Liniers, del Dibu Martínez a Trump, de los “otros” monstruos a la guerra: “Fracasamos como humanidad”

En su reciente visita al país, Liniers presentó su nuevo libro infantil en la Feria, Una torta siempre importa (Editorial Común), creado en conjunto con Angélica del Campo, su esposa y madre de sus tres hijas Matilda, Clementina y Emma. Mientras continúa su gira mundial con el espectáculo de música y dibujos en vivo que presenta hace unos quince años con Kevin Johansen (este mes y el próximo, en varias ciudades de España), Netflix anunció el estreno para el 28 de mayo del documental Dibu Martínez: El pibe que ataja el tiempo, con ilustraciones suyas animadas. Además, por Flow, se puede ver desde abril la película El resto bien, dirigida por Daniel Burman, sobre un historietista cincuentón en crisis (interpretado por Benjamín Vicuña) que también incluye segmentos animados de dibujos del creador de Macanudo.Una madre en duelo preserva el legado artístico de su hijo, que murió a los 35 añosProtagonizado por unos monstruitos encantadores, Una torta siempre importa está dirigido a los más chicos de la casa. “Para mí, el ideal sería que fuera el último libro que leen con los padres y el primero que se animen a leer solos”, dice el ilustrador y humorista gráfico radicado hace diez años en Vermont, un pueblo de montaña, “en el medio de la nada”, a dos horas de Boston y cuatro de Nueva York. En el cuento, escrito por Angie, los monstruitos quieren preparar una torta, pero las cosas no salen bien. Al final del libro está la receta para que niños y padres puedan cocinar juntos.-¿Es un libro de Liniers en modo “cocinero”?-No, la verdad es que Angie es muy buena cocinera y junto con Ema hacen ochenta mil tortas distintas y muy ricas. Y probaban a ver cuál era la mejor receta. Así surgió este libro. Nos encariñamos con estos monstruitos, que son los “otros” monstruos. Están los Dráculas y los monstruos de todos los Frankenstein y estos son “los otros”. Son muy inútiles, medio graciosos y están tratando de entender cosas del mundo normal, del nuestro, y de la vida humana. Uno de ellos, Frongo, está vestido de rey (vaya uno a saber por qué) y la tiene muy clara. Pero, como cualquier persona vestida de rey, parece el más idiota de los tres. Y aparece una cosa que se forma cuando está leudando la masa y, como no la cocinan bien, se transforma en otro monstruo. Ahora me gustaría hacer una serie de libros con ellos. Estamos pensando uno para Navidad. La idea sería que los monstruos no entiendan la onda Navidad, que piensen que los árboles decorados están presos en las casas y los negocios y ellos crean que tienen que liberarlos y sacarlos a la calle.-¿Y cómo les resulta trabajar juntos? Ya hicieron a cuatro manos El fantasma del faro, primer volumen de una serie de misterio para adolescentes. -Los dos sabemos que yo escribo para poder dibujar. Para mí, el recreo es el dibujo. Estoy pensando una idea (“Enriqueta, no sé qué”) y cuando surge la idea digo “listo, qué suerte. Ahora viene la parte que me divierte”. Y Angie me dice: “Yo escribo la historia, pero si están los dibujos no tengo que describir el lugar ni dar muchos detalles. De eso te encargas vos”. Entonces, los dos descubrimos que estamos haciendo lo que nos divierte. Está buenísimo. Además, es medio como lo que decía Henry Ford: la división de trabajos hace que sea más rápida la producción. No está mal.-La tira Macanudo va a cumplir en junio 24 años. ¿Hay Macanudo para rato?-Sí, me siguen apareciendo ideas. En estos años que estuve de gira con Kevin me resulta medio caótico porque es muy divertido estar de gira, pero no tengo tiempo de dibujar. Entonces hago malabarismos entre el dibujo, las giras, la familia. Pero no me quejo. Me encanta. De acá nos vamos a Bolivia, después hacemos una gira por España y, luego, por Estados Unidos. A fin de año haremos algún show acá. No paramos desde que retomamos las funciones en 2022, después de la pandemia. Cuando empezamos con esto pensamos “ojalá que a alguien le interese” y de repente se prendieron todas las lucecitas. -Van variando algunas cosas, pero la dinámica es la misma: vos dibujas y él canta y, en algún momento, se cambian los roles y eso desconcierta a los espectadores. -Sí, hay intercambios en donde pasan cosas desopilantes. Yo voy cambiando lo que dibujo en vivo y Kevin también cambia lo que canta. Y aparecen canciones nuevas. Nos decimos tonterías a lo largo del show que también van cambiando. Es como que el show siempre se movió. Obvio que cuando algo funciona, lo hacemos de nuevo. Y cuando nos deja divertir algo se va y aparece otra cosa.-¿Sos fan del Dibu Martínez? ¿Qué te atrajo de la propuesta de dibujar escenas de su vida para el documental de Netflix?-Cuenta su historia desde que arranca en Mar del Plata de chiquito. Toda su vida está hecha en un dibujo animado. El guion es de Hernán Casciari, es medio delirante y narramos con aporte de la ficción. Por ejemplo, el Dibu tiene un poder que le sale del ombligo que lo hace detener el tiempo. Entonces, cuando le están por patear al arco puede parar el tiempo. Y entre esa especie de fantasía y la realidad se cuenta toda su historia. Yo hice los diseños de los personajes, los fondos, la estética y los chicos del estudio de animación Hook Up son los que se doblaron en el escritorio moviendo la manito, el piecito, la pelotita. Quedó muy bueno.-¿Y el historietista en crisis de la película de Burman sos vos?-No. Es él, pero en lugar de cineasta se hizo ilustrador. Un día me llamó por teléfono mientras yo estaba de gira con Kevin para contarme sobre el proyecto sobre un autor de historieta que tiene 50 años y debe lidiar con los padres grandes, los hijos adolescentes y el cuerpo que se le empieza a decaer. Me estaba describiendo mi vida. “Soy yo”, pensé. Entonces le pregunté: “¿Querés que te de los derechos de mi vida, querés que sea consultor?” “No”, me dice. “Soy yo. Estoy escribiendo sobre mí”. Y me propone dibujar un personajito, que es una especie de oruga, medio mariposa, a medio nacer. Y acepté. Soy fan de Burman desde sus primeros films. -Estuviste firmando libros en la Feria, que fue la última de Ediciones de la Flor, donde empezaste a publicar, al igual que muchos de tus colegas. ¿Qué te generó la noticia del cierre de la editorial?-Tristeza, tristeza, tristeza. Porque es De la flor, todos tenemos libros de De la Flor en casa. Kuki Miller y Daniel Divinsky, los fundadores, nos enseñaron a todos. Cuando era chiquito, me pusieron en la mano los libros de Quino, Fontanarrosa, Caloi publicados por ellos, que hicieron que mi cerebro entrara en un shock eléctrico. Y, así, terminé acá. Tuve la suerte de pasarme al otro lado del espejo, entrar en la editorial y trabajar con Daniel y Kuki. Publiqué con ellos los primeros cinco libros de Macanudo, además de Bonjour y de los libros con Kevin (Oops! y Bis!), además de la recopilación de tiras Cosas que te pasan si estás vivo y el primer Macanudo Universal. Me abrieron la puerta de una manera muy generosa y, cuando me fui, en 2008, les expliqué que no me iba a otra editorial, sino que era iba a hacer un experimento y abrir un editorial, Común.-¿Y qué te dijeron?-Daniel me dijo: “Este rubro no es Disney. Ya vas a volver”. Un poco de razón tenía. La editorial funciona, pero siempre estamos remando. Tener una editorial en este país es medio una patriada, entre las sucesivas inflaciones, la falta de papel, los cambios de reglas con las importaciones, estás todo el tiempo haciendo malabares. Pero volviendo a De la Flor, con todo el ruido que hicieron y los libros que nos dejaron, creo que tuvieron una buena vida, les tocó una linda vuelta en esta calesita. Mi hija Clemi tiene un sticker pegado en la pared de su cuarto que dice: “No llores porque terminó, sonríe porque sucedió”. La verdad es que la misión de De la Flor está cumplida. -Vivís en Estados Unidos hace muchos años y es inevitable preguntarte por Trump y sus guerras. -Somos inmigrantes, con todo legal. Pero están muy locos últimamente con los migrantes. Mi hija de 18 empieza este año en la facultad y nos seguimos quedando, aunque el plan original era un par de años. Respecto a la pregunta, la guerra es una tragedia humana. Somos unos inútiles para entender que somos una pelotita, estamos solos en el universo, y los bichitos de este planeta no aprendimos nada. Creo que hay una generación muy compleja, que es la de los baby boomers, que siempre fueron como muy arremetedores. Cuando tenían 20 años eran todos hippies, iban a cambiar el mundo. A los 30 se volvieron todos yuppies y se llenaron de guita. Y así siguieron. Ahora Trump y toda esta gente que tiene 80 años sigue queriendo más. Es una generación muy avasallante y, desgraciadamente, con un cerebro del siglo XX. Me parece que fracasamos como humanidad una vez más.
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