General
La diplomacia como botín de la política
La regularidad del régimen de ascensos debe recuperarse con menos influencias externas y más méritos internos
En Brasil nadie pone en duda que Itamaraty constituye uno de los pilares que explican el ascenso de una potencia regional a protagonista global. ¿Qué sucede en la Argentina? A pesar de los vaivenes de la política nacional, la profesionalización de nuestra diplomacia logró alcanzar continuidad hasta hoy. Entre 1963, con la creación del Instituto del Servicio Exterior de la Nación, y la posterior sanción parlamentaria, en 1975, de la ley 20.957 que lo rige, se logró construir un servicio diplomático estable y profesional, un salto cualitativo de trascendental importancia. Nuestro servicio exterior supo obtener prestigio y reconocimiento.En las diplomacias de los países desarrollados impera una lógica de meritocracia racional, dado que sus cuadros trabajan para el Estado y no para gobiernos, partidos o grupos de intereses. En países con instituciones débiles, afloran el clientelismo político, el amiguismo y las camarillas. José Ortega y Gasset advertía sobre el riesgo del “Estado-Botín”, la tendencia argentina al saqueo de las instituciones públicas –por parte de facciones políticas, civiles o militares- para convertirlas en instrumento de beneficios particulares, en desmedro de los intereses nacionales. Esa lastimosa tendencia perdura hasta hoy.Fomentar la “partidización” del servicio exterior para acceder a los cargos altos sería emprender la senda de su involuciónEn años recientes germinó una penosa politización en el cuerpo diplomático argentino, que alcanzó su cenit durante el kirchnerismo, época de militancia, clientelismo, listas negras, operaciones opacas y ausencia de objetivos claros. Basta un solo ejemplo, Eduardo Sadous, un embajador honesto, sufrió un feroz acoso por denunciar la corrupción de la “diplomacia paralela” entre Buenos Aires y Caracas. La diplomacia es una actividad por excelencia ligada al Estado, y por eso mismo debe trascender a los gobiernos de turno e ideologías.En los últimos tiempos surgieron nuevas tensiones por los tan postergados ascensos diplomáticos, en medio de denuncias de eventuales maniobras tendientes a bloquear las listas remitidas para la aprobación del Senado, elaboradas por la Junta Calificadora. Utilizar el Ministerio de Relaciones Exteriores para actividades proselitistas de cualquier signo constituye una falta de ética y es infringir un daño al prestigio de la institución diplomática. Los intentos de politizar ascensos a través de cupos partidarios vienen de antes. El trasfondo es la indiferencia que una dirigencia política cortoplacista otorga a la construcción y desarrollo de la carrera diplomática, sin asignar importancia a su despliegue estratégico, organización y proyección en el tiempo. Los gobiernos se suceden y las necesidades de modernización ministerial se postergan. Mientras, se acumulan años sin ascensos que desgastan la moral del cuerpo y estimulan las rencillas. La regularidad del régimen de ascensos debe recuperarse con menos influencias externas y más méritos internos. Los diplomáticos deberían evitar la pérdida de niveles de institucionalidad –que los debilita- apuntalando el profesionalismo. Fomentar la “partidización” del servicio exterior para acceder a los cargos altos sería emprender la senda de su involución.Una parte de la prosperidad alcanzada por Brasil y Chile se debe a una adecuada organización y trabajo de sus diplomacias. La política argentina debería prestar mayor atención a la potencialidad que estas ofrecen. Del actual gobierno se esperaba la tarea de reorganizar el servicio diplomático, restaurando la profesionalidad, disciplina y dignificación de sus tareas. Sin embargo, se anuló un concurso anual de ingreso al ISEN, se redujeron asignaciones y se desvalorizaron funciones. En la embajada argentina en Madrid se atrinchera un bizarro agregado comercial político -herencia kirchnerista- insubordinado con su jefe de misión, una escena esperpéntica. Ahora, el canciller Pablo Quirno tiene a su cargo la gestión de uno de los cuadros más capacitados de la administración pública nacional, mientras la Argentina realiza los necesarios esfuerzos para abrirse al mundo. Las relaciones entre la política y sus brazos ejecutores no siempre son fáciles, pero cuanto mejor se desenvuelvan, más logros y beneficios se obtendrán para los intereses argentinos.