El futuro de la OTAN

La cumbre de la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) celebrada en Ankara, Turquía, ha vuelto a reflejar el cambio de época dentro de la Alianza Atlántica. Como se esperaba, el presidente norteamericano, Donald Trump, acudió decidido a consolidar una transformación que ya había anunciado durante su primer mandato: su país seguirá siendo la principal potencia militar de la OTAN, pero Europa deberá asumir una parte mucho mayor del esfuerzo económico, industrial y estratégico que implica su propia defensa.La idea atraviesa todo el planteamiento estratégico de Trump. Estados Unidos quiere seguir siendo la gran superpotencia capaz de proyectarse con fuerza en cualquier escenario del planeta, pero espera que los europeos asuman la responsabilidad de proteger su propio continente. Este es el propósito de la llamada OTAN 3.0, en la que los aliados europeos se encargarán de la disuasión convencional, mientras que los Estados Unidos, concentrados en otras prioridades, mantendrán su paraguas nuclear.El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, hizo hincapié en la necesidad de impulsar una revolución industrial de la defensa que permita a Europa recuperar capacidades perdidas durante décadas de reducción del gasto militar. Para ello, exigió a las grandes empresas armamentísticas europeas anunciar inversiones y firmar contratos para corregir el déficit crónico de producción a fin de afrontar la ofensiva rusa y asumir por completo su autonomía defensiva. La guerra en Ucrania está demostrando que los conflictos convencionales consumen grandes cantidades de municiones y equipos.La invasión rusa a Ucrania, la inestabilidad en Oriente Medio, la presión migratoria en el Mediterráneo o la creciente competencia estratégica entre las grandes potencias exigen decisiones serias, de allí la importancia del compromiso de los aportes destinados a defensa, la modernización de las Fuerzas Armadas y el reparto de responsabilidades en la Alianza Atlántica.La Cumbre de Ankara retomó la senda fijada el año anterior en La Haya para que los socios europeos dediquen a defensa un 5% del Producto Bruto Interno (PBI) para 2035, repartido en un 3,5% para gasto militar básico y un 1,5% para infraestructuras. Al respecto, Rutte explicó detalladamente a la Casa Blanca cómo los europeos estaban gastando miles de millones de dólares en la adquisición de armamento americano y, de paso, creando mucho empleo de alta calidad en los Estados Unidos.No se trata solamente de invertir más, sino de hacerse cargo de forma efectiva del impulso que la Alianza requiere. Europa necesita demostrar que su plan de rearme es factible. El cambio es más profundo: pasar de una Europa protegida por los Estados Unidos a una capaz de sostener, de la forma más autónoma posible, la defensa convencional del continente, más allá del paraguas nuclear y de las capacidades estratégicas esenciales que el gigante americano pueda garantizarle. Con recursos limitados, Europa debe evaluar también qué nivel de militarización es compatible con el sostenimiento de las prioridades sociales básicas.La declaración final de Ankara, en la que los 32 socios ratifican su compromiso firme con la defensa colectiva bajo el artículo 5° de la organización, que establece que un ataque armado contra un país aliado se considerará un ataque contra todos ellos, tendrá que servir a la Unión Europea para planificar a largo plazo los requerimientos de su política de defensa, en tiempos de guerras tecnológicas, sistemas autónomos e inteligencia artificial. Trump no ha sacado a los Estados Unidos de la OTAN, pero sí está empujando a la Alianza hacia una transformación de fondo: menos dependencia militar de Washington y mucha más responsabilidad para Europa.

Fuente: La Nación