo tiene algún reparo sobre las expresiones de odio. Aún cuando muchos de sus dirigentes no tienen problema en manifestar odio. Por ejemplo, odio a los periodistas. Es decir: odiar no estaría mal, salvo cuando lo hace un extranjero. Un planteo similar quiere llevar adelante el gobierno norteamericano: la suspensión de la visa a aquellos que tengan una posición crítica de EE.UU. o una posición favorable respecto de países que Estados Unidos considera enemigos, como China. Las similitudes que pueden encontrarse entre el gobierno de Milei y la administración Trump nacen probablemente del imaginario de Santiago Caputo, el “Mago del Kremlin”. Es quien tiene el vínculo ideológico con el entorno del mandatario estadounidense. Un dato interesante: la consultora Tactic Global, de Leonardo Scatturice, empresario muy ligado a Santiago Caputo, rompió su contrato con la SIDE, aclarando que jamás recibió una sola moneda. En esa consultora figuraba como director Barry Bennett, supuesto asesor de campaña de Trump, que decía traer la voz del presidente norteamericano a la Argentina, de la mano del “Mago” Caputo. Hasta que esa voz tuvo un representante oficial: el embajador Peter Lamelas. Aquella ruptura estaría también motivada por la apertura de una causa a instancias de la doctora Eugenia Talerico en el juzgado de María Eugenia Capuchetti, que denunciaba que las actividades de Bennett en la Argentina violaban la ley de inteligencia.Lo cierto es que Milei, frente a las dificultades domésticas, al deterioro de su gobierno ante la opinión pública y a las incógnitas electorales que se desprenden de ese deterioro, huye hacia lo internacional.Para que todo sea simétrico, Cristina Kirchner hace lo mismo. Está ante un problema político enorme: no puede ser candidata. Esto es importante porque, con una candidatura, aunque no fuera real, ella tendría una gran capacidad para disciplinar al peronismo. Además, se le abrió una fisura donde no debía haberla: el kirchnerismo del conurbano bonaerense, la base de poder que le permitió arrastrar detrás de sí a todo el peronismo durante años. Allí abrió una grieta Axel Kicillof.La señora de Kirchner tomó una decisión interesante y sorprendente: contrató a dos abogados. Uno es el brasileño Rafael Valim, abogado y amigo de Lula da Silva, lo que para Milei corroboraría sus propias presunciones conspirativas. El otro, curiosamente, es Javier Borrego, un abogado español casi mileísta, que podría militar en Vox. Contrató a estos dos letrados para ir al Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, una comisión integrada por expertos, y reclamar que su condena violó garantías que tiene como ciudadana. Ese comité es un órgano político integrado por representantes de distintos Estados. No puede ordenarle nada a la Justicia argentina, pero sí emitir una recomendación.Como comparación: existe en Naciones Unidas un comité de descolonización que todos los años recomienda que el Reino Unido se siente a negociar por las Islas Malvinas. El Reino Unido lee la recomendación y tira el papel a un cesto. Lo que pueda hacer este comité no tiene carácter vinculante, pero sí puede ejercer presión política o dar a Cristina Kirchner lo que busca: una bandera.No es la primera vez que toma este camino. En 2014 a la Arg
Fuente: La Nación