Medio Oriente hoy

Estamos en una nueva era de conflictos, con formas singulares y hasta ahora desconocidas. No es una reedición de la guerra fría, ni el tránsito hacia una tercera guerra mundial. Ingresamos en la era de los conflictos que se mundializan rápidamente, profundamente arraigados en la globalización, muchas veces producto de erróneas gestiones o estrategias voluntaristas, y siempre condicionados por las interdependencias en materia de energía, alimentos, finanzas, logística y medio ambiente. En estos tiempos el conflicto se hace rutinario y el cese al fuego-simple respiro entre dos momentos bélicos- tiende a reemplazar a la paz.Por esta razón es cada vez más necesario agotar el recurso de la diplomacia preventiva antes de iniciar acciones militares implementadas sin una clara estrategia política que permita alcanzar una paz sustentable. La actual situación en Medio Oriente se enmarca en este escenario. Al histórico e inconcluso conflicto entre Israel y Palestina, la guerra de elección que se inicia el 28 de febrero último es un fiel reflejo de los límites al uso descontextualizado del poder militar, y de la inefectiva búsqueda de cambio de régimen.Cinco meses después de iniciada una guerra que debía terminar con un régimen terrorista y negador del derecho a la existencia del estado de Israel, así como eliminar su capacidad nuclear y misilística, la situación está lejos de ser la planeada.En Teherán gobierna ahora una facción que demuestra mayor convicción, radicalización y resiliencia; la sociedad civil parece anestesiada ante la brutalidad del régimen y la agresión externa contra objetivos civiles. En la región, los países del Golfo que en los últimos decenios han construido novedosos y exitosos proyectos de desarrollo y progreso para sus pueblos, descubren cierta vulnerabilidad frente a la agresión iraní. Lentamente el conflicto se expande con la participación de proxis iraníes en Yemen, Líbano e Irak.En el plano global, el cierre del check point del Estrecho de Ormuz por parte de Irán y ahora también por los EE. UU. refleja una cierta imprevisión estratégica. Por este estrecho –que hasta el inicio de la guerra estaba abierto y era de libre navegación- transitaban el 30% del petróleo y el 20% gas licuado natural consumido diariamente, además de otros insumos trascendentes para la economía mundial.Como consecuencia de esta nueva situación en el estrecho, los precios del petróleo oscilan en el marco de una banda de precios que siguen una lógica de guerra más que una de mercado, con el consiguiente impacto en la inflación de muchos países. Llegó entonces el momento de romper esta inercia y volver a la mesa de negociación.El precedente del Plan de Acción Conjunto de 2015 (PAC) – que finalizó en 2018, con el retiro del gobierno de los EE. UU.- es una concreta guía de acción a futuro. Este acuerdo producto de negociaciones entre los EE. UU., Rusia, China, Francia, Reino Unido, Alemania y la Unión Europea con Irán, solucionó cuestiones que hoy están nuevamente en discusión.En el 2015, se acordó que Irán enriquecería uranio al 3,7%, entregaría el 98% de sus reservas de uranio enriquecido (fueron enviadas a Rusia), y reduciría en dos tercios sus centrifugadores de gas. La verificación de estos acuerdos la haría el Organismo Internacional de Energía Atómica, que tendría amplio acceso a todas las instalaciones nucleares iraníes.Si bien difícil de reproducir en su letra, el PAC es una excelente brújula en cuanto a su formato y mecánica, que nos deja varias lecciones. Entre ellas, la importancia de negociar dentro del derecho internacional y de los principios de la Carta de la ONU en un marco de alianzas por el tiempo que sea necesario. Negociar implicará también conocimiento, idoneidad y la reserva que amerite el caso. Tener en claro los objetivos y la amplitud de la negociación contribuirá al ejercicio de un liderazgo de poder blando, sostenido en la confianza y en eventuales concesiones, sin perder carácter, coraje ni persistencia.Como bien decía Henry Kissinger, al final de toda negociación se debe poder contar con el compromiso de todas las partes de apoyar y garantizar el cumplimiento del acuerdo. Apoyarse únicamente en la coerción es un síntoma de un liderazgo inconducente. Los buenos líderes generan en sus seguidores el deseo de caminar junto a él.

Fuente: La Nación