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La furia arrasa con los matices
En palabras de Lionel Scaloni, hombre ejemplar de 48 años, nacido en Pujato, Santa Fe, en el Campeonato Mundial de Fútbol no había estado en ningún momento en juego más que el resultado de la serie de partidos que debíamos afrontar. No todos lo entendieron de igual manera. Tampoco los tres o cuatro jugadores que alzaron en gozoso desafío, violatorio de normas expresas del organismo rector de estas competencias, el trapo con la leyenda de que “Las Malvinas son argentinas”. Un trapo que había “caído” desde las tribunas.Importa relativamente lo que hayan opinado sobre ese vano desafío quienes en 1833 usurparon las islas que la Argentina heredó, por aplicación de la regla con validez internacional del uti possidetis iuris, como parte de los títulos de dominio de la Corona española tras la revolución y consiguiente independencia nacional de 1816. Tiene más significación saber qué ha inferido de aquel gesto de osadía, hecho en el escenario e instante inapropiados en que se realizaba en el estadio de New Jersey la ceremonia de las premiaciones, la población abrumadoramente anglosajona de kelpers. Tres mil personas se aferran desde el Archipiélago, con el padrinazgo de Londres, a uno de los principios en debate, el de “la libre determinación de los pueblos”, por oposición a la histórica tesis argentina de respeto por “la integridad territorial”, violentada en 1833. La escena, ahora bajo juzgamiento de la FIFA, habrá hecho cavilar por enésima vez a los kelpers. Volverán a detenerse en los albures que habrían corrido, junto con el resto de los argentinos, de haber sido otra su suerte. De haber sido súbditos de un Estado con persistentes actos de indisciplina: sujeto jurídico de incumplimiento serial de las deudas que contrae (nueve veces desde Rivadavia) y desquicio en sus instituciones durante larguísimas décadas. …¿Cómo hemos vivido, entretanto, según otras perspectivas el desarrollo del deporte que más nos apasiona desde los albores de su práctica en el país, hace unos ciento cincuenta años? Veamos qué decía Enrique Loncán, quien había entrado en la Redacción de LA NACION en 1909 y en seguida se distinguiría como uno de los grandes cronistas de este diario en el siglo veinte. Era específicamente fuerte por la vena humorística. En 1922, el alter ego imaginario de Loncán, “Americus”, resolvió asistir a un partido. Se jugaba en lo que calificó, en la introducción a su nota, de “estadio monumental de River Plate”, entonces en Tagle y Figueroa Alcorta.En una parte de la narración, “Americus” observa lo siguiente: “¿Por qué esos clamores de la multitud? ¿A quiénes aplaudían y ovacionaban esas cincuenta o cien mil personas frenéticas, desaforadas, inquietantes? Qué espectáculo. Eran veintidós personas que no se ponían de acuerdo sobre el destino de una pelota; mientras la mitad pujaba con los pies que fuese hacia Oriente, la otra mitad quería con denuedo que fuese para Occidente. Oriente contra Occidente, la eterna lucha de las civilizaciones”.La prosa de Loncán conserva la frescura y verosimilitud hasta el final del relato, con el énfasis de haber sido escrita ayer. “El entusiasmo colectivo -anota- alcanzó su mayor ardimiento cuando un ciudadano que actuaba de juez, agredido por los contendientes, salía del campo con la cabeza rota, en una litera horizontal, colmado de injurias y protegido por centuriones”. Días atrás, un consagrado jugador profesional fue echado del campo de juego por su inconducta con los árbitros, como si el tiempo no hubiera volado ni enseñado nada.En cinco años más se cumplirá un siglo desde que el fútbol amateur se convirtió en deporte profesional en la Argentina. Recuerdo una conversación de familia con José Vanzini, zaguero derecho, como se decía entonces, de San Lorenzo de Almagro en el equipo fenomenal que conquistó el campeonato de primera división de 1946, con un terceto delantero de maravillas: Farro, Pontoni y Martino. Vanzini comentaba que se adiestraban dos veces por semana. Un par de horas por día.Hoy, los jugadores son atletas. Están sometidos al rigor de entrenamientos severos a lo largo de la semana y de partidos que se dirimen con harta frecuencia. Contexturas fortalecidas con dietas y ejercicios estrictos, establecidos por profesionales, y tácticas por emplear frente a los sucesivos rivales, cuyos trucos se analizan sin perder detalle, y videos en que se repasan, una y otra vez, jugadas de partidos anteriores. Con directores técnicos asistidos por otros expertos más, y tecnologías en las que la rigurosidad de las precauciones es compatible con la idea de que todos se preparan, más que para una confrontación deportiva, para una alucinante maniobra de alunizaje.Y, oh, sí, el dinero. El dinero a raudales, en millones y millones de dólares, que subyace en las grandes competencias hasta determinar que frases hechas como “Se mataron en la cancha”, “Dieron hasta el último suspiro” y la más modesta de “Al menos pusieron garra” terminen resonando, cuando se han apagado las luces de los estadios, agradecidas inocentadas de los hinchas o picardías de barras bravas asociadas a mafias que regentean el fútbol asociado desde antes de “Chiqui” Tapia.Reflexionemos aún más. ¿Qué podría esperarse en las canchas, si no, de los jugadores involucrados en partidos en los que suelen encarnar el papel que no figura en las crónicas: el de once millonarios contra once millonarios? Veintidós jugadores, que por encima o por debajo de las delicias y entusiasmos del juego que es su vida, procuran acrecentar, como resultaría irrazonable que así no fuera, un patrimonio que muchos de ellos han consolidado desde hace tiempo. En un campeonato mundial, que se realiza literalmente a ojos de medio mundo, ¿qué jugador desperdiciaría, en su sano juicio, la oportunidad de afirmar la fama adquirida o de proyectar la novedad de una personalidad de piernas diestras, con todas las gratificaciones en términos más o menos inmediatos que esto habrá de acarrear?Sin contar los derechos que corresponden a organizaciones de fútbol por transmisiones, merchandising, publicidad que proyecta a los jugadores como influencers de gravitación que excede las fronteras de los propios países, y demás, la Federación Internacional del Fútbol Asociado (FIFA) distribuirá de manera oficial 747 millones de dólares en premios entre las 48 selecciones nacionales que participaron de la última copa. España, campeona, se llevará 50 millones de dólares de ese importe total; la Argentina, subcampeona, 33 millones: Inglaterra, tercera, 29 millones.Por el torneo de Qatar, de 2022, en que levantamos por tercera vez la copa de los ganadores, la AFA se alzó con 42 millones de dólares y, según versiones no confirmadas, en el reparto esta adjudicó a los jugadores del plantel nacional el 40% de ese monto. Se tiene entendido que en 2022 la AFA cobró, además, 10 millones de dólares de un bono especial otorgado por la Conmebol. …No sé si los argentinos hemos actuado con toda la eficacia que era factible para responder al fenómeno mundial que nos ha tenido por protagonistas. Para afinar la puntería en esa dirección era necesario un esfuerzo destinado a entender los orígenes inmediatos, y también lejanos, de las turbulencias prejuiciosas en que nos han envuelto. No hablemos de la hipótesis de haber respondido con la mayor lucidez posible cuando lo que se ha dicho y escrito ha provenido a menudo, más del corazón y las vísceras, que de cabezas orientadas a la observación sagaz y el debate sereno e inteligente en encrucijadas como esta. Ha sido tentador en más de uno de los escenarios de furia incendiaria de unos y otros saber si los autores de algunas opiniones han sido sometidos ya a suficientes colonoscopias. Sería un método práctico a fin de verificar el estado de las neuronas de quienes han tomado partido en términos en que el dicterio brutal ha arrasado con cuantos matices podían haber balanceado las posiciones enfrentadasAtrapados por la influencia del panóptico digital de las redes todos hemos reaccionado, aquí y el exterior, con olvido imperdonable de que la tecnología ha cambiado nuestro imaginario cultural. Haremos, por lo tanto, lo elemental: prescindir, por principio, de las teorías conspirativas donde esta índole de interpretaciones es menos admisible, que es en el ámbito de acción de los gobiernos, las instituciones y sus voceros. Aparentan ignorar, a pesar de usar el vertedero de las redes con notoria frecuencia, que estas han introducido una revolución planetaria de la que no se volverá atrás. El último testimonio que han dejado estas es del aprovechamiento del Mundial por millones de usuarios que dispersaron hasta el último confín de la tierra juicios advenedizos o tirrias de vieja data en actos que solo por necedad o mala fe pueden calificarse de conspiraciones organizadas por poderes ocultos.La tarea de higienización mental impone dejar de lado opiniones como las de la conducción de la Fundación Faro, think-tank del oficialismo, a las que el presidente Milei, cuando no, adhirió con un rotundo “Absolutamente cierto”. Faro adjudicó al kirchnerismo -Dios nos resguarde de cualquier conjetura de concupiscencia con los mentores de un movimiento infausto- de haber sido una pieza fundamental de la campaña anti argentina. “Validaron -dijo- el wokismo que hoy nos acusa de racistas; promovieron la idea de que nuestros jugadores eran desclasados, fomentaron el odio contra Messi”.Leo con regularidad las cartas de lectores al director de LA NACION que llegan con la debida identificación de los remitentes. Un viejo secretario de Redacción predicaba que a veces son más ilustrativas e interesantes que nuestros propios textos. No leo, en cambio, las opiniones anónimas que se emiten al día por millones a través de los más diversos instrumentos digitales.Que esa elusión constituye un acto metódico de salud mental lo actualicé a raíz de una excepción que introduje: privilegié, por una vez, la curiosidad de saber qué se decía, bajo el amparo de las sombras, de una de las opini
Fuente: La Nación